El diputado independiente Raúl Benítez presentó un proyecto de ley que elimina el privilegiado régimen jubilatorio de los parlamentarios, razón por la cual fue calificado de “populista” por el senador Silvio Ovelar (ANR, cartista), en tanto que su colega Dionisio Amarilla (PLRA, cartista) se negó a hablar de “vagabundos”, como lo sería el autor de la iniciativa. Mientras el común de los mortales debe tener al menos 60 años de edad y haber aportado al Instituto de Previsión Social durante 25 años para cobrar una jubilación igual al promedio de sus salarios en la última década, un parlamentario puede acceder a una extraordinaria a los 55 años y con diez años de contribuciones, percibiendo el 60% de una abultada dieta, y; con cinco años más de aportes, el porcentaje referido llega al 80%. Ciudadanos de primera, ¡lejos de Juan Pueblo!
Se trata solo de un ejemplo más de los beneficios especiales de que gozan los legisladores, entre los cuales figura que ellos mismos pueden aumentar sus ingresos, con el habitual acuerdo del Poder Ejecutivo: en el Presupuesto de 2025 y en holgado reemplazo del “cupo de combustible”, el incremento llegó al 15,6%, de modo que desde entonces perciben una envidiable dieta mensual de 32.774.840 guaraníes, a los que se suman cada mes 5.293.160 guaraníes, en concepto de gastos de representación. A la amplia mayoría de los congresistas, su bienestar le importa mucho más que los salarios de los docentes, del personal de blanco y de los agentes penitenciarios, así como la infraestructura vial, el equipamiento de los hospitales o el estado de las escuelas.
De ordinario, los que tan mal representan al pueblo sesionan en pleno una vez por semana y lo mismo hacen las comisiones asesoras permanentes. Las ausencias no son sancionadas con la multa establecida en los reglamentos internos de ambas Cámaras, porque se inventan justificativos. Las vacaciones se extienden desde el 21 de diciembre hasta el 1 de marzo, receso durante el cual funciona una Comisión Permanente del Congreso, que tiene dieciocho miembros. Así, los legisladores dispondrían de tiempo para ejercer sus respectivas profesiones, suponiendo que las tengan. De hecho, no necesitan demostrar su idoneidad para ocupar un escaño, sino solo tener la nacionalidad paraguaya natural y haber cumplido 25 años en el caso de los diputados y 35 en el de los senadores, según la Constitución.
Y bien, aparte de esos considerables beneficios, los congresistas quieren seguir gozando de una jubilación de privilegio a costa del pueblo, sin perjuicio de invocarlo cada vez que crean oportuno dárselas de patriotas. El año anterior, la Caja Parlamentaria tuvo un déficit de 600.000 dólares, que iría en aumento. El Estado le aportará este año 4.000 millones de guaraníes, suma que provendrá de los contribuyentes y que bien pudo destinarse al financiamiento de los lamentables servicios públicos. Esta es la más clara muestra de que el privilegio jubilatorio de los congresistas recae sobre los ciudadanos, como si no bastara con que estos solventen las dietas y los gastos de representación de unos –con las excepciones de rigor– angurrientos a los que tienen sin cuidado las carencias de diverso orden que afectan a los gobernados. Sus discursos demagógicos, sobre todo en tiempos electorales, revelan un cinismo indignante; se burlan de la gente, sin temer el “voto castigo” de sus víctimas.
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Es una vergüenza que la gran mayoría de los legisladores sea de tal condición, siendo de esperar que los ciudadanos demuestren en 2028 que ya no están dispuestos a seguir siendo explotados con tanta vileza. Los representantes indecentes de hoy deben ser sustituidos por otros que atiendan el interés general antes que el de ellos mismos. Es odioso que el Palacio Legislativo sea un recinto donde unos aprovechados se valen del cargo electivo para llenarse los bolsillos a costa de sus conciudadanos, también bajo la forma de una jubilación de privilegio. Su extraordinaria avidez, que enloda a la República, se funda de hecho en la creencia de que sus compatriotas son idiotas útiles. Incluso por una cuestión de dignidad nacional, habrá que desengañarlos más temprano que tarde: el Congreso no es una suerte de autoservicio, como parecen suponer los codiciosos con fueros.