Dos encuentros en Cambridge

Fallecido este lunes, el ensayista y crítico literario George Steiner (París, 1929-Cambridge, 2020) es un autor fundamental en el campo de la crítica y la teoría literarias. El escritor argentino Alfredo Grieco y Bavio coincidió con él en la Universidad de Cambridge con motivo de un seminario reunido en el Downing College de Cambridge Hoy recuerda sus impresiones personales de aquel breve encuentro del verano de 1993.

En Wikipedia, la biografía –ya necrología– de Steiner en Wikipedia incluye en su primera página un texto de Harriet Harvey-Wood. Esta antigua (y magnífica) directora literaria del British Council caracteriza más o menos así al biografiado: «Era un conferencista magnífico –profético, lanzado, apocalíptico, que traía en la mano media página cubierta de su escritura apretada, con el abigarrado plan de lo que iba a decir, pero apenas arrancaba no lo miraba ni una sola vez».

En el verano de 1993, Harriet fue en Cambridge la anfitriona de este colaborador del ABC, y es la primera vez en tres décadas que voy a contradecirla. Al mismo seminario en el Downing College estaba invitado George Steiner, quien leyó, con voz machacona de sacristán antes que con arrobamiento de profeta, un texto mecanografiado que nunca abandonó ni de la mano ni de la vista.

Apenas se sentó, nos miró en abanico y preguntó: «¿Quién es la hija de Jefté?» Nadie decía nada. Steiner se relamió: «Parece increíble que estemos en Cambridge y que nadie entre quienes han sido invitados a sentarse en esta mesa conozca los personajes de la Biblia». Ahí este colaborador, herida su vanidad lasallana y sudamericana, enumeró: «Oratorio de Haendel, novela de Heinrich Mann…» Steiner se molestó. Me preguntó dónde era yo catedrático, si era germanista –las dos reelaboraciones eran alemanas, sí–, y lo reconfortó mi desempleo universitario –Nadie seguía siendo nadie.

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Steiner tenía un brazo derecho corto; después de un antebrazo breve se afinaba y acababa pronto y abrupto en un esbozo de manita. Bajo la axila diestra –su madre le había prohibido ser zurdo, cuenta el autor en algún lado– cargaba un portafolio de cuero con libros y manuscritos y hojas y un atril portátil. Ese muñoncito o garfio de uñas largas pero sin ancho extendía el autor para estrechar la mano en las presentaciones –apretaba y retenía fuerte y húmedo los dedos del presentado, quien antes de que lo soltaran tenía que escuchar alguna jeremiada de la que lo hacía cómplice o depositario.

Después de establecer satisfactoriamente la ignorancia ambiente sobre el asunto que iba a tocar, empezó a leer con énfasis agorero su paper. Con los huesos de esa manita sin sangre daba golpes secos, huecos –mentiría si digo que los recuerdo regulares o rítmicos o acompasados a la sintaxis– que impactaban la madera antigua de la larga mesa rectangular que nos reunía en petit comité gentil.

Otro día, encontré a Steiner en la Biblioteca general de la Universidad, un edificio cuadrado y enorme y acogedor donde los libros, para mezquinar el mezquino espacio, están agrupados en un orden discontinuo, porque se alinean según el tamaño y la altura, y los de un mismo autor saltan de un estante a otro según los centímetros de largo. Steiner me informó que nuestros colegas del seminario, había averiguado, no habían puesto el pie en la Biblioteca y pasaban el tiempo libre en el pub extra muros. Y ahí me preguntó: «Are you one of us?» Vacilé antes de decir que no, no era judío. Me mostró los libros que había retirado –como investigador, se los podía llevar para leer a su casa–: un Luigi Einaudi, un Gaetano Salvemini. Me dijo en italiano que yo como argentino debía saber el italiano, él hablaba muy bien el italiano –esto lo dijo él, no yo, se lo habían dicho en la primera universidad de Europa–, me preguntó si conocía a esos historiadores y politólogos, se respondió que en la metrópolis portuaria sin duda los conocíamos, y me confesó que estaba muy contento con el ensayo feminista que nos había leído en el seminario, qué escándalo que a la hija de Jefté la Biblia y demás relatos antiguos siempre le negaran, por mujer, su propio nombre propio, o lo callaran, y sólo se refirieran a ella por su filiación ¡patriarcal!, se había dado cuenta de que me había pegado, a mí, y se despidió y no volvió a dar vuelta la cabeza y se excusó de volver al Seminario, y así lo vi yo por segunda y última vez, en Cambridge, donde este martes lo vieron por última, donde nunca más va a charlar en su italiano tan encomiado cuando habló de Dante y de Borges y del infierno tan temido en Bologna.

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alfredogrie@gmail.com

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