La maniobra que lideró Basilio “Bachi” Núñez (ANR, cartista) en la Cámara de Senadores no fue un desliz legislativo. Fue como un atraco calculado, a plena luz del día, contra el bolsillo de cada paraguayo. Bajo su presidencia, la Cámara Alta modificó la Ley de Presupuesto para autoasignarse, desde el 2025, un reparto discrecional de casi 18.000 millones de guaraníes en bonificaciones y sobresueldos. Sin control, sin rendición de cuentas. Eso significa que en un solo año, casi todos los funcionarios de la Cámara Alta podrán embolsarse lo que para una familia paraguaya común representa años de esfuerzo y sacrificio.
Y no fue casualidad. El martes pasado, cuando los diputados debían eliminar parte de los gastos escandalosos y superfluos, simplemente “no hubo quorum”: estaban almorzando. El mensaje, que quedó grabado en piedra, puede interpretarse más o menos así: “que el pueblo se apriete el cinturón, que pague más impuestos, que acepte recortes en salud y educación; nosotros, los elegidos, seguiremos comiendo del mismo plato que prometimos defender cuando dijimos: ¡Vamos a estar mejor!”.
Esto no es un hecho aislado. Parece que está metido en el ADN de Bachi y de un Congreso cada vez más desgastado. Recordemos a los “bachi-lleres”: esa tropa de bachilleres recién salidos del colegio, incluida su propia sobrina, colocados en direcciones y cargos de confianza con sueldos millonarios, desplazando a profesionales con experiencia y formación.
Nepotismo descarado. Clientelismo puro. Meritocracia pisoteada. El mismo Bachi que firma bonificaciones de 21 millones de guaraníes mensuales por “responsabilidad” es el que, cuando lo descubren, renuncia “voluntariamente” queriendo aparecer como un héroe. Lo que ignora es que el pueblo se da cuenta de que estas “renuncias” suceden recién después del escándalo. Nunca por convicción. Nunca por la Patria. Nunca antes.
Y no es solo Bachi. El Congreso casi entero ha traicionado una y otra vez el pacto sagrado con el pueblo. Recordemos cómo, en legislaturas anteriores, senadores y diputados se aumentaron viáticos millonarios mientras las familias luchaban contra la inflación galopante. Recordemos la resistencia acorazada y sistemática a transparentar la Caja Parlamentaria, esa joya de privilegios “vip” cuya reforma el Senado acaba de postergar por quince días más.
Recordemos los nombramientos de inidóneos, los contratos inflados a empresas de amigos, las jubilaciones doradas que ningún trabajador común podría soñar. Cada vez que se les pide austeridad, responden con más privilegios. Cada vez que se les exige rendición de cuentas, responden con silencio, con una nueva ley que los blinda, o simplemente… con falta de quorum.
Y aquí está la hipocresía que duele y que indigna: estos mismos parlamentarios se llenan la boca con “Dios, Patria y Familia”. Portan la bandera de la fe, del amor a la nación y de los valores cristianos. Pero sus acciones gritan otra cosa: un egoísmo propio sin límites. Porque el que traiciona a su patria es el que la hambrea. El que dice defender a la familia es el que le roba el futuro a los hijos de los demás para engordar su propio bolsillo. El que invoca a Dios mientras reparte 18.000 millones de guaraníes entre los suyos demuestra que su único dios verdadero es el dinero, su única patria es el poder y su única familia es el “club de los intocables”.
Mientras exigen al pueblo “economía de guerra”, “sacrificio colectivo” y “paciencia”, ellos viven en otra galaxia: con sobresueldos, bonos discrecionales y jubilaciones blindadas. Solo renuncian a esos privilegios cuando los pillan con las “manos en la caja”. Nunca por honor. Nunca porque representen de verdad al pueblo que los eligió. Solo cuando la prensa los expone, la calle empieza a rugir y los locales comerciales les cierran sus puertas.
Este Congreso ya no finge. Se ha desnudado ante la ciudadanía como lo que es: un club privado donde se reparten los bienes del Estado como si fuera herencia familiar. La confianza está rota. La fe en las instituciones, destruida. Y con razón. Cuando los representantes se comportan como dueños y no como servidores, cuando predican valores que ellos mismos pisotean, la democracia deja de ser democracia y se convierte en una farsa cara y humillante.
Bachi Núñez y su tropa no cometieron un error. Ejecutaron un plan. Lo hicieron con mayoría, con frialdad y sin sonrojarse. Si el pueblo sigue tolerando esta traición disfrazada de “Dios, Patria y Familia”, no se queje después cuando le cobren más, le den menos y le exijan más “sacrificio”.
El pueblo no olvida. El pueblo no perdona eternamente. Y el día que la indignación organizada se levante, en las urnas, en las calles y en la conciencia colectiva, estos falsos profetas del Congreso descubrirán, demasiado tarde, que traicionar a Dios, a la Patria y a la Familia no tiene perdón ni en esta vida ni en la que viene. Porque el verdadero ajuste de cuentas no vendrá en una ley. Vendrá en la historia. Y la historia ya está escribiendo sus nombres con letras de vergüenza.