Testigo de nuestra historia

Hay en el corazón de la Plaza de Armas de Encarnación un ser vivo que sabe más de historia paraguaya que la mayoría de los libros de texto. No habla, no escribe, no marcha. Simplemente permanece.

El kurupa’y —Anadenanthera colubrina— supera hoy los 215 años de existencia. Antes de que Paraguay se declarara independiente del reino español, este árbol ya estaba en este lugar, que originariamente fue habitado por una comunidad mbya guaraní, y que luego, en 1843, sería el epicentro de la nombrada “Villa Encarnación”. Es un testigo presencial de los momentos más decisivos de nuestra identidad como pueblo.

La tradición oral encarnacena se sostiene bajo la sombra de ese kurupa’y. Allí se formó la tropa al mando del prócer Fulgencio Yegros, el 19 de mayo de 1811, para dirigirse y sumarse a Asunción a la gesta de la Independencia Nacional. Que un árbol haya cobijado a quienes marcharon a liberar una nación no es un dato menor.

Es un árbol monumental; fue declarado Monumento Natural en 1980. Sin embargo, la declaración formal no siempre se traduce en cuidado real. Los monumentos naturales, a diferencia de los de piedra o bronce, respiran, enferman y mueren. Y este ejemplar acusa el paso de los siglos.

Precisamente por eso resulta urgente el debate que se instala en la Junta Municipal de Encarnación. El concejal Andrés Morel impulsa una iniciativa para clonar el ejemplar y solicita apoyo a la Universidad Nacional de Itapúa (UNI) y a la Entidad Binacional Yacyretá (EBY) para concretar el proyecto. La idea plantea que los plantines se conviertan en un regalo institucional de la ciudad de Encarnación, entregado en eventos oficiales, encuentros académicos, visitas internacionales y celebraciones cívicas; un obsequio que no es solo un objeto, sino un símbolo vivo de identidad, libertad y permanencia.

Pero clonar no alcanza. La reproducción del árbol es un gesto de prospectiva loable, mas no puede sustituir la obligación de conservar el original. Su supervivencia hasta hoy lo convierte en una de las pocas pruebas tangibles de continuidad entre la etapa jesuítica, la independencia y la ciudad moderna. Dejarlo perecer sería equivalente a demoler un archivo nacional, a borrar una página.

Conservar el kurupa’y de la Plaza de Armas no es nostalgia. Es reconocer que la identidad de un pueblo no se construye únicamente con decretos o estatuas, sino también con la sombra generosa de un árbol que vio nacer una nación y que aún, contra todo pronóstico, sigue en pie. Que así continúe. Y que seamos dignos de él.

sergio.gonzalez@abc.com.py