Debemos construir la unidad

Vivir en unión es uno de los anhelos más profundos de todos los seres humanos. De modo especial, la unidad dentro de la propia familia, manifestada a través del respeto, del diálogo sincero, del trabajo perseverante y del buen humor, ya que la cara larga espanta a un montón de gente.

Sin embargo, existen muchos enemigos de la unidad, casi siempre marcados por la codicia de los bienes materiales, la soberbia, la pereza y el egoísmo. Estos venenos saben travestirse de diversas maneras, pero actúan siempre como una ponzoña, que separa y daña a las personas. El cristiano tiene la obligación de vigilarse cuidadosamente para no ser engañado por estos antivalores.

Es cierto que las personas tienen talentos para agrandar la comunión, pero la parte más importante la hace Jesucristo, y por esto Él sostiene: “Yo estoy en mi Padre, ustedes están en mí y Yo en ustedes”. A través de Él nos unimos al Padre y participamos de su misma vida divina, somos colmados de dones que nos transforman, nos sanan y nos fortalecen.

Cristo está en nosotros y nosotros estamos en Él. Esta hermosísima realidad debe ser alimentada con la Santa Misa de todos los domingos: no cuidar de esta relación fraterna es dividir el propio corazón y agredir la unidad.

Es justamente en Cristo que nos unimos entre nosotros, ya que Él es el vínculo que establece la mutua ligación, y es la Cabeza de este Cuerpo espiritual.

Todos los católicos, y en fin todos los cristianos, deben abrirse para recibir el Paráclito, que es el Espíritu de la verdad, el cual trabaja en el alma de cada uno, llevándolo a compartir con los otros sus alegrías, éxitos, preocupaciones y falencias.

Hemos de ser constructores de la unidad y para tanto Jesús hace una advertencia: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama”. Entonces, ser amigo de Cristo exige disposición para abrazar sus enseñanzas y el honroso deber de vivirlas las veinticuatro horas del día. Este empeño tiene un feliz resultado, pues Cristo y el Padre se revelarán, y esta sintonía es el hecho más expresivo y jubiloso de nuestra vida.

Dando espacio para que el Espíritu de Cristo mueva nuestro corazón, respetando sus mandamientos, dominando poco a poco la codicia y el orgullo, vamos a tener familias más sólidas y jóvenes bien orientados.

Asimismo, un nuevo Paraguay, con menos violencia y delincuencia, con más desarrollo y sentido del bien común, donde cada cual cumple debidamente sus responsabilidades.

Paz y bien

hnojoemar@gmail.com