El Día de la Tierra se conmemora cada 22 de abril. Nació en 1970 en Estados Unidos, impulsado por el senador Gaylord Nelson tras una década marcada por contaminación visible —smog urbano, ríos degradados, derrames de petróleo— y por la creciente presión social para que el ambiente entrara, por fin, en la agenda política.
Restauración ecológica basada en evidencia: más allá del “plantar árboles”
La restauración ecológica basada en evidencia parte de una pregunta esencial: ¿qué intervención devuelve funciones ecológicas medibles —suelo, agua, carbono, hábitat— de forma duradera? En muchos paisajes, la respuesta no es automática: plantar no siempre equivale a restaurar.

En proyectos de reforestación (plantación activa), las tasas de supervivencia varían ampliamente según especie, clima, manejo y presión de ganado o incendios.
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En la práctica, no es raro que una parte sustancial de las plántulas se pierda en los primeros años si no hay mantenimiento, protección y selección adecuada del sitio. La cifra “un árbol plantado = un árbol creciendo” es una ficción contable.
Frente a eso, la regeneración natural —permitir que el bosque vuelva con semillas locales y rebrote, reduciendo perturbaciones— puede ser más efectiva y más barata cuando existen fuentes de semillas cercanas y se controla el fuego y la deforestación.

Pero no es magia: si el suelo está exhausto o el paisaje quedó aislado, puede requerir regeneración asistida (cercos, control de invasoras, plantación puntual de especies clave).
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Rewilding: restaurar procesos, no solo cobertura verde
El rewilding apunta menos a la “cantidad de árboles” y más a recuperar procesos ecológicos: dispersión de semillas, control de herbívoros, dinámica de ríos, polinización.

Reintroducir o favorecer especies ingenieras (como castores) o depredadores tope puede transformar un ecosistema, pero exige evidencia local, monitoreo y aceptación social: no hay rewilding responsable sin gestión de conflictos y sin evaluación de riesgos.
Captura real de CO₂: lo que cuenta
La captura de CO₂ depende de tres preguntas que deberían acompañar cualquier promesa climática:
Primero, adicionalidad: ¿ese carbono se capturaría igual sin el proyecto?
Segundo, permanencia: ¿quedará almacenado durante décadas o se perderá por incendio, tala o sequía?
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Tercero, línea de base: ¿qué había antes —pastizal, cultivo, bosque degradado— y qué pasa con el carbono del suelo, que puede disminuir si se convierte un ecosistema no forestal en plantación.
Además, la captura no es lineal: los árboles jóvenes almacenan menos al inicio, y el balance real requiere medición en campo, no solo estimaciones promedio. Por eso, en restauración y compensaciones, la evidencia hoy empuja a priorizar proyectos con monitoreo independiente, transparencia y beneficios dobles: carbono y biodiversidad, especialmente en regiones críticas como la Amazonia, el Gran Chaco, los bosques mediterráneos y paisajes agrícolas fragmentados.
El Día de la Tierra, en su mejor versión, pide datos. Restaurar funciona cuando se diseña para el lugar, se mantiene en el tiempo y se mide con rigor.
