La sombra de la dictadura revolotea sobre nuestra débil democracia

Como cada año, cuando febrero toca la puerta, trae consigo una valija de historia y recuerdos, y la noche que rompió cadenas y encendió esperanzas vuelve a ser protagonista. Hace treinta y siete años, en la madrugada del 2 y el 3 de febrero de 1989, el país se encontraba en camino de de una transformación profunda y a punto de abrazar la añorada democracia. Lo que ocurrió en esas horas tensas no fue solo un golpe militar, sino una ruptura decisiva en el alma de la nación, el fin de la dictadura más longeva de América Latina, aunque hoy en día muchos quieres disfrazar al dictador de “presidente constitucional”. Esta barbaridad es reivindicada hoy hasta por algunos personajes del propio Gobierno.

Como cada año, cuando febrero toca la puerta, trae consigo una valija de historia y recuerdos, y la noche que rompió cadenas y encendió esperanzas vuelve a ser protagonista. Hace treinta y siete años, en la madrugada del 2 y el 3 de febrero de 1989, el país se encontraba en camino de una transformación profunda y a punto de abrazar la añorada democracia.

Lo que ocurrió en esas horas tensas no fue solo un golpe militar, sino una ruptura decisiva en el alma de la nación, el fin de la dictadura más longeva de América Latina, aunque hoy en día muchos quieren disfrazar al dictador de “presidente constitucional”. Esta barbaridad es reivindicada hoy hasta por algunos personajes del propio Gobierno.

Conocida como “La Noche de la Candelaria”, la sublevación liderada por el general Andrés Rodríguez contra el dictador Alfredo Stroessner fue un paso hacia la libertad. Hoy, mientras enfrentamos la fragilidad de nuestras instituciones democráticas, vale la pena recordar aquel episodio y evaluar hacia dónde nos ha llevado. No como nostalgia, sino como un llamado urgente a proteger las conquistas logradas con tanto esfuerzo y tanta sangre.

El régimen de Stroessner, que dominó Paraguay desde 1954 hasta 1989, fue una máquina de represión. Durante 35 años, el tirano colorado gobernó con mano de hierro, combinando control autoritario con una supuesta estabilidad económica que ocultaba costos humanos profundos.

Todos los beneficios, en un solo lugar Descubrí donde te conviene comprar hoy

Miles fueron encarcelados, torturados o desaparecidos; la disidencia se silenciaba y el Estado se confundía con el miedo. Hacia fines de los ochenta, las grietas se hicieron evidentes: la presión internacional por violaciones a los derechos humanos aumentaba, la economía se estancaba y las divisiones internas en el Partido Colorado hervían. Stroessner, anciano y aislado, se aferraba al poder mediante elecciones fraudulentas y amparado en una Constitución diseñada a su medida.

En la noche del 2 de febrero de 1989, la chispa prendió. El general Rodríguez, otrora aliado leal y comandante del Primer Cuerpo de Ejército, movilizó tanques y tropas por las calles de Asunción. La artillería apuntó al cuartel de la Guardia Presidencial, mientras buques de la Armada bombardeaban posiciones gubernamentales desde el río.

La batalla duró toda la noche, con pérdidas de vidas, pero al final del 3 de febrero, las fuerzas de Stroessner cedieron. El dictador se rindió y partió al exilio en Brasil, para nunca enfrentar a la justicia paraguaya. Rodríguez asumió la presidencia, proclamando el amanecer de la democracia y prometiendo reformas: elecciones libres, una nueva Constitución y el fin del dominio unipartidista.

No fue una revolución popular desde abajo, sino un relevo entre élites cansadas del viejo régimen. Sin embargo, abrió la puerta a la política multipartidista y culminó con la promulgación de la Constitución de 1992, que consagró libertades civiles y principios democráticos.

Desde entonces, Paraguay ha avanzado tímidamente, con luces y sombras, con avances y retrocesos. Sin embargo, los fantasmas del stronismo persisten, acechando instituciones y minando la confianza ciudadana. Nuestra democracia, aunque consolidada, sigue siendo “parcialmente libre”, lastrada por la corrupción, la impunidad y la hegemonía del Partido Colorado, que ha gobernado casi ininterrumpidamente desde 1947.

Hoy en día, este panorama se intensifica. El crimen organizado permea fronteras, la degradación ambiental azota el Chaco y la corrupción judicial protege a los poderosos. El pueblo paraguayo es testigo de cómo sucumben los poderes a la injerencia política, un Congreso que hace tiempo olvidó quién es su verdadero mandante y una Corte Suprema de Justicia que da muestras de sumisión y cobardía al cajonear decisiones trascendentales para la seguridad jurídica y el Estado de derecho.

El año se presenta clave: las elecciones municipales precedidas por sus respectivas internas serán un termómetro de la salud democrática. El Tribunal Superior de Justicia Electoral (TSJE) promete comicios transparentes con máquinas de votación, enfatizando que “2026 será un año clave para la democracia paraguaya”. Sin embargo, la concentración de poder, el debilitamiento de contrapesos institucionales, el clientelismo lacerante amenazan con socavar la participación, el pluralismo y la transparencia.

La paradoja del camino trazado desde aquel 3 de febrero de 1989 es clara: una transición que prometió liberación pero entregó una democracia eternamente en pañales. El golpe del 2 al 3 de febrero fue necesario, pero el verdadero progreso exige más que conmemoraciones. Requiere desmantelar legados de elitismo y corrupción, fortalecer instituciones inclusivas y revitalizar la participación ciudadana, que cada día se ve más golpeada por leyes mordaza.

Es necesario y urgente un compromiso ciudadano con una democracia real, que sirva a todos los paraguayos, no solo a los ecos del pasado. La noche de las velas iluminó el camino, pero la llama de la libertad debe cuidarse con vigilia, para que no se apague en los vientos de la complacencia.