Lula e Itaipú

En las elecciones más reñidas y con mayor participación de la historia de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva se impuso a Jair Bolsonaro y cumplirá desde el 1 de enero su tercer mandato como Presidente de su país. Desde el punto de vista político, solo nos resta felicitar a los brasileños por la fortaleza de sus instituciones, lo cual les permite seguir alternando en el poder por vía democrática, a 37 años del fin de la dictadura militar. Pero desde el punto de vista de Paraguay, lo más relevante es que será con el Gobierno de Lula que habrá que sentarse a renegociar los términos del Anexo C del Tratado de Itaipú y defender con la máxima firmeza las reivindicaciones nacionales.

En las elecciones más reñidas y con mayor participación de la historia de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva se impuso por escaso margen a Jair Bolsonaro y cumplirá desde el 1 de enero su tercer mandato como Presidente de su país. Desde el punto de vista político, solo nos resta felicitar a los brasileños por la fortaleza de sus instituciones, lo cual les permite, más allá de la aguda polarización, seguir alternando en el poder por vía democrática, libre y pacífica, a 37 años del fin de la dictadura militar. Pero desde el punto de vista de Paraguay, lo más relevante es que será con el Gobierno de Lula que habrá que sentarse a renegociar los términos del Anexo C del Tratado de Itaipú y defender con la máxima firmeza las reivindicaciones nacionales.

La sesgada propaganda ha hecho creer a muchos, tanto aquí como en Brasil, que Lula fue condescendiente con Paraguay y que nuestro país obtuvo grandes ventajas durante las tratativas que terminaron con el “Acuerdo Lula-Lugo” (en realidad una declaración conjunta de Presidentes) de 2009. Nada más alejado de la realidad. Fernando Lugo llegó a la Presidencia con la promesa de pelear sin cuartel por seis reclamos paraguayos en Itaipú, a saber: 1) libre disponibilidad y soberanía sobre la energía paraguaya; 2) precio justo por los excedentes; 3) plena cogestión administrativa; 4) Transparencia; 5) Depuración de la deuda; 6) Finalización de obras pendientes, como la esclusa. No estuvo ni cerca.

Con bombos y platillos se anunció en su momento y se repite hasta el hartazgo hasta ahora que se triplicó el monto de compensación por cesión de energía paraguaya a Brasil. Lo que se guardan de mencionar es que ese monto era una ínfima migaja entonces y lo sigue siendo hoy, aun cuando sea tres veces mayor. En números redondos, Brasil le pagaba a Paraguay 3 dólares por cada megavatio/hora que se llevaba de su energía excedente y actualmente le paga poco más de 9 dólares. Pero esa energía, a valores mayoristas dentro del propio mercado brasileño, se cotiza entre 80 y 200 dólares, por lo que es obvio que el precio obtenido está lejísimo del “justo” que se prometió exigir. Pese a ello, hubo una maratónica sesión en el Congreso brasileño para aprobar esta “gran concesión”, como si fuera un generoso favor a un país pobre, y hasta el día de hoy existe el convencimiento en la clase dirigente de Brasil, incluso dentro del partido de Lula, de que Paraguay ya obtuvo todo lo que quería y correspondía y que ya no tiene nada que reclamar.

Para matizar la maniobra, y hacerla aun más humillante, Lula le hizo a Paraguay un “regalo”, que consistió en la construcción de una línea de 500 kV de Itaipú a Villa Hayes, donación canalizada a través del Mercosur y sin participación paraguaya en la ejecución. En primer lugar, hay clarísimos indicios de sobrefacturación de esa obra que nunca fueron investigados y mucho menos dilucidados, en épocas en que, recordemos, estaba en pleno auge en Brasil lo que luego se destaparía como el mayor escándalo de corrupción de la historia de América Latina. En segundo lugar, Paraguay nunca debió aceptar el “obsequio”, primero por dignidad, segundo por estrategia, y tercero porque no había necesidad, ya que nuestro país no es ningún indigente, tenía y tiene acceso a ventajoso financiamiento para construir cuantas líneas de alta tensión necesite.

En realidad, de los 31 puntos de la declaración Lula-Lugo, de los que solo se concretaron dos, el que era potencialmente más importante era el número 6, que admitía la “posibilidad” de que Paraguay pudiera ofrecer “gradualmente” energía de Itaipú a terceros países a partir de 2023 y que la ANDE pudiera comercializar energía en el mercado brasileño, aunque cuidándose de hacer constar que solo la correspondiente a su “derecho de adquisición”, es decir, la adquirida para consumo interno, no el excedente.

Pero independientemente de si Lula estará dispuesto a honrar aquellos ambiguos compromisos en su nuevo mandato, lo concreto es que se abre una nueva página, al cumplirse en agosto de 2023 los 50 años de vigencia del Anexo C del Tratado, que establece “las bases financieras y de prestación de servicios de electricidad” de Itaipú, plazo establecido para revisar las reglas de repartición entre los dos socios del aprovechamiento del potencial energético del río Paraná.

Se acabaron los pretextos. La deuda (incluyendo la espuria, que nunca se depuró) ya está prácticamente cancelada, la central hidroeléctrica está amortizada, Paraguay es dueño del 50%. Aunque su consumo interno es creciente, todavía le sobran unos 20 millones de MWh al año de su parte de la energía generada. Actualmente ese sobrante se lo queda Brasil, pagando a Paraguay una mínima compensación y luego revendiéndolo a operadores privados por valores varias veces superiores.

Lula le puede caer más simpático a unos y menos a otros, pero quienes sean que se sienten a negociar ya no se pueden dejar llevar por cantos de sirena. A partir de ahora, si Brasil quiere energía paraguaya la tiene que pagar al precio que corresponde, ya sea directamente, ya sea permitiendo que sea Paraguay el que la comercialice y se quede con las rentas que legítimamente le pertenecen. Así de simple.

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