Mientras en el entorno MAGA se alimentan las teorías de conspiración y la adulación a un mandatario aquejado de narcisismo, el ex senador cubanoamericano ha conseguido que el presidente secunde su política exterior, principalmente en lo que atañe a su cruzada en relación a Venezuela y Cuba, dos obsesiones que han acompañado a Rubio en una ascendente trayectoria política marcada por su experiencia como exiliado en Miami, la capital de la diáspora cubana.
Es posible que en su fuero interno Rubio continúe considerando a Trump un “estafador” (“con artist”), término que empleó para definirlo cuando aspiraba a la presidencia en 2016 y ambos eran rivales, pero se ha hecho indispensable como el arquitecto de logros políticos de los que el presidente ahora presume, tal y como ha ocurrido con la captura del gobernante Nicolás Maduro y la posterior tutela de Venezuela con los chavistas obedeciendo los dictados de Washington.
El ejemplo de Venezuela nos lleva inevitablemente a la situación en Cuba, más debilitada que nunca por el cerco naval estadounidense que impide la entrada de petróleo a la isla. La administración Trump habla de “asfixiar” a la dictadura castrista. Rubio parece favorecer la hoja de ruta puesta en marcha en Venezuela.
En un reportaje de Nora Gámez-Torres publicado en el Nuevo Herald sobre el encuentro que asesores de Rubio mantuvieron con un nieto de Raúl Castro en la reciente cumbre del CARICOM, celebrada en San Cristóbal y Nieves, se cita al secretario de Estado: “Cuba debería emprender reformas económicas significativas”. Rubio dice ser consciente de que, como en Venezuela, los cambios en la isla tomarán tiempo, y da por hecho que en su equipo “todos son maduros y realistas”. Antes que nada, es un pragmático.
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Por mucho que los congresistas cubanoamericanos por Florida, María Elvira Salazar, Carlos Giménez y Mario Díaz-Balart –los tres republicanos son firmes aliados de Rubio desde sus tiempos como legislador de Florida– continúen abanderando el discurso de la línea dura (el mantra de que con los Castro no hay negociación o diálogo posibles) que ha imperado en el exilio, las propias palabras de Rubio indican que el “realismo” se impone a una retórica tradicional que él mismo explotó cuando su hábitat político se centraba en su Estado natal.
En una entrevista concedida a Gámez-Torres (sus fuentes sobre las negociaciones entre Washington y La Habana son más que sólidas), Díaz-Balart afirma: “No se van a aceptar cambios parciales”. Por cierto, ¿cómo define él los cambios en Venezuela con Delcy Rodríguez como capataz al servicio de Washington? Son mensajes contradictorios que se suman al lenguaje retozón de Trump: “La toma de Cuba puede o no ser amistosa”. Todo un acertijo.
Rubio podrá ser un halcón en política internacional, pero su sentido de la realpolitik es muy desarrollado. En la era del deshielo con Cuba que impulsó el ex presidente Barack Obama en su segundo mandato, el cubanoamericano se mostró muy crítico con una agenda que guarda similitudes con lo que ahora pretende el trumpismo. Ricardo Herrero, director ejecutivo de la organización Cuba Study Group, estuvo involucrado en los esfuerzos realizados hace doce años con el fin de que Cuba se atreviera con una apertura económica que pudiera derivar en democracia: “Aunque nadie quiera admitirlo, esto revindica lo que intentó Obama, abrir el diálogo con el poder y abrir el sector privado”.
Le pregunté a Herrero, cuyos padres abandonaron la isla en la década de los sesenta, qué más pudieron haber hecho el ex presidente demócrata y sus asesores para que esa aspiración no quedara incumplida. Su reflexión es agridulce: “La tragedia de la apertura de Obama es que no se empezó antes, es que no tuvo suficiente tiempo para que culminara el proceso.”
También reconoce que “los cubanos no estaban listos para el cambio en la era Obama.” Me temo que tampoco lo están ahora, pero las tácticas más coercitivas del adversario obligan a los castristas a desmontar su ruinoso sistema. Herrero, quien se muestra cautamente optimista sobre la reconstrucción de esa Cuba futura, subraya como prioridad estabilizar la economía, algo, me dice, que no será posible mientras no haya “garantías ni claridad legal”.
Y menciona el ejemplo de Vietnam como modelo que de manera intermitente han defendido ciertos sectores del gobierno cubano: “Yo sé que en Cuba hay varios reformistas que lo han planteado”. Rubio estaría de acuerdo con esa corriente que nunca despuntó por la resistencia de la cúpula militar, entidad que controla la economía maltrecha del país.
Hace tan solo tres semanas, Marco Rubio recibió con honores en Washington al ministro de relaciones exteriores de Vietnam, un país regido con mano dura por el Partido Comunista en lo ideológico, pero con una floreciente economía de mercado que ha mejorado notablemente el poder adquisitivo de la población.
La prensa oficialista de este país del sudeste asiático destacó los elogios que el secretario de Estado le dedicó a su invitado por “el éxito del Congreso número 14 del Partido Nacional”, y “por los logros socio-económicos” de su socio comercial.
Unos meses antes, en noviembre del año pasado, un artículo publicado en el medio digital The Diplomatadvertía que en la premura de muchos por hacer negocios con Vietnam se pasa por alto la represión que se ejerce en Hanoi contra las minorías indígenas y opositores que sufren presidio político.
En el trabajo, firmado por Kaitie Holland, representante del Human Rights Foundation, se mencionaba que la familia Trump cerró un millonario proyecto inmobiliario con Vietnam que incluye hoteles y campos de golf.
Irónicamente, el informe que el Departamento de Estado publicó en 2024 sobre el estado de los derechos humanos en otras naciones, detalla asesinatos políticos, torturas a civiles y censura a medios independientes, entre una serie de violaciones sistémicas que comete el gobierno comunista de Vietnam.
Marco Rubio no habló de ello con su homólogo vietnamita. El político cubanoamericano, quien se perfila como presidenciable en 2028, es un pragmático en toda regla.
Parciales o no, con democracia exprés o a fuego lento, los cambios en Cuba están en marcha con conversaciones entre bastidores. Ya no hay más tiempo que perder. El realismo de Marco Rubio no es mágico, sino puro y duro. [©FIRMAS PRESS]
Gina Montaner (La Habana, 1960). Periodista y escritora. Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald y en diversos periódicos en América Latina.