Resultará para muchos paradójico que cite en mi auxilio a la figura más antiliberal de los tiempos modernos, Vladimir Lenin y su libro “fundacional”, “Qué Hacer”, pero lo hago no por sus contenidos programáticos, que rechazo visceralmente, sino por sus elementos prácticos.
En 1902 Lenin encontró a su Partido Social Demócrata Ruso inmerso en la más completa desorientación y lo que propuso fue, simplemente, institucionalizarlo y volver a sus raíces filosóficas.
Es lo que debe hacer también el PLRA.
El PLRA debe convertirse, institucionalmente, en una democracia funcional verdadera, donde el voto de los afiliados defina las candidaturas que resulten de la discusión de propuestas que no se encuentre en modo alguno restringida por amenazas de expulsión, castigo o sanción por “desobediencias” y, por tanto, debe abolir los resabios autoritarios que lastran su estatuto, tales como “tribunales de conducta” e inquisiciones fascistas como ese.
Y eso solo ya constituye el primer paso para volver a las raíces de la filosofía liberal, la de que los seres humanos estamos dotados de la facultad de pensar y del derecho de expresar lo que pensamos sin miedo (extensión que dio Eleanor Roosevelt al famoso discurso de su marido, el presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt de “Las Cuatro Libertades”) que, a su vez, es la aplicación de una de sus piedras angulares, “Carta sobre la Tolerancia” de John Locke.
Y el PLRA debe abandonar esa estúpida “vergüenza” que ahora siente de reivindicar la filosofía liberal como tal, no como un conjunto de “dogmas”, que fue el nefasto veneno de Francisco Guizot (“liberalismo doctrinario”), sino como una “actitud” intelectual abierta a la crítica, a la discusión, porque el ser humano tiene derecho a la libertad en todos los campos, desde la cultura hasta la economía como tan enormemente definió Thomas Jefferson en la “Declaración de la Independencia” de Estados Unidos:
“Sostenemos (…) que todos los hombres son creados iguales; que son dotados (…) de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen (…) gobiernos, los cuales derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados”.
Eso implica reconstruir la identidad del PLRA, abandonando ese patético “aliancismo” que lo único que ha hecho, desde 1998 en adelante, es ceder espacios a figuras antiliberales que usan como condón los votos liberales.
De allí se articula fácilmente un programa de acción, desde estar siempre por aumentar el derecho de los paraguayos a elegir libremente, pasando por mejorar su acceso a las oportunidades y a la riqueza, hasta trabajar por garantizarnos a todos mejor justicia, seguridad y defensa para que cada uno busque su felicidad.
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