El Niño más intenso no siempre causa el mayor desastre: cómo se mide y por qué cambian sus impactos

Los episodios de El Niño de 1982-83, 1997-98 y 2015-16 figuran entre los más fuertes desde que existen mediciones confiables. Pero la temperatura del Pacífico no alcanza, por sí sola, para anticipar sus consecuencias.
Los episodios de El Niño de 1982-83, 1997-98 y 2015-16 figuran entre los más fuertes desde que existen mediciones confiables. Pero la temperatura del Pacífico no alcanza, por sí sola, para anticipar sus consecuencias.Shutterstock

Los episodios de El Niño de 1982-83, 1997-98 y 2015-16 figuran entre los más fuertes desde que existen mediciones confiables. Pero la temperatura del Pacífico no alcanza, por sí sola, para anticipar sus consecuencias.

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El Niño es la fase cálida del fenómeno El Niño-Oscilación del Sur (ENOS), un sistema acoplado entre el océano Pacífico tropical y la atmósfera. Se desarrolla cuando se debilitan los vientos alisios —que normalmente empujan las aguas superficiales hacia el oeste— y el agua cálida se desplaza o se acumula en el Pacífico central y oriental. Ese cambio altera la convección: el aire cálido y húmedo asciende en zonas diferentes a las habituales, y reorganiza patrones de circulación atmosférica capaces de influir en regiones lejanas.

Cuáles fueron los episodios más intensos de El Niño

La intensidad suele calcularse con anomalías de temperatura en la región Niño 3.4, una franja del Pacífico ecuatorial central. Según ese indicador, los eventos de 1997-98 y 2015-16 son los más intensos del registro instrumental moderno; el de 1982-83 también integra ese grupo excepcional.

Calor en el océano, imagen ilustrativa.
El episodio de 1997-98 suele considerarse uno de los más potentes por la magnitud y rápida expansión del calentamiento oceánico.

El episodio de 1997-98 suele considerarse uno de los más potentes por la magnitud y rápida expansión del calentamiento oceánico. Provocó lluvias extremas e inundaciones en la costa occidental de Sudamérica, mientras favoreció sequías e incendios en Indonesia y otras áreas del sudeste asiático.

El de 1982-83 fue igualmente relevante, aunque en ese momento la red de observación oceánica era más limitada. Sus efectos ayudaron a mostrar que El Niño no era una anomalía local del Pacífico, sino un fenómeno con consecuencias climáticas a escala planetaria.

En 2015-16, la anomalía de temperatura en Niño 3.4 alcanzó valores comparables o superiores, según la base de datos utilizada. A ese calentamiento se sumó el aumento de la temperatura media global causado por las emisiones de gases de efecto invernadero, por lo que 2016 se convirtió entonces en el año más cálido registrado.

Globo terráqueo y termómetro.
Calentamiento global.

El Niño de 2023-24 también fue fuerte, pero los principales índices no lo ubicaron por encima de los máximos de 1997-98 o 2015-16. Aun así, coincidió con temperaturas oceánicas globales inusualmente elevadas, un contexto que complica la comparación con eventos pasados.

Por qué no hay un único ranking definitivo

No todos los El Niño calientan la misma zona del Pacífico. Algunos alcanzan su máxima expresión cerca de Sudamérica, en el este; otros concentran el calentamiento en el Pacífico central. Esa diferencia modifica dónde asciende el aire húmedo y, por lo tanto, qué regiones reciben más o menos lluvia.

La duración también importa. Un episodio intenso pero breve puede tener efectos diferentes de otro algo más moderado y persistente. Además, la respuesta de la atmósfera depende de otros factores, como la temperatura del océano Índico, las condiciones del Atlántico, los ciclos regionales de lluvia y la variabilidad interna de la atmósfera.

Por eso, un índice alto de Niño 3.4 no equivale automáticamente a una inundación, una sequía o una ola de calor en un país específico. El ENOS modifica probabilidades: puede inclinar el clima hacia determinados extremos, pero no determina por sí solo cada fenómeno meteorológico.

El antecedente de 1877-78 y los límites de los registros

Antes de las mediciones sistemáticas con boyas, satélites y redes oceánicas, reconstruir El Niño exige combinar registros históricos, lluvias, presiones atmosféricas, corales y otros indicadores indirectos.

El evento de 1877-78 aparece en varias reconstrucciones como uno de los más severos de los últimos siglos y estuvo asociado con sequías devastadoras en Asia, África y partes de América.

Sin embargo, compararlo numéricamente con los episodios modernos tiene incertidumbres mayores. La ciencia del clima distingue, por eso, entre los eventos mejor medidos desde mediados del siglo XX y los grandes El Niño reconstruidos a partir de evidencias históricas.

Entender esas diferencias permite mejorar los pronósticos estacionales y separar dos procesos que hoy actúan al mismo tiempo: la variabilidad natural de El Niño y el calentamiento global de origen humano, que eleva la temperatura de base sobre la que ocurren sus impactos.