El gobierno actual, acompañado de operadores políticos que más parecen mercaderes de la dignidad pública, exhibe un rostro nefasto: despilfarro del erario público, convertido en botín para los amigos del poder, o proyectos sin sustento; sueldos y privilegios odiosos para operadores políticos y aliados circunstanciales; nepotismo rampante, donde la mediocridad se premia y la idoneidad se margina; corrupción judicial y legislativa, con representantes condenados por lavado y narcotráfico, que aún pretenden dictar normas para la ciudadanía; negociados con planes sociales, que convierten la necesidad en mercancía política; descalabros económicos municipales, fruto de administraciones no solo incapaces de custodiar lo básico sino de corruptos que siguen impunes; inseguridad creciente, reflejo de un Estado que ha renunciado a su deber primario de proteger a su pueblo; carencia de medicamentos y estructuras escolares, evidencia de un abandono criminal de la salud y la educación.
Este panorama no es casualidad: es el resultado de un liderazgo que ha roto el pacto moral con su gente que degrada en lugar de guiar, que saquea en lugar de custodiar, que corrompe en lugar de inspirar. Es que cuando los líderes traicionan los principios, la sociedad tiende a resquebrajarse. Eso es lo que vemos en nuestro medio; un gobierno y políticos que convierten la política en negocio .
La palabra nefasto no es un exceso retórico: es la descripción justa de un poder que, en lugar de guiar, degrada; en lugar de custodiar, saquea; en lugar de inspirar, corrompe. La historia juzga con severidad a quienes abandonan la ética. Este tiempo no será excepción. El legado que se está escribiendo es el de la traición a los valores, y la ciudadanía, tarde o temprano, reclamará justicia y memoria.
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