El Paraguay ha vuelto a quedar muy mal parado en el último informe trienal del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA) sobre el desempeño de alumnos de quince años de edad en pruebas de matemáticas, ciencias, lectura e informática, realizadas el último año en 91 países y territorios. Según los resultados del sistema estandarizado global de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), los 6.150 compatriotas examinados, que asisten a colegios públicos y privados, han quedado lejos del nivel mínimo de idoneidad en las cuatro áreas citadas. Peor aún, el rendimiento en matemáticas, lectura y ciencias ha disminuido con relación a las evaluaciones de 2022. En matemáticas, nuestro país ocupa el último lugar y en ciencias el penúltimo entre doce latinoamericanos, los que desde ya no descuellan por su nivel educativo.
Todo esto implica que el Ministerio de Educación y Ciencias (MEC) no ha tomado medidas efectivas en los últimos años para mejorar la enseñanza; se habría cruzado de brazos, con el deplorable efecto referido. Claro que se necesitará mucho tiempo para mejorar notablemente el sistema educativo, pero por eso mismo urge tomar medidas para al menos evitar que la situación siga empeorando, como estaría ocurriendo. De acuerdo al informe, directores de colegios siguen deplorando la insuficiencia de docentes o de equipos, tal como hace cuatro años. Es muy probable que este déficit incida más que el perjudicial uso en el aula de dispositivos digitales con pantalla, también referido en el informe, dado que este “vicio” no sería común entre los alumnos provenientes de hogares de bajos ingresos, que en el Paraguay no son pocos.
En lo que a atañe a los docentes, el grave problema no radica tanto en su escaso número como en su deplorable formación, exhibida –una y otra vez– en los exámenes de evaluación del MEC. Suelen quejarse de que son demasiado difíciles, hasta el punto de que no comprenderían las preguntas formuladas; no sería exagerado afirmar que muchos son analfabetos funcionales, al igual que tantos alumnos. Más allá de los fraudes a menudo constatados en los institutos de formación docente, resulta evidente que la enseñanza en ellos impartida deja muchísimo que desear. El pobre equipamiento se corresponde con la pobre infraestructura, sobre todo en los centros educativos públicos. Bien se sabe que asistir a clases puede conllevar riesgos para la integridad física para profesores y estudiantes.
Aparte de la corrupción y de la indolencia, aquí influye el hecho de que se incumple el mandato constitucional de que los fondos para la educación en el Presupuesto nacional no sean inferiores al 20% del asignado a la Administración Central: este año solo llegan al 14,5%, es decir, a unos 12,71 billones de guaraníes, de los cuales unos 38.200 millones corresponden a la infraestructura. Más allá de los recursos disponibles, es necesario, en primer lugar, que exista la “voluntad política” de promover el conocimiento, quizá despreciado porque no son pocos los que ostentan poder político y/o económico, sin destacarse por su idoneidad en actividades lícitas: basta echar un vistazo al Congreso o a las Juntas Municipales para notar que en esos órganos, entre tantos otros, no se rinde culto al saber, ni mucho menos. Hace falta mano de obra calificada, pero el Servicio Nacional de Promoción Profesional no podrá hacer mucho si los alumnos son incapaces de comprender lo que leen.
Hay mucho que hacer en cuanto a la formación de los docentes y de los estudiantes, dadas las notorias carencias constatadas por el PISA, una y otra vez. Mientras el conocimiento no sea valorado, gran parte de la población paraguaya seguirá sumida en la pobreza, para bien de los sinvergüenzas que han llegado muy alto con sus mañas, aprovechando la ignorancia de las víctimas. Un Hernán Rivas ilustra la calidad de nuestro sistema educativo: llegó muy alto en la carrera de los honores, pese a sus serias dificultades para leer en voz alta. No sería abogado, pero al menos es “bachiller en ciencias y letras“, según parece. La mayoría de sus colegas legisladores de otrora no sentían vergüenza ajena; por lo visto, les parecía normal que un “abogado” tuviera tal formación.
A propósito, en un reciente concurso de méritos para obtener un registro notarial, solo 62 de los 1.439 postulantes aprobaron el examen: estaban en disputa 92 matrículas. Es decir, el drama educativo tiene como escenarios no solo las escuelas y los colegios, lo que resulta comprensible porque la educación terciaria no puede ser buena si la primaria y la secundaria son desastrosas. Hay que empezar por abajo, capacitando a los maestros, para que alguna vez se tenga un sistema educativo que nos enorgullezca, y no que nos avergüence, como viene ocurriendo. Hay mucho que hacer.