Esgaib ya nos tiene acostumbrados a estos y peores despropósitos. Representa a la clase política que da mala fama a la política pero pisa fuerte en los lugares de decisión. Uno se pregunta cómo es posible que tales sujetos –son muchos- hayan llegado a legisladores. Es una elevada función reservada para los ciudadanos con alguna solvencia intelectual y moral. Políticos de esta naturaleza sirven, sin embargo, para despertar conciencia que termina por rechazarlos. La otra causa de rechazo es la imposición de candidatos. Se le dice a la ciudadanía: “Aquí le tienen a fulano. Voten por él, es mi candidato”.
Como hemos visto el pasado domingo, también los colorados están hartos de que se les obligue cómo, dónde y cuándo actuar. Demasiada soberbia cansa al más fanático. La obsesión dictatorial es señal de debilidad, de carencia de valores, de propuestas. No es suficiente imponerse solo a través del dinero. El dinero ayuda pero hasta cierto nivel, luego viene la corrupción. La lealtad no se compra, se alquila. En algún momento el inquilino se harta de vivir de rodillas, se mira a sí mismo y se desprecia. Es el primer paso para vivir en libertad, para tomar decisiones propias que incluye la venganza. La comida más apetecible de las fieras es el domador.
Por ser el Partido mayoritario, el coloradismo necesita de líderes que retomen la conducción y lo lleven a reverdecer sus raíces. No hay coloradismo sin colorados. No hay coloradismo donde su nombre ampara el arribismo, el oportunismo. Manuel Frutos Pane decía que cada vez había más afiliados, pero menos colorados. La frase encierra una realidad que hizo que el coloradismo terminara en un partido descolorido, a lo sumo, rosado o anaranjado.
Un partido político del tamaño del coloradismo no se maneja desde la comodidad y soledad de un quincho. Sin discusión, sin debate, sin confrontación de ideas, el partido no tiene futuro salvo el que tuvo cuando había caído en poder de los “militantes stronistas hasta las últimas consecuencias”. Pero aún así, los dirigentes eran colorados, solo que primero eran stronistas. Por eso irradiaron a quienes primero eran colorados hasta que, a su vez, fueron irradiados.
Hoy pasa lo mismo. Se exige al colorado que sea primero cartista, si no, a la llanura, no importa la contribución que pueda hacer al Partido y al país. Al cartismo le interesa número, cantidad, por eso da alojamiento a cualquiera que desea ascender en lo político y económico. A esta “filosofía” se debe que esté lleno de tránsfugas y otra especie que envenenan el comportamiento político.
Lo bueno en este panorama desolador es que se va extendiendo entre los colorados la idea de ser libres y tener participación en las decisiones que se hacen en nombre del Partido. Ya están hartos –lo hemos visto el pasado domingo en Asunción y Ciudad del Este- de ser manejados desde un lugar remoto donde se dan las órdenes de cumplimiento obligatorio.
Aun en tiempos de Stroessner en la Junta de Gobierno volaban moscas. Se discutían las cuestiones partidarias, se argumentaban, se tomaban decisiones en mayoría.
Lo muy bueno que se dio el domingo 4 de octubre fue que una profesional, sin mancha recibió el voto mayoritario de la ciudadanía para conducir un municipio en descalabro. Los asuncenos se merecen que le vaya bien.