De dónde sale la idea de que el sexo se divide en dos
La lógica activo/pasivo nace de un guion sexual muy antiguo: el de la penetración como “centro” y de los cuerpos repartidos en funciones fijas. Ese libreto, heredado de normas de género y de una mirada reproductiva del sexo, se coló en culturas heterosexuales y también en comunidades LGBT+. No describe la sexualidad: la simplifica.

La sociología y la sexología hablan de guiones sexuales (sexual scripts): expectativas aprendidas sobre “qué toca” hacer, cómo debe sentirse y quién “lleva” la escena. El problema no es que existan guiones —a veces ayudan a iniciar— sino cuando sustituyen la escucha real del cuerpo y del vínculo.
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Qué dice la ciencia: excitación, placer y control no son binarios
En clínica sexológica se observa algo consistente: el deseo y la excitación son contextuales.
Modelos como el doble control (inhibición/excitación sexual) explican por qué una misma persona puede disfrutar más de conducir en un momento y de entregarse en otro, según estrés, confianza, novedad, fatiga, historia personal o seguridad emocional.
Además, “activo” y “pasivo” mezclan dimensiones distintas como si fueran una sola: práctica (penetrar/ser penetrado), posición (arriba/abajo), iniciativa (proponer/aceptar) y poder (dominar/ceder).

En la realidad, esas variables se combinan. Se puede ser quien propone y, a la vez, preferir recibir; o penetrar sin sentir que se “manda”; o buscar un juego de control negociado con cuidado y ternura.
También hay un punto fisiológico poco dicho: la comodidad y el placer en prácticas penetrativas (vaginales o anales) dependen de factores como lubricación, relajación del suelo pélvico, ritmo, respiración y sensación de seguridad. No es “ser pasivo”: es coordinación corporal, tiempo y confianza.
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Cuando la etiqueta ayuda… y cuando aprieta
Para algunas personas, nombrarse activo/pasivo/versátil funciona como orientación práctica o como identidad erótica: reduce incertidumbre, facilita compatibilidades y evita conversaciones incómodas. No hay nada “mal” en eso.

La limitación aparece cuando la etiqueta se vuelve contrato. En muchas parejas, el conflicto no es la preferencia, sino la rigidez: “si me amás, deberías ser X”, “si cambio, pierdo valor”, “si no quiero hoy, estoy fallando”.
En apps, además, la categoría puede transformarse en jerarquía: se erotiza la idea de que uno “hace” y el otro “recibe”, como si el placer estuviera repartido en roles de primera y segunda.
Más allá de la penetración: el repertorio que sí predice satisfacción
Los estudios sobre satisfacción sexual suelen coincidir en algo menos glamoroso pero más real: lo que mejor la predice no es un rol fijo, sino la comunicación, la variedad posible y la capacidad de ajustar expectativas.

Muchas parejas encuentran más conexión cuando amplían el mapa: caricias sin objetivo, sexo oral sin “deuda” de penetración, juguetes, masturbación compartida, pausas para reírse, pedir cambios de ritmo, o simplemente poder decir “hoy no” sin que eso rompa la escena.
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En términos emocionales, salir del binario activo/pasivo también reduce la ansiedad de desempeño: deja de tratarse de “cumplir un papel” y se vuelve más fácil preguntar lo importante—qué te gusta, qué no, qué te da curiosidad, qué te cuida.
Una conversación posible: del “qué sos” al “qué te gusta”
Cambiar el foco no exige discursos técnicos. A veces alcanza con mover la pregunta: en lugar de “¿sos activo o pasivo?”, probar con “¿qué te gusta hacer?”, “¿qué te gustaría explorar?”, “¿hay algo que hoy no te dan ganas?”. Esa forma de hablar no borra identidades: las vuelve más habitables.
La división activo/pasivo no es el enemigo; es un mapa viejo. Y cuando un mapa queda chico, no significa que el deseo esté mal: significa que la experiencia humana es más amplia que dos casilleros.
