Bicho raro la política. Como que tiene la capacidad de despertar de su letargo a aquél que suele participar poco de los debates, pero que de repente salta para defender a capa y espada su posición. También, tiene la extraña virtud de sacar lo peor de la gente, ese lado más oscuro y perverso.
En cierto momento, se empezó a hablar de los candidatos intendentables -tema obligatorio-, y se objetó la falta de contenido del discurso oficialista. Pocos proyectos, poca o ninguna autocrítica a lo que se viene haciendo y la forma en que se hace y, por añadidura, muy poca claridad en cuanto a si existe la intención de cambiar algo.
Alguien señaló, con muy buen criterio, que estos discursos “enlatados” se parecen demasiado entre sí: muchas consignas, muchas frases hechas y desde luego la lista interminable de promesas. Cómo llevarlas a cabo usando la misma fórmula ya sería otro problema. Recordando a los geniales Les Luthiers, “el que piensa, pierde”.
Fue en ese momento en que uno de los presentes, callado hasta entonces, lanzó una frase que por su ironía provocó un silencio incómodo que se prolongó por un largo rato. “El discurso en sí no importa. Lo único realmente importante es dejar en claro una y otra vez que lo pronuncia el candidato oficialista”.
Solamente eso, nada más.
Según esta persona, con eso alcanza. La gente tiene que escuchar el color, reconocer el número en la boleta y así tener las instrucciones para actuar como lo viene haciendo. El contenido pasa a un segundo plano, es realidad mejor luego que no sea complejo. Así nomás.
La reflexión, más dura aún por la ironía con que se dijo, tenía mucho de verdad incómoda. Sabemos que no es inusual que ocurra así. La teoría patodonaldesca sigue vigente. Las ideas, acompañadas de propuestas y planes concretos suelen recibir más silbatinas que aplausos.
Así, el heraldo de instrucciones partidarias puede atravesar la tormenta sin sobresaltos. Está protegido por un escudo a prueba del pensamiento crítico.
Es más fácil así. Continuar igual y no esperar nada.
Sin embargo, muchos creemos todavía en el contenido de los discursos. Que las palabras, las hermosas palabras, expresan más que una lealtad basada en el prebendarismo. Y elegimos a los candidatos de acuerdo a esos criterios. Porque el discurso sí importa. Y si es bueno, mejor aún.