Al atardecer, los discípulos querían despedir a la multitud de más de cinco mil hombres, pues no sabían cómo resolver el desafío de alimentarla.
El problema del hambre azota a la humanidad desde siempre. Sin embargo, hoy ya no está tan asociado a la dificultad técnica de producir alimentos ni a los altibajos del clima, sino a la voluntad política de garantizar el acceso a la comida y distribuirla de manera justa.
Jesús enseña una dimensión esencial del Reino de los cielos: el interés generoso por la realidad temporal en la que vivimos. Su Reino no es solamente “para la otra vida”, sino que ha de manifestarse ya en la realidad presente.
“Denles ustedes de comer” es el mandato del Señor. Esto significa que no debemos ser indiferentes al drama de tantos hermanos que padecen hambre, ya sea en África o en Paraguay.
Sin embargo, no tenemos carencia únicamente del pan para el estómago. Esta expresión engloba también la necesidad de vivienda, transporte, educación, medicamentos y, en fin, de todos los elementos básicos para una vida humana digna.
La tentación constante que nos acecha es pensar como los apóstoles y querer “despedir” y alejar a aquellos cuya presencia nos incomoda. Pero el Maestro despierta el sentido de fraternidad y nos exhorta: “Denles ustedes de comer”.
En realidad, el problema es aún más grave, pues estamos ante dos clases de hambre: una biológica –el hambre del estómago– y otra espiritual –el hambre del espíritu–.
No basta con tener el estómago lleno para ser feliz; también es necesario llenar el corazón de compasión y de disponibilidad para servir.
Llegamos al centro del mensaje: Jesús es el Pan vivo bajado del cielo. Cuando nos encontramos sinceramente con Él, aprendemos a tener los mismos sentimientos que Él tuvo y a vivir los valores que enseñó. Entre ellos, no resignarnos a que nuestro prójimo pase hambre.
Esto nos remite a la Eucaristía y a la participación consciente en la Misa dominical, para que nos sintamos unidos a Cristo y comprometidos con quienes tienen hambre de pan y también de afecto.
Aunque los recursos humanos sean escasos –cinco panes y dos peces–, con la presencia del Señor y su poderosa bendición se realizará el milagro de saciar a las multitudes, siempre que venzamos el egoísmo y la indiferencia, miserias que nos aprisionan como los tentáculos de un pulpo.
Paz y bien