Cuando la comida ocupa el lugar del deseo
En anorexia nerviosa, bulimia nerviosa y trastorno por atracón, la relación con el cuerpo se vuelve un escenario de control y amenaza. Esa tensión puede trasladarse a la vida sexual: disminución del deseo, dificultad para excitarse, dolor, evitación de la desnudez o de ciertas prácticas, y una sensación persistente de “no estar a la altura”.

En algunos casos, el sexo deja de ser un espacio de placer para convertirse en una fuente más de evaluación.
La explicación no es solo psicológica. La malnutrición y las fluctuaciones de peso pueden alterar hormonas vinculadas al apetito, el estrés y la función sexual.
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También influyen el cansancio, la pérdida de masa muscular, la irregularidad menstrual y el impacto cardiovascular.
A esto se suma que la ansiedad y la depresión —frecuentes en los TCA— son factores que reducen la libido y dificultan la conexión emocional.
Hipersexualidad y sexo como anestesia emocional
La otra cara existe: algunas personas alternan control alimentario con conductas sexuales impulsivas o riesgo aumentado.

No se trata de “más deseo” necesariamente, sino de una búsqueda de alivio rápido ante la angustia, parecida a la lógica del atracón: urgencia, pérdida de control, alivio momentáneo y, después, culpa.
En consultas clínicas se describe a veces un patrón de “compensación” emocional: comer para calmarse, sexo para sentirse validado, o ambos para apagar el malestar.
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En estos casos puede aparecer una negociación interna constante: “si mi cuerpo es aceptado, valgo”. Esa ecuación —alimentada por ideales estéticos, comparación en redes y experiencias de críticas o acoso— puede empujar a usar la sexualidad como prueba de autoestima, con límites difusos y dificultad para decir no.
La intimidad bajo la lupa: vergüenza, control y miedo
Los TCA suelen convivir con una autoobservación extrema.
En la cama, esa vigilancia puede traducirse en desconexión: estar pendiente del abdomen, de las marcas, del “ángulo”, del desempeño, más que del encuentro.

La vergüenza corporal y el perfeccionismo, rasgos frecuentes, favorecen la ansiedad de ejecución y la evitación.
También el miedo a perder el control: para quien se sostiene en la rigidez alimentaria, la espontaneidad sexual puede sentirse amenazante.
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La relación de pareja, cuando la hay, también se resiente. Puede haber secretismo (atracones, purgas, ejercicio compulsivo), discusiones por hábitos, o una dinámica cuidador–paciente que erosiona el erotismo.
Del otro lado, parejas que presionan por “normalizar” la comida o el sexo sin comprender el trasfondo pueden aumentar la culpa.
Qué ayuda: tratar el TCA sin dejar fuera la sexualidad
Especialistas insisten en que la recuperación no es solo “comer mejor”, sino reconstruir la relación con el cuerpo y con el placer.
El abordaje suele incluir psicoterapia, atención nutricional y, cuando corresponde, psiquiatría.
Hablar de vida íntima en terapia no es un “tema secundario”: puede revelar disparadores, conductas de riesgo y traumas, y abrir herramientas para negociar límites, deseo y consentimiento.
En la práctica, ayudan estrategias como trabajar la imagen corporal desde la autocompasión, reducir la autoevaluación basada en peso/forma, recuperar señales internas (hambre, saciedad, excitación), y mejorar la comunicación en pareja sin convertir la sexualidad en examen.
Si la ansiedad por comer o por el sexo se vuelve compulsiva, genera culpa persistente, aislamiento o pone en riesgo la salud, buscar ayuda profesional es un paso clave.
En crisis o ideas de autolesión, conviene acudir a servicios de urgencia o líneas de ayuda disponibles.
