Preocupante situación de la violencia en nuestra sociedad

Por si aún hacía falta, ciertos hechos recientes revelan que la violencia se ha instalado en nuestra sociedad en más de un sentido, y no solo por obra de grupos provistos de armas largas, incluso ametralladoras, que cometen atracos sangrientos. Estamos presenciando síntomas de una sociedad que está enferma. En lo que se refiere a la delincuencia organizada, puede afirmarse que continúa en las mismas, y cada vez con mayor frecuencia, en cualquier lugar y en las formas más variadas. A ello puede agregarse los asesinatos de dos jóvenes mujeres estudiantes, uno en Caazapá y otro anteriormente en Coronel Oviedo, también por otros adolescentes. En ambos casos, parecieron crimenes premeditados. Al parecer los valores tradicionales se están desmoronando, lo que hace imperioso que, junto con las autoridades que combaten los delitos, las familias y los encargados de la educación también agreguen su cuota de un mayor compromiso en el cuidado de sus integrantes, especialmente de los niños y jóvenes.

Por si aún hiciera falta, ciertos hechos recientes revelan que la violencia se ha instalado en nuestra sociedad en más de un sentido, y no solo por obra de grupos provistos de armas largas, incluso ametralladoras, que cometen atracos sangrientos. Estamos presenciando síntomas de una sociedad que está enferma, donde al parecer los valores tradicionales se están desmoronando, lo que hace imperioso que, junto con las autoridades que combaten los delitos, las familias y los encargados de la educación también agreguen su cuota de un mayor compromiso en el cuidado de sus integrantes, especialmente de los niños y jóvenes.

En lo que se refiere a la delincuencia organizada, puede afirmarse que continúa en las mismas, y cada vez con mayor frecuencia, en cualquier lugar y en las formas más variadas, en las que la vida no tiene ningún valor para quienes perpetran los sangrientos episodios. Así, el último sábado, en un aparente ajuste de cuentas en Tava’i (Caazapá), en plena concurrida calle, dos presuntos asesinos a sueldo al parecer pertenecientes a la banda del mafioso Felipe Santiago Acosta, alias Macho, desde una motocicleta atacaron con una ametralladora a varias personas reunidas en una rotonda de dicha localidad. Los atacados, a su vez, pudieron derribar al acompañante del conductor de la motocicleta, y ya en el suelo fue ultimado a su vez por al menos dos de los reunidos.

Es impensable que esta clase de sucesos estén sucediendo en nuestro medio, que se agregan a los ya frecuentes atracos y robos de empresas comerciales, bancos, cajeros o de camiones transportadores, cada vez en formas más osadas, lo que revela poco temor a las fuerzas de seguridad que, hay que decirlo, van perdiendo la hegemonía que deben tener para garantizar los bienes, las actividades y la vida misma de los habitantes. Esto, pese a que las autoridades gubernamentales se jactan de que han fortalecido a la Policía Nacional con un número importante de camionetas, armas y otros recursos, además de aumentar considerablemente el número de los efectivos, mientras que se destinan ingentes recursos en un Comando de Operaciones de Defensa Interna (CODI) en departamentos del norte y este del país. Pero los resultados están lejos de ser satisfactorios.

No hablemos ya de los asaltos y robos que casi a diario ocurren en Ciudad del Este y zonas aledañas, como el ocurrido hace pocos días en pleno microcentro de dicha localidad, donde una gavilla asaltó a un hombre para robarle celulares de alta gama e hirieron en su huida a un policía. En otro episodio ocurrido en Encarnación, dos hombres fueron ultimados y otro fue herido, presuntamente por dos extranjeros en un operativo de compraventa de oro. Los medios de prensa informan a diario de hechos como estos. Sin olvidar la también reciente quema de una comisaría y la muerte de tres personas, entre ellas dos policías, en Naranjito, Canindeyú, por una banda de entre 20 a 30 malvivientes, presuntamente pertenecientes al autodenominado Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP).

Un suceso atroz, de características diferentes, se sumó a los habituales hechos delictivos, consistente en el asesinato de una adolescente de 14 años, cuyo cuerpo fue desmembrado y enterrado, presuntamente por otros protagonistas varones de 21 y 16 años y una menor también de 16, en Caazapá. Este atroz caso hace recordar otro de parecidas características ocurrido en mayo del año pasado en Coronel Oviedo, donde otra adolescente fue también asesinada y luego quemada por un menor, y presuntamente con la complicidad de otra joven mujer. En ambos casos resaltan lo que parece la similitud de una aparente fría planificación de los crímenes, por parte de jóvenes estudiantes, lo que nos lleva a preguntar qué está pasando en nuestra sociedad. Por una parte, está jaqueada por los delitos menores y el crimen organizado, y por la otra, se producen casos incomprensibles en ambientes que deberían estar alejados de hechos tan repudiables como los mencionados.

En el caso de los delitos habituales, bien se puede exigir mayor esfuerzo a las instituciones responsables del orden público, pero en el caso de los mencionados en último término tal vez pueda exhortarse a las familias y a las instituciones educativas a fortalecer el foco en la formación moral de los niños y jóvenes.

La violencia en nuestra sociedad es una situación preocupante, y ya no se le puede seguir dando las espaldas.