Para acrecentar esa reverencia al Señor, la Iglesia instituyó las Horas de Adoración al Santísimo, las Visitas al Santísimo y la procesión del Corpus Christi.
Todo ello se fundamenta en nuestra firme convicción de la presencia real de Jesús en la Eucaristía, pues él nos ha prometido estar con nosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos.
Es más, Jesucristo afirma: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.
Necesitamos de dos alimentos: el del cuerpo y el del alma. El hambre del estómago es un desafío para la humanidad, pues debemos producir comida para todos y de buena calidad nutritiva.
El pan del estómago se vuelve un dilema cuando no nos relacionamos honestamente con el Pan Vivo bajado del cielo. Por un lado, nos atrapa el egoísmo, que no permite compartir con los demás; y, por otro, la gula, que no conoce límites.
Por ello, tenemos que aprender a compaginar el Pan del Cielo con el compromiso en la tierra.
El primer aspecto consiste en valorar el don que Jesús hace de sí mismo, pues nuestro espíritu precisa inmensamente de este alimento para no ser dominado por el materialismo individualista, que desemboca en pavadas, depresión y hasta en sombrías perversidades.
Esto nos compromete a participar en la Santa Misa todos los domingos, intensificando nuestra comunión con la Iglesia, especialmente con sus miembros más desprotegidos.
Jesús nos regala su Cuerpo y su Sangre, afirmando que son “para la vida del mundo”, lo que exige que seamos más honrados y sinceros, y que jamás participemos en grupos mafiosos.
Nuestra participación en la Santa Misa no puede reducirse a una experiencia intimista que dura una hora, sino que debe llevarnos a fraccionar el pan con todos: repartir el pan, las buenas palabras, los momentos de tolerancia, los ejemplos edificantes y la firmeza para luchar contra los vicios dentro y fuera de la propia casa.
Si nos esforzamos por unir este Pan divino con la responsabilidad personal, el Señor nos promete una excepcional recompensa: “vivirá eternamente”. Con ese estilo de vida encontramos la felicidad y alcanzamos el objetivo más grande de todo ser humano: terminar su carrera en el Paraíso.
Paz y bien
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