El próximo 4 de octubre, como cada cinco años, la ciudadanía de los 263 municipios tendrá la ocasión de elegir o reelegir a las autoridades locales. Aunque resulte obvio, no está de más subrayar la importancia del evento, que será precedido este domingo por las elecciones internas, en las que 32 partidos, 22 movimientos y 214 alianzas definirán sus respectivas candidaturas a la Intendencia y a la Junta Municipal. Desde esta instancia, será desde ya muy importante que los 4.338.716 electores habilitados tengan buen tino al decidir quiénes serán los postulados, haciendo uso también, eventualmente, del voto preferencial para “desbloquear” las listas de candidatos a las concejalías.
Desde ya, es necesario prestar atención a la calidad moral e intelectual de quienes aspiran a integrar o a seguir integrando el gobierno municipal. La pretensión reeleccionista es marcada en el caso de los ediles; valga como ejemplo que diez de los doce de Luque aspiran a ello, al igual que la gran mayoría de sus colegas de todo el país. En Asunción buscan lo mismo catorce de los veinticuatro concejales: once de ellos se confabularon contra los vecinos al apoyar la desastrosa gestión del exintendente Óscar “Nenecho” Rodríguez, el mismo que, aunque muchos no lo crean, también anhela volver al gobierno comunal, esta vez como miembro de la Junta Municipal, puede suponerse que para seguir castigando a los asuncenos. Es evidente que no toda la culpa puede ser de los electores, sino también de las propias agrupaciones políticas, que ponen a su consideración candidatos conocidamente averiados, algunos inclusive con denuncias a cuestas, que en vez de pugnar por un cargo público tendrían que estar enfrentando a la Justicia.
Todo esto implica que los votantes ya deberían conocer los antecedentes de muchos de los actuales precandidatos en el ejercicio de los cargos en disputa. En los municipios, los males están a la vista a diario. Las calles con baches, las plazas abandonadas, la basura acumulada, faltantes de dinero y deudas astronómicas, entre otras miserias, ilustran el pésimo desempeño de los políticos comunales. A ello se suma que, sobre todo en las localidades pequeñas, nadie ignora quién es quién: votar por un inútil o un sinvergüenza conocido es votar contra el bien común. Los votantes no tendrán excusas si vuelven a confiar en los mismos que los defraudaron; ellos son responsables de lo que decidan en las urnas: mal harían en quejarse después de lo que han resuelto, conociendo de antemano el historial de los hoy precandidatos.
En lo que atañe a los dos partidos tradicionales, sería absurdo que la “lealtad” al movimiento interno prime sobre la índole de los postulados por ellos. En su propio interés y en el de sus respectivas organizaciones políticas, los electores deberían abstenerse de permitir que los impresentables lleguen a candidatarse para intendentes en octubre y que ocupen los primeros puestos en la lista de candidatos a la Junta Municipal.
Los votantes deben atender el interés general de que las autoridades comunales estén al servicio de los vecinos y no de sus propias apetencias y las de sus parasitarias clientelas políticas. Ello solo será posible si quienes resulten elegidos sean honestos, idóneos y diligentes, características indispensables para ejercer como es debido cualquier cargo público. Por eso, sería deseable que los electores no se vean constreñidos a elegir el mal menor, sino que puedan optar entre candidaturas al menos aceptables.
En general, los gobiernos locales no han venido descollando por su buena labor. La experiencia de las últimas décadas –en democracia– enseña que muchas veces el electorado y las dirigencias partidarias no han sabido atender las cualidades de quienes aspiran a ejercer un cargo comunal. Es de desear que se vaya poniendo fin a este pernicioso vicio de nuestra democracia.