En los lugares marginales, los estupefacientes son bastante frecuentes entre los jóvenes; esto no quiere decir que todas las personas de escasos recursos los consuman, sino que su uso se puede visualizar más en esos ambientes. Sin embargo, las demás personas no están excluidas de andar sumergidas en el mundo del crack.
La ingesta del alcohol, una droga legal, también se ha incrementado, ya que no hay un control estricto en los puntos de ventas de estos líquidos. En cualquier fiesta, ver a un joven tomar el Freeze u otra bebida es muy común. Aunque está permitido tomar productos con alcohol, pensamos que si ingerimos un poquito no tendrá consecuencias negativas, pero, si no te controlás, beber puede llegar a ser adictivo.
“Qué piko, nada te va a hacer” es tal vez el consejo que te va a dar tu socio al probar por primera vez el estupefaciente. Al llegar a consumirlo, ya no hay vuelta atrás; la drogadicción es una enfermedad que se puede tratar pero que no se apaga, solo se calma. Uno puede mantenerse “muerto con vida”, o sea, un rumbo sin sentido, además de la posibilidad de contraer problemas mentales y, eventualmente, caer en la delincuencia y la pérdida de conciencia.
El camino para la rehabilitación en el país es un laberinto sin salida; solamente contamos con un Centro Nacional de Control de Adicciones, un ente público, y 41 lugares de tratamientos del sector privado, los cuales tienen un costo considerable. Según un censo realizado por las Naciones Unidas y la Senad, el 70% de los pacientes en los centros de rehabilitación son adultos, mientras que el 30% corresponde a jóvenes y niños.
Aunque sabés que los narcóticos tienen sus propias consecuencias, no pienses que tenés un muro que te protege de estos químicos que ya han afectado e incluso matado a millones de jóvenes. No seas uno más que ronda “muerto con vida” por las calles; mejor cuidate de esos polvitos que no son mágicos y que causan graves consecuencias negativas.
Por José Peralta (18 años)
