Gracias, fantasma amistoso

El cantautor y artista visual Daniel Johnston (California, 1961) murió este martes después de sufrir un ataque al corazón en casa de sus padres, en Texas.

Daniel Johnston rodeado de varios de los personajes y elementos de su propio imaginario mítico y artístico en el garaje de la casa de sus padres en noviembre del 2004. Fotografía de Dan Winters.
Daniel Johnston rodeado de varios de los personajes y elementos de su propio imaginario mítico y artístico en el garaje de la casa de sus padres en noviembre del 2004. Fotografía de Dan Winters.GENTILEZA

En 1988 ibas en un autobús camino a casa pero te bajaste antes de llegar, en Chester, donde deambulaste unos días y una mañana de agosto, como estabas haciendo ruido, una mujer te hizo callar desde su ventana del segundo piso y creíste «que Satanás la poseía» y corriste a ayudarla –o, como dice el acta del jurado, cometiste «el delito de robo al patear y forzar la puerta de la vivienda»– y ella saltó y se rompió las piernas y tú, luego de siete meses en un hospital estatal, quedaste bajo custodia de tus padres.

El episodio lo recordaría Mike McGonigal en su artículo «Daniel Johnston at the Crossroads» de la edición del 27 de marzo de 1990 del Village Voice. Te quedaste años en el sótano de la casa grabando cientos de canciones en miles de casetes. Cada casete con un dibujo tuyo como portada. Pocos habrán escrito canciones tan tristes, tan ilusas, tan cómicas por momentos. Quizá la palabra exacta para esto sea blues. No te preocupaste por evitar los tópicos, y en ellos –que cantados por cualquier otro sonarían, a fuer de tópicos, gastados, falsos, vacíos– se atisba eso terrible que es un alma desnuda.

Grabaste cientos de casetes para los clientes a los que les servías gaseosas y hamburguesas en McDonald’s. Lo-fi. La calidad del sonido es espantosa y no se puede decir precisamente que tu voz satisfaga las expectativas convencionales. No importa; nada puede contigo y tus canciones. Tu Radio Shack es un instrumento por derecho propio y el órgano de juguete de tu sobrino se ganó el respeto de Tom Waits y Kurt Cobain. Que en los 90 usaba una remera con la rana alienígena Jeremiah, el dibujo que hiciste para tu álbum Hi, how are you. Tenías que haber tocado en enero pasado con Flaming Lips, Built To Spill y otros en Austin, pero ese concierto se convirtió en un tributo a ti, que no pudiste ir. Esta historia terminó la noche del martes: muerto a los 58 años de edad de causas naturales, dijo primero tu familia; de infarto, se detalló después. Morir a los 58 de causas naturales puede parecer insólito, pero eso no significa que lo sea. De hecho, no tendría que habernos sorprendido. Dicen que tus últimos conciertos apenas superaban la media hora y que aferrabas con manos temblorosas el micrófono, cada vez más ausente y ensimismado. La voz te había cambiado también más de la cuenta; unos dicen que porque perdías dientes; otros, que por los cigarrillos. Y pensar que en los 80 saliste en MTV de ojos vivaces y rosado cutis, antes de que te internaran por atacar a Steve Shelley, de Sonic Youth.

PUBLICIDAD

He was smiling through his own personal hell

Dropped his last dime down a wishing well

But he was hoping too close

And then he fell

Now he’s Casper, the friendly ghost

(Sonriendo desde su propio infierno, / tiró su último centavo al pozo de los deseos / pero se asomó demasiado al borde / y se cayó adentro / Ahora es Gasparín, el fantasma amistoso)

Te diagnosticaron, cuando joven, esquizofrenia y trastorno bipolar, pasaste algún tiempo en instituciones psiquiátricas y tuviste siempre mala salud, esa mala salud que no es cool, esa que el relato heroico sobre los artistas no dignifica como «trágica» porque suele ser más bien un estigma de clase –no el sello glorioso de un modo de vida fuera de lo corriente, que es lo que se idealiza (aunque el factor de los psicofármacos probablemente servirá para ese fin en tu caso), sino un indicio de la inhumanidad del modo de vida corriente, que es lo que se oculta–; algo, en suma, más frecuente de lo que permiten ver los paisajes mendazmente adolescentes de la publicidad en todas sus formas. Demasiado gordo, demasiado fumador, demasiado sedentario, demasiado viejo para tu edad, demasiado acabado, demasiado roto, demasiado olvidado de tu cuerpo, demasiado destruido por tu alma. En las antípodas de la imagen comercial del músico de rock o de pop eternamente joven y delgado promovida por la industria. Sin rastros de la notoria, desesperada y pandémica ambición de encajar. Solo la impresentable imagen cotidiana –a la vez que invisible– de millones de personas devastadas por esta sociedad pese a los cuentos que nos vende, entre otras, esa industria. Que pareció asimilarte en tus etapas de mayor popularidad pero en la que seguiste siendo hasta el final un outsider. Estoy orgullosa de ti.

Te diagnosticaron, cuando joven, esquizofrenia y trastorno bipolar: te fue asignada una condición anómala, pero sabías de qué están hechas todas las personas, incluso las «normales»: de qué olvidadas tristezas, de qué alegrías primitivas, de qué miedos sin sentido, de qué ilusiones que no se extinguen nunca, de qué secretas angustias infantiles. Tuviste que ser fuerte para desnudar en ti nuestras debilidades, tuviste que ser lúcido para no disimular tu inocencia, tuviste que ser grande para contar el mundo como lo haría un niño. Tuviste que estar muy solo para poder cantar así por todos.

No one never treated him nice

While he was alive

You can’t buy no respect

Like the librarian said

But everybody respects the dead

They love the friendly ghost

(Cuando estaba vivo, nadie lo trató bien / Como dijo el bibliotecario, / no se puede comprar el respeto / Pero todos respetan a los muertos / Ahora todos quieren al fantasma amistoso)

El demonio, tan real como la soledad y la miseria de la gran ciudad del mundo. Presencia tan poderosa que al escucharte cantar su resuello infernal recorre la espalda. Tu sinceridad, tan absoluta que borra las fronteras entre realidad y performance. La gracia luminosa de tu buena sonrisa perpetuamente al filo del colapso. Los escalofríos ante tu voz vacilante. Tus notas a veces tan simples; tu tono a ratos infantil. Tu historia, en algún punto del camino perdida, extraviada. Tu riente locura y tu pena salvaje. Todo en tus canciones es puro, todo lo que desatan es profundo, todo lo que nos dejas es valiente. Sabemos que no fue fácil este asunto de estar vivo; gracias, fantasma amistoso, por haber sido tan raro.

montserrat.alvarez@abc.com.py

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD