Un vínculo bidireccional: la salud mental también es salud sexual
La relación entre sexo y salud mental no es lineal, pero sí consistente: la ansiedad y la depresión pueden reducir el deseo, y la pérdida de deseo puede agravar la ansiedad, la autoestima y el aislamiento.

En clínica, el “bajo deseo” rara vez aparece solo; suele convivir con fatiga, irritabilidad, insomnio, rumiación, dolor, estrés crónico o conflictos relacionales. Por eso, la pregunta útil no es solo “¿por qué no tengo ganas?”, sino “¿qué está pasando en mi cuerpo y mi vida que hace difícil sentir deseo?”.
En mujeres, el deseo sexual suele ser más sensible al contexto (seguridad, energía, carga mental, calidad del vínculo), sin que eso implique que sea “menos biológico”.
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Los mismos sistemas que regulan el estado de ánimo —dopamina, serotonina, noradrenalina— participan en motivación, recompensa y placer.
Ansiedad: hipervigilancia, control y dificultad para “estar”
La ansiedad desplaza al cuerpo del registro del disfrute al del control. La hipervigilancia (anticipar peligros, evaluar “si lo estoy haciendo bien”, temor al juicio) compite con la excitación.

En términos fisiológicos, el estrés sostenido activa el eje hipotálamo‑hipófisis‑adrenal y eleva cortisol; en ese modo, el organismo prioriza sobrevivir antes que vincularse o explorar.
El resultado no siempre es ausencia total de sexo: puede haber actividad sexual con desconexión, dificultad para lubricar, dolor o imposibilidad de llegar al orgasmo.
La ansiedad también se asocia a trastornos del suelo pélvico y a experiencias previas de malestar o trauma, factores que pueden consolidar una respuesta defensiva.
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Depresión: anhedonia, fatiga y caída de la recompensa
En depresión, la palabra clave es anhedonia: la disminución de la capacidad de sentir placer.
A eso se suma la fatiga, la pérdida de interés, la alteración del sueño y una autoimagen deteriorada.
El deseo no “se apaga” por falta de amor, sino porque el sistema de recompensa funciona a menor intensidad y el cuerpo llega sin energía. Muchas mujeres describen una distancia emocional que no es elección, sino síntoma.
Medicación: cuando el tratamiento ayuda… pero también puede afectar
Parte de la conversación sobre antidepresivos sigue siendo incompleta: algunos fármacos —en especial varios ISRS e IRSN— pueden reducir el deseo, retrasar el orgasmo o disminuir la sensibilidad.
Esto no significa que “la medicación arruina la vida sexual”, sino que el plan debe ser individual.
En la práctica, hay estrategias: ajustar dosis, cambiar de molécula, pautar horarios o sumar abordajes psicoterapéuticos.
Lo central es no suspender ni modificar tratamientos sin supervisión médica: el rebote ansioso o depresivo suele empeorar, también, la sexualidad.
Lo que sí puede mejorar el deseo
Cuando ansiedad o depresión están presentes, el abordaje más eficaz suele ser integrado: salud mental, salud sexual y contexto.
La evidencia clínica respalda intervenciones como psicoterapia (por ejemplo, terapias cognitivo‑conductuales o centradas en trauma), terapia sexual, trabajo con la pareja en comunicación y consentimiento, y medidas de higiene del sueño y reducción de estrés.
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En algunos casos, evaluar dolor, cambios hormonales, posparto o perimenopausia evita atribuirlo todo a “lo psicológico”.
Si el bajo deseo genera sufrimiento, evita el contacto, aparece dolor, o coincide con síntomas de ansiedad o depresión (tristeza persistente, rumiación, ataques de pánico, apatía, ideas de autolesión), conviene pedir ayuda.
La salud sexual no es un lujo: es un indicador de bienestar. Y, a menudo, una puerta de entrada para tratar lo que la mente viene diciendo en silencio.
