Con la mayor naturalidad se agruparan en torno del nuevo ganador. Es el viejo y desarrollado instinto de supervivencia del colorado que le permite al Partido estar en el poder desde el 13 de enero de 1947. O sea, 79 años con una pequeña pausa –con Lugo- que no influyó en el destino del Partido.
La disparada hacia otro movimiento –hasta ahora en formación y sin nombre todavía- no significa un cambio de comportamiento de sus componentes. Seguirán con la necesidad de obedecer a un líder con el mismo juramento de amor eterno, “hasta que la muerte nos separe”. Y esa muerte es una mejor oferta que todo lo separa. No usa guadaña, usa cheques. No anuncia el fin de la vida sino el inicio de otra tal vez más holgada y con las mismas ocasiones de robar al Estado. El ladrón de raza no solo busca el dinero público. De donde puede sacarlo lo hace sin compasión de otras esferas, de los propios empleados incluso. Estamos viendo el teatro que se ha montado en Senadores. Puro teatro. Los actores asumen el papel de indignados solo para que el hecho criminal siga su curso y se repita. “¡Ella es de lo nuestro!”, grita el coro. “Ser de lo nuestro” abre las compuertas para la corrupción a raudales.
El coloradismo pasó por varios momentos de rupturas con apresamientos, expulsiones, exilios de sus dirigentes. La Junta de Gobierno deponía y proclamaba presidentes de la República. Las discusiones entre bandos eran tumultuosas. Solo un caso: el domingo 16 de noviembre de 1947, en el Teatro Municipal, se reunieron los colorados para elegir candidato a la presidencia de la República. Se impuso el sector minoritario que proclamó a Natalicio González. El otro candidato fue Federico Chaves. El presidente de la convención, Manuel Talavera, redactó un extenso informe del que copio un párrafo: “La gritería se hizo infernal y ensordecedora impidiendo que la Presidencia fuera escuchada, arrojándose al sitial de la misma por la turba amaestrada toda suerte de objetos contundentes, piedras, pedazos de mampostería, botellas, tulipas arrancadas de la instalación eléctrica, etc.”. El señor Talavera agregó que se encontraban presentes el ministro del Interior y el jefe de Policía, a quienes pidió que intervinieran para calmar el ánimo. Pero tales autoridades tomaron la denuncia como si vieran llover.
Antes y después de estos actos hubo muchos otros similares, incluso más violentos que terminaban, tiempo después, en el famoso “abrazo republicano”. Es decir, tapar la nariz, tragar sapos, y enterrar bajo una delgada alfombra los insultos recíprocos. Horacio Cartes y Mario Abdo Benítez acaban de escenificar la repetida historia entre políticos. Creo que no está mal toda vez que el propósito apunte a mejorar la situación partidaria y nacional. Nacional sobre todo. Pero en este caso, los colorados y el país tienen que saber cuál es el propósito del abrazo. El escondite solo sirve para alimentar suposiciones, sospechas, desconfianzas.
¿Qué se sospecha? Que ante el presagio de que el coloradismo caerá en el 2028, Cartes y Mario Abdo buscan unir al Partido con olvido, no solamente de las ofensas recíprocas, también de la culpabilidad de los actos delictivos en todos los órdenes. Desde esta lógica se entiende el temor del derrumbe que dejará en la intemperie a miles de zánganos.
Por otra parte, si el coloradismo va a la llanura, no será el fin del mundo. Es natural la alternancia, vigoriza la democracia, limpia a los partidos de los indeseables. En definitiva, la nación no es propiedad de ninguna asociación política ni económica.
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