El inevitable hombre blanco

Creyente y vocero de «la idea de Europa» (que da título a una de sus obras más aplaudidas, The Idea of Europe), el ensayista y crítico literario George Steiner (1929-2020) ha fallecido este lunes, tres días después de la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Puntualidad sugerente por partida doble. Porque deliberada o inadvertidamente, Steiner encarnó con tesón uno de los estereotipos más prestigiosos asociados a eso que se suele llamar la «alta cultura europea».

El ensayista George Steiner (1929-2020), escribiendo a máquina en su despacho de la Universidad de Cambridge. Fotografía de Peter Marlow.
El ensayista George Steiner (1929-2020), escribiendo a máquina en su despacho de la Universidad de Cambridge. Fotografía de Peter Marlow.

«–Y, naturalmente, el blanco es inevitable –interrumpió Roberts–. Es el sino del negro»

(Jack London, El inevitable hombre blanco)

Nacido en París de padres judíos de origen centroeuropeo, y crecido y educado durante sus primeros diez años de vida en la Francia de entreguerras –su familia tuvo el acierto de cruzar el Atlántico e instalarse en Estados Unidos un mes antes de que los nazis ocuparan la capital francesa en 1940–, el ensayista y crítico George Steiner ha fallecido en la ciudad de Cambridge, Inglaterra, este lunes 3 de febrero a los 90 años de edad.

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Estadounidense por adopción, Steiner fue crítico literario de The New Yorker desde 1966 hasta 1997, catedrático regular de Literatura Comparada en la universidad suiza de Ginebra y profesor invitado por las más importantes universidades europeas y norteamericanas. Considerado por consenso un autor fundamental en el campo de la crítica y teoría literarias contemporáneas, y una de las voces más sonoras y de timbre más persistente y reconocible entre las que insistieron en recordar a Occidente la vigencia actual de la responsabilidad por el Holocausto, es, como apunta el escritor Alfredo Grieco y Bavio en el artículo de portada de nuestra edición de hoy –y como deja entrever, también, en el delicioso recuerdo personal de su breve encuentro británico publicado en esta misma edición en nuestras centrales–, una presencia ineludible esta semana en las páginas del Suplemento Cultural.

Steiner sin duda lo tenía todo para convertirse en una suerte de fetiche cultural, en uno de esos objetos de consumo suntuario que parecen diseñados a la medida de un público demasiado firme en su fe en el (propio, sobre todo) refinamiento o (disyunción inclusiva) demasiado moralista para no considerar vulgar el lujo. Por lo menos, ese lujo sin disimulo ni paliativos «virtuosos» de los coches o de la ropa que no tienen más prueba de su calidad que el precio o la marca. O (disyunción también inclusiva) un público demasiado seguro de que el gusto literario o artístico se adquieren con una educación superior adecuada.

Deliberadamente o no, pero sin reticencias, Steiner representó eso que suele llamarse la «alta cultura europea». Tanto en su imagen personal como en sus escritos expuso o puso de manifiesto los más reconocibles atributos del más prestigioso de los estereotipos vinculados a tal noción, encarnó el modelo de intelectual que nuestro inconsciente asocia automática, pavlovianamente a ella: lector de latín y griego, políglota, cosmopolita, sabio de Princeton, Ginebra, Stanford y Cambridge, catedrático en traje de tweed por fuera y repleto por dentro de las citas que mejor cuadran a una memoria erudita, académico con la inevitable casa en la campiña inglesa de todo inevitable hombre blanco de pipa, café y brandy que se precie, lo vimos como sempiterno morador de un universo de libros y de pianos (no me consta que tuviera uno, pero podría apostarlo), de partituras y de bibliotecas públicas y privadas...

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¿Qué más? Ah, sí: cabe señalar que, creyente y vocero de «la idea de Europa» (esa idea que da título a una de sus obras más conocidas, The Idea of Europe), Steiner ha fallecido muy pocos (tres) días después de que el Reino Unido abandonara la Unión Europea. Fuera del notorio cultivo que Steiner hizo de la moderna imagen ilustrada del intelectual europeo más arriba (y no sin malicia, ciertamente), descrita, y sin dejar por ello de disfrutar las críticas, profundas o banales, que pueda suscitar tan notorio cultivo, cabe hoy recordarlo también inspirador en sus mejores momentos, aquellos en los cuales consigue establecer sugerentes y potencialmente fecundas conexiones entre diversas obras de la tradición occidental; así mirado, quien esto escribe obtuvo provecho y placer a un tiempo de su lectura.

montserrat.alvarez@abc.com.py

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