Durante décadas, esa jornada estaba subrayada con un marcador rojo como la “Fecha Feliz”, la del vanidoso y obligatorio culto al dictador Alfredo Stroessner que se realizaba para celebrar su cumpleaños.
En aquellos años oscuros, así como ahora el católico religiosamente peregrina a Caacupé cada 8 de diciembre, las filas de colorados y funcionarios públicos se extendían para besarle la mano, sonreír a la fuerza y rendirle homenaje al “Rubio”. Era una celebración condicionada al miedo y a la sumisión absoluta al régimen. Hoy, varias décadas después, el 3 de noviembre vuelve a vestirse de “fecha feliz”, pero esta vez bajo el manto de la democracia.
Los resultados de las recientes elecciones municipales nos dejaron un mapa político digno de analizar. La pañoleta colorada volvió a alzarse con la victoria en 187 de los 263 distritos del país. Sería reduccionista e injusto afirmar que todo administrador colorado es corrupto por el simple hecho de pertenecer a esta nucleación política; hay líderes genuinos que buscan el desarrollo de sus comunidades. Sin embargo, la realidad nos demuestra que la estructura de la ANR sigue operando, en gran medida, como aquel equipo que desde la época dictatorial impone una “felicidad” atada a favores políticos y, en casos graves, vínculos con el crimen organizado.
El paraguayo común sigue acudiendo a las urnas, muchas veces, por la necesidad de conservar un cargo miserable o por la promesa de un favorcito. Esas viejas prácticas, que huelen al stronismo más puro, son la demostración de que derrocamos al dictador, pero todavía no logramos desterrar la cultura de la dependencia.
Pero no todo está perdido en este nuevo 3 de noviembre. Las urnas también nos dieron destellos de una madurez democrática que renueva la esperanza. El electorado paraguayo demostró que la paciencia tiene un límite.
La oposición también sufrió el rigor del escrutinio; en aquellos distritos donde hubo mala gestión o falta de liderazgo, la ciudadanía pasó la factura. Pero el ejemplo más resonante de este voto castigo ocurrió en la capital. Asunción se convirtió en el trofeo de oro de una oposición que, cuando logra unirse, es capaz de vencer al fanatismo. El hartazgo generalizado por la dejadez y corrupción barrió con el intento de vender un continuismo disfrazado de cambio.
Esperemos que esta nueva “fecha feliz” no sea para volver a la vieja costumbre de mendigar un favor en el pasillo municipal ni para rendir culto al intendente de turno. Qué este 3 de noviembre signifique el día en que los gobernantes entiendan que no son dueños de la ciudad, sino funcionarios de una ciudadanía que por fin aprendió a echar al patrón cuando no hace bien su trabajo.
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