Lejos del marketing new age y de la pornografía, el tantra que se adapta a la tercera edad se parece menos a una hazaña física y más a un arte de la lentitud: respirar juntos, mirarse a los ojos sin apuro, tocarse con atención y sin metas prefijadas.
Qué es tantra (y qué no) para mayores
Especialistas en sexualidad y gerontología coinciden en un punto: el tantra, aplicado a personas mayores, no es una técnica para “rejuvenecer” el rendimiento sexual ni un atajo para “volver a los 20”. Es un cambio de lógica.

No exige posturas exigentes, ni cuerpos sin dolor de rodillas, ni una espiritualidad dogmática. “Puede practicarse sentado en una silla, acostados de lado o simplemente tomándose de las manos”, explican terapeutas consultados.
La clave ya no es cuánto dura la erección, cuántos orgasmos se alcanzan o qué tan ágil es el cuerpo, sino qué tan presentes pueden estar ambos en lo que está ocurriendo.
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En este marco, la vejez no aparece como un problema, sino como un contexto concreto: hay prótesis, medicación, cambios hormonales, cicatrices. El tantra no intenta negar nada de eso; lo incorpora.
Sexualidad sin cronómetro ni rendimiento
La cultura del “desempeño” —parecer joven, responder rápido, no “fallar”— deja huellas profundas en la vida sexual de quienes envejecen. La menopausia, la andropausia, las dificultades de lubricación o erección suelen vivirse como fracasos personales.

El enfoque tántrico propone otra lectura: el cuerpo que cambia marca el ritmo y obliga a bajar la velocidad. Ya no se trata de “funcionar” sino de sentir. En lugar de centrarse en la penetración o el orgasmo como meta obligatoria, se privilegia el recorrido: masajes suaves, palabras al oído, pausas largas, respiración sincronizada.
Este cambio abre una puerta importante para parejas de larga duración, muchas veces atrapadas en guiones sexuales repetidos o directamente en la abstinencia. “El tantra funciona casi como un permiso para empezar de nuevo, con estos cuerpos, tal como son hoy”, resumen psicólogos especializados.
El “slow sex” de las parejas de toda la vida
El concepto de “slow sex”, emparentado con el tantra, cobra un sentido particular en la vejez. Si en la juventud puede vivirse como una elección contracultural frente al sexo rápido, en la tercera edad se vuelve casi una necesidad biológica… que puede transformarse en oportunidad.

En la práctica, el slow sex implica ampliar la definición de encuentro íntimo. Para muchas parejas mayores, una sesión tántrica comienza sentados frente a frente, vestidos, respirando al mismo ritmo durante algunos minutos. Mirarse sin hablar, notar las arrugas, las manchas de la edad, la forma en que el pecho sube y baja, ya es un acto de intimidad.
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El contacto físico también se redefine. No hace falta llegar “a algo más”: acariciar el rostro, la espalda, los pies; recorrer las manos que cargan décadas de trabajo; apoyar la cabeza en el pecho del otro para escuchar los latidos.
Cuando el objetivo deja de ser “lograr” un resultado, la presión baja y la curiosidad vuelve.
Adaptar el tantra a cuerpos envejecidos
La principal adaptación es postural: se priorizan posiciones cómodas, con apoyo para la espalda, almohadas y sillas. El suelo deja de ser el escenario principal; la cama, el sillón o incluso una butaca firme sustituyen al tatami.

El tiempo también se ajusta. Las sesiones pueden ser cortas, de 10 o 15 minutos, para no exigir demasiado al cuerpo.
Cualquier signo de dolor intenso, fatiga o mareo es una señal para frenar. Los expertos subrayan que el tantra, bien entendido, nunca obliga ni empuja más allá de los límites físicos.
El componente espiritual, por su parte, se vuelve laico: para muchos mayores, basta con sentir que el encuentro tiene un “sentido” más allá del sexo, ligado al cariño, la gratitud por los años compartidos o la simple alegría de seguir vivos. No hace falta adoptar creencias ajenas ni repetir mantras si eso incomoda.
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Una nueva intimidad posible
En sociedades que suelen retirar a los mayores del mapa del deseo, el tantra ofrece algo más que una técnica: un relato distinto sobre lo que significa envejecer en pareja. No niega las pérdidas ni las dificultades, pero propone convertirlas en punto de partida para una intimidad más lenta, más atenta y, muchas veces, más libre de presiones que la de la juventud.
Para algunos abuelos, la revolución no está en aprender una postura nueva, sino en algo tan sencillo —y tan radical— como volver a mirarse, tomarse de la mano y darse tiempo, por primera vez en décadas, para simplemente respirar juntos.
