Expertos en infancia coinciden: no se trata de demonizar las pantallas, sino de equilibrar. Y ese equilibrio pasa por ofrecer alternativas que resulten igual de atractivas para los niños… y asumibles para los adultos.
Prohibir la tablet de golpe suele generar peleas y frustración. Funciona mejor avisar con tiempo, marcar límites claros y, sobre todo, enlazar el final de la pantalla con el inicio de un plan concreto.
En vez de “se acabó la tablet”, decir: “En diez minutos la dejamos y empezamos la búsqueda del tesoro en casa” cambia el foco. El niño no solo pierde algo: gana otra cosa.
Los estudios muestran que cuando los padres participan de forma activa en el juego, los niños aceptan mejor las normas sobre pantallas. El ocio compartido pesa más que el video aislado.
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Planes que enganchan de verdad
No hace falta dinero ni grandes recursos. Lo que más recuerdan los niños no son los lugares caros, sino las experiencias intensas y compartidas.
Una idea que suele funcionar: aventuras en casa. ¿De qué se trata? Convertir el salón en un campamento con sábanas y linternas, hacer unas pistas hasta encontrar un pequeño tesoro, o crear un “restaurante” en el que los niños diseñan el menú (aunque sea un sándwich creativo).
Otra opción es el tiempo de manos sucias. Plastilina casera, masa de pan, huerto en macetas, pintar con esponjas; todo lo que implique tocar, mancharse, experimentar, es válido. A los niños les atrae lo sensorial tanto como lo digital.
También podés incluir “historias que se mueven”: leer un cuento y luego representarlo como teatro, con disfraces improvisados. Grabar una “película” casera con el celular, pero donde el foco esté en actuar, no en mirar una pantalla.
Y salir… aunque sea a la esquina. No es necesario un bosque para desconectarse, a veces basta con cambiar de escenario: bajar al parque con una pelota, hacer una “misión fotográfica” del barrio (en busca de colores, formas, carteles curiosos), o contar cuántas aves se ven desde un banco.
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El contacto con la naturaleza, incluso en pequeñas dosis, reduce el estrés y mejora la atención de los niños. Y, casi siempre, la tablet se olvida en casa.
El poder de los rituales
Los planes aislados ayudan, pero lo que de verdad transforman las rutinas son los rituales: actividades que se repiten y que los niños pueden anticipar.
Por ejemplo: “viernes de juegos de mesa”, “sábado de desayunar panqueques y elegir actividad”, “noche de cuentos a la luz de una linterna”.
Cuando el ocio en familia tiene un lugar fijo en la semana, las pantallas dejan de ser la única opción automática.
Aceptar el aburrimiento (y aprovecharlo)
Otro punto clave es no llenar cada minuto. El aburrimiento moderado es saludable: empuja a inventar juegos, a crear, a imaginar. Si la tablet aparece siempre que hay un hueco, esa oportunidad se pierde.
Al principio, los niños protestan. Con el tiempo, empiezan a sacar sus propios planes: montar una tienda, construir una cabaña, crear cómics. El mensaje es claro: “No tenés pantalla, pero sí tenés tiempo… ¿qué se te ocurre?”.
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No se trata de ser padres perfectos
La realidad manda: hay trabajo, cansancio, tareas pendientes. No todos los días habrá una gran actividad creativa. Y no pasa nada.
El objetivo no es eliminar la tableta, sino reducir su papel central. Un par de planes sencillos a la semana, hechos con presencia real (celular lejos, mirada atenta), valen más que muchas horas juntos, pero distraídos.
Al final, el “ocio de calidad” en familia no es un catálogo de ideas brillantes, sino una decisión diaria: dedicar algo de tiempo, de energía y de atención a estar juntos. Lo demás —incluida la tablet— empieza a perder poder por sí solo.
