El huracán de Macon

Richard Wayne Penniman, Little Richard, nació en Macon, Estado de Georgia, el 5 de diciembre de 1932, y falleció en Nashville, Tennessee, el pasado sábado 9 de mayo del 2020. Los dos grandes temas de su vida fueron Dios y el rock and roll.

Little Richard fotografiado por Charlie Gillett.
Little Richard fotografiado por Charlie Gillett.Charlie Gillett

Creció en Macon entre miembros de la Iglesia Episcopal Metodista Africana y de la Iglesia Bautista New Hope, era nieto de un predicador de Georgia, Walter Penniman, y su familia tenía un grupo llamado The Penniman Singers que cantaba góspel en iglesias negras. El punto crítico del conflicto interno que atravesó su vida, el momento más alto de su personal camino religioso y la cima de su popularidad coincidieron en 1957, año en que Dios –según el mismo Richard contaría después–, en pleno apogeo de su carrera de rockero, le envió una visión para advertirle que su alma se estaba condenando por la música profana, y lo dejó todo, escenarios, estrellato, fama, para convertirse en predicador a tiempo completo. Hasta comienzos de la siguiente década, la de 1960, solo cantó góspel, pero, por exigencias de su carrera, en los años siguientes fluctuó entre lo sagrado y lo profano, entre el góspel y el rock, mientras su lúdico erotismo y su ambigüedad sexual electrizaban la música de esa manera posesa, inimitable, y ponían en el escenario el secreto caos de sus contradicciones internas.

Como todas las formas del spiritual, el góspel nació en las plantaciones de esclavos. Fueron tiempos de miseria los que vieron su esplendor. Canciones ciegas de amor a un Dios que había abandonado a sus criaturas en las garras del hambre y la muerte, canciones locas de absurda afirmación de esperanza en el mundo arrasado de la Gran Depresión. En el cual nació el tercero de los doce hijos de Charles «Bud» Penniman y Leva Mae Steward, el que llevaría la música negra al primer plano de la cultura pop blanca.

«Quería ser famoso y tener un Cadillac», dijo a la revista People en 1979. «De donde yo vengo, solo te subes a un Cadillac cuando te mueres». Contó que en los cincuenta había cantado góspel en iglesias y asilos de ancianos con un grupo llamado Tiny Tots Quartet, y que les pagaban con batatas. «No existía el rock and roll aún», dijo, «así que cantábamos góspel. Todos a nuestro alrededor cantaban góspel. Las mujeres cantaban góspel mientras colgaban la ropa, los viejos cantaban góspel por la noche, sentados en los porches. Todos cantaban góspel».

Nació con una pierna más corta que la otra, cojo –como el demonio, según las tradiciones populares–, y, como parecía contonearse afectadamente al andar, los otros niños le gritaban «mariquita». No parece haberlo considerado un insulto, porque siempre lo vimos divertirse como un salvaje haciendo toda clase de gestos afeminados. Salvaje sexualmente aventurero desde su adolescencia con los hombres del submundo gay de Macon y con mujeres mucho mayores que él, salvaje en los giros radicales y los súbitos arranques de frenesí religioso, salvaje Little Richard y salvaje drag queen Princess Lavonne, salvaje del pecado y salvaje del arrepentimiento.

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Luego de pelearse con su padre e irse de casa y pasar unos años tocando en bares, Specialty Records lo llevó al Estudio J&M en la parte trasera de una tienda de electrodomésticos en la calle Rampart de Nueva Orleans, y todos los cabos sueltos se ataron con la rara precisión de lo predestinado. Era 1955, y Richard Penniman tenía 22 años. Había aprendido a cantar en la iglesia y había tocado y cantado en toda clase de bares con desinhibido derroche de energía, pero en esa primera sesión sonaba aburrido. Cansados, frustrados, el joven Richard Penniman y el productor, Robert Blackwell, decidieron tomarse un descanso y fueron a un bar cercano, el Dew Drop Inn, en la calle LaSalle.

Ahí había de todo, traficantes, proxenetas, ladrones, prostitutas. Y también un piano, frente al cual Richard fue a pararse y a disparar una curiosa frase, «A wop bom a loo mop a lomp bom bom», a manera de introducción, antes de comenzar a aporrear las teclas y lanzar una obscena, salvaje oda a la sodomía que solía tocar en los antros más under del circuito.

Robert Blackwell se quedó helado.

Little Richard era un huracán.

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«A wop bop a loo mop / A good goddamn / Tutti Frutti / Good booty / If it don’t fit / Don’t force it / You can grease it / Make it easy…»

Blackwell comprendió dos cosas: que tenían que grabar eso de inmediato y que tenían que adecentar la letra (que hablaba de sexo anal).

Volvieron al estudio, llamaron a la cantautora Dorothy LaBostrie, que hizo aparecer a dos chicas, Sue y Daisy –«I got a girl / named Sue / She knows just what to do», «I got a girl / named Daisy / She almost drives me crazy»–, y, sencillamente, hicieron historia.

Solo les quedaban quince minutos de tiempo de uso del local, pero bastaron para que saliera el salvaje y devorara el mundo. Había nacido «Tutti Frutti». Primer single, primer hit. De muchos más.

Nada importa que hayan cambiado las palabras: podrían ser cualesquiera otras. El sentido vibra intacto y ese falso candor apenas contiene la urgencia, el trepidar del sexo y la locura. Cada día que Little Richard pasó en esta tierra fue precioso. Querremos siempre más de esa caída libre, de esa luz salvaje. Una estrella, un cometa, una bola de fuego. Un mensaje de Dios o una trampa del Diablo, un milagro freak, marica, negro, bisexual y pobre de Macon, Georgia. Y el verbo se hizo carne.

montserrat.alvarez@abc.com.py

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