29 de marzo de 2026
El mundo se mueve en estos días sobre un terreno peligrosamente inestable. En unos pocos meses de su segundo mandato en la Casa Blanca, el presidente estadounidense Donald Trump ha emprendido una agresiva política exterior, en la cual ha menospreciado y hasta amenazado a firmes aliados europeos.
En nuestro país se siembran anualmente entre 3.500.000 y 3.700.000 hectáreas de soja, el rubro de mayor generación de ingresos. La mayor parte de estos cultivos se encuentran en los departamentos de Alto Paraná, Itapúa y Canindeyú, liderando el ranking con aproximadamente el 65% de la superficie nacional.
Recurro al proverbio 21:20 para alzar mi más enérgica critica a la deshumanización del gobierno, que sin atisbo de vergüenza alguna avala la dilapidación de fondos para cuestiones intrascendentes. Me refiero a lo relativo en disponer nada más y nada menos que 700.000 dólares americanos para “celebrar las fiestas navideñas en el Alto Paraná” todo en contraste a las necesidades por las que soporta la ciudadanía.
En Estados Unidos, la desigualdad social va en aumento. Mientras unos pocos privilegiados —Elon Musk, el magnate de Tesla y SpaceX; Jeff Bezos, el dueño de Amazon; el propio presidente Donald Trump— acumulan fortunas de miles de millones de dólares, la pobreza y la precariedad acechan a una gran parte de la sociedad.

La estabilidad es un pilar fundamental en cualquier sector, y el agropecuario no es la excepción. Sin embargo, cuando se instala una crisis, puede desestabilizar la economía de una empresa agropecuaria, dejándola en una situación vulnerable si no se toman medidas correctivas a tiempo. Es en esos momentos críticos cuando el crédito bancario emerge como un verdadero salvavidas.