Economía de Guerra

La expresión está muy de moda, y sin importar que el ministro del MEF realmente haya querido utilizarla o “se le haya escapado”, los medios y la oposición se encargarán de recordársela por mucho tiempo. Motivos sobran.

Vamos a la expresión en sí. Como que la usamos, y al hacerlo estamos convencidos de que entendemos qué implica. Economía sería ahorro y guerra, bueno, una situación de beligerancia entre dos o más naciones. Claramente, un contexto en el que hay que hacer rendir los pocos insumos con que se cuenta.

Para ubicarnos mejor en la cancha, vayamos a un ejemplo claro.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Japón era un país devastado. Más de 3 millones de muertos, un 40% de las ciudades arrasadas y una economía colapsada dejaban a su población sumida en una pobreza tal que hasta resulta difícil dimensionar.

El ingreso per cápita había caído a niveles de subsistencia, y cerca del 80% de la población urbana sufría desnutrición severa. Las familias sobrevivían con raciones mínimas; se hervía varias veces un mismo puñado de arroz para engañar al hambre.

El aparato productivo estaba destruido. La otrora pujante industria nipona operaba a menos del 15% de su capacidad y el desempleo superaba el 50%. Una inflación descontrolada, hacía imposible cualquier intento de ahorro.

En ese contexto, los japoneses actuaron con lógica colectiva activando el modo “supervivencia”. Cada recurso disponible se cuidaba. Nada se desperdiciaba. Todo era reparado, reutilizado y compartido.

El sentido de colmena permitió la reconstrucción, no se recurrió a créditos del exterior, sino se aplicó una disciplina férrea. El ahorro interno superó el 30% en los años de la posguerra, y la inversión productiva se convirtió en prioridad nacional.

El pilar de todo esto:Honestidad en la gestión pública y privada. El corrupto era castigado duramente y rechazado por la sociedad, todo se conseguía a partir de méritos reales. El Estado planificaba, y el sector privado ejecutaba con eficiencia.

Menos de 3 décadas después, Japón pasó de la ruina a ser la segunda economía mundial. Con un crecimiento anual superior al 8% durante más de dos décadas, no dibujados en papel sino reales, consecuencias de una cultura de esfuerzo sostenido.

De eso se trata la tan repetida “economía de guerra”. Implica asumir sacrificios, ordenar prioridades y eliminar el derroche. El discurso vacío no sirve de nada, si no se acompaña en la práctica cotidiana con coherencia entre lo que se dice y se hace.

En Paraguay, el gasto rígido del Estado supera el 80% del presupuesto, esto no permite ninguna inversión real. El prebendarismo junto al clientelismo político, se están chupando los recursos y matando la iniciativa en un interminable despilfarro.

Mientras el enorme, pesado, corrupto e ineficaz aparato estatal no sufra una sana y -sobre todo- imprescindible poda, mal que nos pese y aunque duela oírlo, los discursos no servirán para nada.