1948: cuando el sexo entró al laboratorio y a la política
Antes de Alfred C. Kinsey, biólogo de la Universidad de Indiana, la vida sexual estadounidense se narraba entre la moral religiosa, el secreto doméstico y la medicina que trataba la “desviación” como patología. La publicación de Sexual Behavior in the Human Male (1948) —primer gran “Informe Kinsey”— alteró ese orden al afirmar, con entrevistas y estadísticas, que las prácticas reales no encajaban en el ideal público.

La escala que se popularizó a partir de ese trabajo proponía un continuo del 0 al 6 para describir la experiencia sexual: desde “exclusivamente heterosexual” hasta “exclusivamente homosexual”, con grados intermedios.
El mensaje cultural fue explosivo: si hay una distribución de conductas y no dos casilleros, la frontera moral pierde nitidez.
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Reacción social en EE.UU.: del interés masivo al contraataque
Los Informes Kinsey se convirtieron en un fenómeno editorial y mediático, pero también en un blanco político.
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Sectores conservadores, líderes religiosos y parte de la prensa denunciaron que el proyecto “normalizaba” conductas consideradas inmorales.
La controversia no se limitó al debate público: en los años 50, en plena Guerra Fría y pánico moral, crecieron las presiones sobre universidades y financiadores.
El Instituto Kinsey enfrentó cuestionamientos sobre métodos, muestras y la interpretación de resultados; el clima político terminó por restringir apoyos y empujar la investigación sexual hacia terrenos más defensivos.
Aun así, el efecto cultural ya estaba en marcha: hablar de sexualidad con lenguaje empírico —frecuencia, deseo, prácticas, variación— dejó de ser exclusivamente un asunto de confesionario o tribunal.
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El nacimiento de la sexología moderna
Kinsey no fue el único ni el primero en estudiar sexualidad, pero su impacto ayudó a legitimar un campo.

La sexología moderna se consolidó después con nuevos enfoques clínicos y fisiológicos (como los de Masters y Johnson en los 60), y con una investigación más plural sobre salud sexual, educación sexual y terapia.
En ese mapa, la escala Kinsey funcionó como un atajo conceptual: una forma simple de explicar que la orientación no siempre es binaria ni estable.
De la escala al debate de derechos LGBTQ+: un argumento inesperado
Sin “militar” en el sentido contemporáneo, los Informes Kinsey ofrecieron munición cultural para debates posteriores sobre derechos LGBTQ+.
Al documentar la diversidad de conductas y experiencias, contribuyeron a erosionar la idea de la homosexualidad como rareza marginal.
Décadas después, esa erosión dialogó con hitos como la despatologización de la homosexualidad por la Asociación Psiquiátrica Estadounidense (1973) y la expansión de demandas por no discriminación, reconocimiento legal y educación inclusiva.
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En términos políticos, Kinsey ayudó a instalar una premisa que reaparece en tribunales, aulas y campañas: la diversidad sexual existe en la población general.
¿Sigue vigente la escala Kinsey en 2026?
La escala Kinsey persiste como referencia histórica y pedagógica, pero sus límites son centrales en el debate actual.
En la actualidad, sexólogos y psicólogos suelen coincidir en que es útil para iniciar una conversación —no para “medir” identidades complejas— porque reduce la sexualidad a un solo eje y confunde planos distintos.
Primero, no contempla la identidad de género: una mujer trans o una persona no binaria no “encaja” sin forzar categorías que mezclan género y orientación.
Segundo, deja fuera el romanticismo (atracción romántica vs. sexual), una distinción común en comunidades y literatura contemporáneas.
Tercero, no integra la asexualidad ni sus matices (por ejemplo, deseo bajo, atracción rara, o disociación entre atracción y conducta).
Modelos posteriores buscaron corregir esa simplificación. La cuadrícula de Klein (Klein Sexual Orientation Grid) amplía el enfoque al incluir atracción, conducta, fantasías, preferencia emocional y social, estilo de vida y autoidentificación, además de considerar el cambio a lo largo del tiempo.
En clínica y en investigación, también se prefieren marcos multidimensionales que separan orientación, identidad, conducta y contexto.
Entonces, ¿quedó obsoleta? Como herramienta estricta de diagnóstico, sí resulta insuficiente. Como puerta de entrada educativa —para mostrar que existe un continuo y que la experiencia no es binaria— todavía puede servir, siempre que se enseñe con una advertencia clara: la sexualidad humana no cabe en un número.
