“Señores, hagan trampas”

A Hernán Rivas le funciona de maravillas su frase mágica: “Le adoro a Cartes”. Le permite el acceso a cualquier privilegio. Es como  el “Abréte sésamo” de “Las mil y una noches”.

Son las dos palabras que permiten entrar a la cueva de Alí Babá donde los 40 ladrones guardan su tesoro. Se sospecha que Rivas no hizo ni la secundaria, pero tiene la astucia del impostor: Hallar la frase oportuna para endulzar los oídos de los poderosos que le ayudaran en su ascenso inmerecido.

Hace unos días, el Tribunal de Apelación Penal, Segunda Sala –otra cueva que responde a la frase mágica- dispuso el sobreseimiento definitivo, por prescripción, del senador Rivas. (¡Como duele usar la palabra “senador” para referirnos a un sujeto como el nombrado! Antiguamente nos remitía a personas honorables, respetables)

La prescripción evita saber, a través del juicio oral y público, si Rivas es culpable o inocente de las graves acusaciones que pesan sobre él. Inocente no ha de ser. Si lo fuera, sería el más interesado en demostrarlo y terminar con la indignación pública que le persigue con sobrada razón.

Esta historia tragi-cómica se originó cuando, desde el sillón presidencial del Jurado de Enjuiciamiento, le tocó leer un texto fácil pero a Rivas le resultó el mismo esfuerzo que ascender de rodillas un cerro alto. Lo hizo sin puntuaciones ni acentuaciones porque no entendía el significado de la oración. Esta escena, al comienzo divertida, encendió la alarma. ¿Cómo? ¿El titular del Jurado de Enjuiciamiento no sabía leer? ¿Esa imagen patética era la del juez que enjuicia a fiscales y jueces? Si no sabe leer, tampoco sabrá escribir. ¿Cómo, entonces, llegó a tan envidiable altura? ¿O solo en el momento de la lectura sintió pánico del debutante frente al público? Habría que saber. El hecho de que sea senador no implica la responsabilidad de que sea instruido. Si por ahí sabe leer y escribir ya es un valor agregado. ¡Pero presidente del Jurado de Enjuiciamiento! Cabía investigar si fue analfabetismo funcional o pánico. Se hicieron las averiguaciones con un resultado sorpresivo. No es abogado, nunca cursó la carrera. ¿Y el título validado por el ministerio de Educación y luego por la Corte Suprema que le dio la bendición para el ejercicio de la profesión? ¿Cómo lo obtuvo? ¿Cómo siguió utilizando el título? ¿Cómo no está en la cárcel? ¿Cómo sigue como senador? El motivo es uno solo: “Le adoro a Cartes”.

Cuando Rivas no pudo dar el nombre de un solo profesor, de un solo compañero de estudio, hubiera sido suficiente para que la justicia (¿la qué?) se interesara en el caso. Lo hizo para guardar la apariencia. El excelente trabajo de la fiscal Patricia Sánchez –que supo esquivar con valentía la palabra mágica- se estrelló contra el Tribunal de Apelación Penal, integrada por Delio Vera Navarro, Bibiana Benítez y José Agustin Fernández que impuso, por mayoría, lo que los entendidos llaman una aberración jurídica. Fernández votó en disidencia. Le pareció inadmisible evitar el juicio oral y público.

¿Aberración por qué? El diputado Roberto González dijo: “La justicia ahora solo sirve para limpiar a mugrientos y perseguir a enemigos”

Los abogados Juan Martín Barba y Rodrigo Cuevas presentaron una denuncia penal contra los camaristas Benítez y Vera Navarro por prevaricato. Argumentan: “Nos encontramos ante una resolución aberrante jurídica y fácticamente hablando”.

A mi consulta, el constitucionalista, Hugo Estigarribia, dijo: “El sobreseimiento implica inocencia, rechazando su juicio oral por prescripción de la causa, pero no está aún firme y ejecutoriada la resolución dictada, por lo cual puede ser recurrida a la Corte”. Es lo que hará la fiscal Patricia Sánchez. Por tal motivo habría recibido una amenaza –que debe investigarse- por parte de un senador cuyo nombre se ignora todavía.

El mensaje de los camaristas es: Señores poderosos, hagan trampas. Estamos para servirles.

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