Lula y el silencio de Paraguay

El viernes pasado, en una fábrica de armamento en el interior de São Paulo, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, buscó un argumento para justificar el crecimiento del gasto militar de su país y lo encontró en la Guerra de la Triple Alianza.

"A nosotros nos gusta la paz, pero no podemos olvidar que, un buen día, Paraguay decidió invadir Brasil“, dijo, y agregó que en ese mismo episodio Paraguay también había invadido Uruguay y Argentina. Una sola frase, pronunciada casi al pasar, tocó el hecho que más pesa en la memoria colectiva paraguaya: la guerra que redujo a la mitad la población del país y que, más de siglo y medio después, sigue explicando buena parte de nuestra demografía, nuestras fronteras y nuestra relación con los vecinos.

El problema no es solo político, es histórico. La propia Secretaría Nacional de Cultura del Paraguay sostiene en su sitio oficial que el conflicto comenzó cuando Brasil invadió Uruguay con su Ejército, no al revés. Lula invirtió el orden de los hechos exactamente en el punto donde su país cruzó primero una frontera ajena, algo que un historiador paraguayo calificó de “verdad a medias” al recordar que existe consenso entre investigadores paraguayos, argentinos y uruguayos que Brasil no comparte.

Lo notable no es tanto que un presidente extranjero use la historia de manera interesada para justificar su presupuesto de defensa, eso, lamentablemente, es moneda corriente en la región, sino quién salió a corregirlo y quién no. Un senador se tomó el trabajo de retrucarle por redes sociales, y un historiador tuvo que explicarle a la prensa lo que el propio Estado paraguayo debería haber dicho primero. Del Ejecutivo, en cambio, ni una palabra: ni el presidente Santiago Peña ni la Cancillería emitieron, al momento de escribir estas líneas, declaración alguna sobre los dichos del mandatario de nuestro principal socio comercial.

No hacía falta una escalada diplomática ni un exabrupto; alcanzaba con una aclaración firme, hecha desde la investidura presidencial, que corrigiera el error sin necesidad de confrontar innecesariamente con Brasil. Se podrá argumentar que la relación bilateral es demasiado importante como para arriesgarla por una frase dicha al pasar, y hay algo de razonable en esa cautela. Pero hay una diferencia enorme entre evitar una escalada y no decir absolutamente nada: la primera es prudencia, la segunda es abdicar de un rol que le corresponde exclusivamente al jefe de Estado.

Este episodio se suma a un patrón que ya empieza a ser difícil de ignorar: frente a los temas que exigen una posición clara, el Gobierno de Santiago Peña elige, una y otra vez, no estar. La memoria histórica de la Guerra de la Triple Alianza no es un capítulo cerrado para la diplomacia; es, junto con la Guerra del Chaco, el hecho que explica quiénes somos como nación. Cuando un vecino la tergiversa en público y el Estado paraguayo no dice nada, no es cautela: es una ausencia. Y las ausencias, en la política exterior como en cualquier otro ámbito, también son una forma de decir algo.

smoreno@abc.com.py