Sus declaraciones no solo pecan de optimismo; demuestran una preocupante desconexión con el país real, aquel que padece la falta de oportunidades laborales, hospitales desmantelados y una alarmante escasez de medicamentos y profesionales de la salud. Para desmontar la ficción gubernamental no hace falta ir muy lejos, basta con mirar a unos 300 kilómetros de la capital: la ciudad de Ayolas, donde están las oficinas de la Entidad Binacional Yacyretá y, a escasos kilómetros, la imponente Hidroeléctrica, una máquina de generar millones de dólares en energía limpia.
Sin embargo, esa riqueza fluye hacia cualquier parte, menos hacia su propia población. Decir que en Ayolas no hay empleo digno que garantice un salario mínimo no es una exageración; es una condena cotidiana.
A pocas cuadras de donde se administra la millonaria caja de la EBY, la realidad golpea con crudeza en las aulas: niños que asisten a la escuela descalzos porque sus padres no tienen para un par de zapatos. Los propios docentes confiesan que los chicos van a clase más por el plato de comida escolar que por el deseo de aprender.
Resulta obsceno que, en la cuna de una de las mayores generadoras de energía del continente, los pobladores tengan que salir a las calles a manifestarse para recibir kits de víveres de apenas 31 kilos que, con suerte, estiran una semana. Es igualmente indignante que, para costear un tratamiento médico básico, los vecinos deban apelar a rifas, polladas y maratones, ante la total ausencia del Estado.
El eslogan de “vamos a estar mejor” se ha cumplido, pero solo para él y su entorno político. Mientras la claque oficialista celebra números de fantasía, el pueblo real sobrevive en la miseria. Gobernar no es maquillar estadísticas para una tribuna de correligionarios complacientes; gobernar es dignificar la vida de los ciudadanos. La paciencia de un pueblo postergado tiene un límite que el oficialismo insiste en tensar de forma irresponsable.
Si el Ejecutivo no entiende que el verdadero desarrollo se mide en las aulas y en los hospitales, y no en los fríos balances, su relato terminará por sepultarse. El Paraguay real no necesita más promesas de cartón, sino la voluntad política de volcar la riqueza del Estado hacia quienes lo sostienen con su diario sacrificio.
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