El análisis pone el foco, en primer lugar, en la fuerte dependencia de la agricultura de los fertilizantes nitrogenados y en la importancia de que estos insumos estén disponibles en el momento adecuado. A diferencia de otros factores productivos, una interrupción temporal puede tener efectos que se extiendan más allá de la duración del problema inicial, especialmente cuando coincide con las ventanas de siembra.
El nitrógeno es el fertilizante de mayor consumo por volumen y más de la mitad de la demanda mundial se concentra en tres cultivos esenciales: maíz, trigo y arroz. Además, los fertilizantes tienen un peso considerable dentro de la estructura de costos agrícolas: históricamente representaron alrededor del 21% del costo total de producción del maíz y el 19% del trigo.
La vulnerabilidad aumenta por la concentración geográfica de la oferta. J.P. Morgan señala que más del 36% de la urea importada a nivel mundial proviene del Golfo Pérsico. Como este fertilizante utiliza gas natural como materia prima, cualquier disrupción en el mercado energético puede trasladarse directamente a su producción y disponibilidad.
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El informe señala que el conflicto con Irán redujo el ritmo de producción de estos insumos, mientras que el cierre del Estrecho de Ormuz generó nuevas tensiones sobre el comercio mundial, con menor disponibilidad y mayores precios.
J.P. Morgan estima que recuperar por completo la capacidad de producción de fertilizantes podría tomar entre uno y cuatro años, según la velocidad de las reparaciones. En algunas instalaciones de gas natural dañadas, el proceso podría extenderse entre tres y cinco años si también se consideran los daños en los pozos.

El problema no se limita a la cantidad disponible, sino también al momento en que los fertilizantes llegan al productor. En Sudamérica, este punto resulta especialmente relevante para el maíz, cuya siembra se concentra entre septiembre y enero. El informe advierte que este cultivo podría estar entre los primeros afectados por eventuales interrupciones en el suministro, con especial atención sobre Brasil por su elevada dependencia del nitrógeno proveniente del Golfo Pérsico.
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A este escenario el informe suma un segundo riesgo: el posible desarrollo de El Niño. El fenómeno altera los patrones de temperatura y precipitaciones a escala mundial y puede provocar sequías, inundaciones y otros eventos extremos con impacto directo sobre la producción agrícola.
Los antecedentes muestran diferencias importantes entre regiones. J.P. Morgan señala que, históricamente, los episodios de El Niño estuvieron asociados con una reducción promedio de 3,5% en la producción de las regiones tropicales, mientras que las zonas templadas registraron un incremento promedio de 2,4%. Sin embargo, esto no elimina los riesgos para estas últimas, que también sufrieron eventos extremos durante el episodio de 2023-2024.
La principal preocupación del análisis surge de la posibilidad de que ambos factores coincidan. Los países más expuestos a pérdidas productivas asociadas a El Niño se superponen, en algunos casos, con aquellos que presentan una elevada dependencia de los fertilizantes provenientes del Golfo Pérsico. El informe identifica particularmente a Brasil e India dentro de este grupo.
El impacto económico final podría trasladarse a los precios. Una oferta más ajustada de fertilizantes puede elevar los costos agrícolas y, si además deriva en menores rendimientos, reducir la disponibilidad de productos. J.P. Morgan advierte que la combinación de presiones sobre los fertilizantes y un eventual El Niño podría afectar especialmente a las regiones tropicales con alta dependencia de importaciones provenientes del Golfo Pérsico y ejercer presión sobre los precios de las materias primas.
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El factor tiempo vuelve a ser determinante. El escenario planteado por J.P. Morgan conecta tres mercados que suelen analizarse por separado: energía, fertilizantes y alimentos. La evolución del conflicto, la normalización de la oferta de insumos y la intensidad que alcance El Niño serán claves para determinar hasta qué punto estas presiones terminarán por trasladarse a la producción agrícola y, finalmente, a los precios de los alimentos.
* Este material fue elaborado por MF Economía e Inversiones.
