Un ansiolítico para los nacionalistas

Sobre la construcción de la identidad nacional y las angustias de la globalización.

Planisferio de Mercator, 1587.
Planisferio de Mercator, 1587.Archivo, ABC Color

No, no, no, no somos ellos. Y para demostrarte de manera fehaciente lo «no-ellos» que soy, voy a tener que repetirlo permanentemente. Te voy a calentar la oreja una y otra vez. Te lo voy a repetir en la tele, en las escuelas, desde el estado, desde la calle, desde el transporte público, en tu casa siendo tu madre, tu padre, tu hermano, etc. Tengo que evidenciar constantemente lo «no-ellos» que soy. Y no solo lo voy a repetir –Dios me libre de ser tan diplomático–, sino que voy a demostrar con hechos, con acciones –violentas, de ser necesario–, lo «no-ellos» que soy. Es más, soy tan «no-ellos» que soy «anti-ellos». Porque ser más «Yo» implica, necesariamente, ser lo menos «ellos» posible.

«Nosotros somos nosotros y solo nosotros, y no somos en lo absoluto ellos, ni jamás lo hemos sido. Debemos probar con hechos que esto es cierto, así que pasemos de la repetición constante en el discurso a la repetición constante en la realidad, exterminando a otros».

Esta es la matriz de pensamiento instalada en occidente, según Arjun Appadurai.

«El nacionalismo es una forma de gestionar la ansiedad», dice en una entrevista el antropólogo indio, autor de El rechazo de las minorías. Ensayo sobre la geografía de la furia (1). Esta forma de producir subjetividad, esta forma de relacionarnos y responder a la realidad que nos toca, es la que podemos ver hoy en las diferentes terminales de las supuestas dicotomías sociales. Es la necesidad de construir un «Yo» a partir de la reiteración constante y cansina del «no-ellos», repetición que no solo se da en un nivel discursivo, sino también en un nivel performativo material. No alcanza «no ser» el otro, aparte hay que obrar pirotécnicamente en contra.

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Sobre este fenómeno específico de construcción de identidad decía Montserrat Álvarez en este mismo suplemento hace unas semanas: «Y en esos mismos discursos que se siguen emitiendo desde todas las instancias generadoras de consenso y que siguen imponiendo una supuesta “identidad nacional” y rechazando todo lo que rompa esa uniformidad identitaria se esconde un secreto enlace entre fenómenos de campos tan aparentemente disímiles como el nacionalismo y la transfobia, porque imponer determinada identidad supone definir qué ideas, qué valores, qué actitudes y, por ende, qué personas son respetables, y cuáles no» (2).

Primeramente, asumámoslo. Nuestro norte siempre es un «yo» idealizado. Un empresario exitoso, un músico reconocido, un futbolista victorioso, etc., para utilizar ejemplos aleatorios. Esta misma lógica se aplica a grados más profundos de nuestra identidad, como el sentido de pertenencia a una nación.

Supongamos que existe una forma específica de ser paraguayo, compuesta por una serie de rasgos culturales específicos que signifiquen ser paraguayo. A esto llamémosle «perspectiva totalizante», en tanto forma exacta y totalizadora de ejercer la paraguayidad, que, según esta cosmovisión, es esa y no otra. Cualquier otra cosa que uno haga y que no corresponda a esta específica forma de ser paraguayo, disminuye el nivel o el grado de paraguayidad de uno. Este «ser-paraguayo» específico implica una forma también específica de actuar.

Para poner un ejemplo sencillo, tomemos un elemento bastante propio del imaginario colectivo actual: ser paraguayo es indisociable de tomar tereré. Eso significa que ser visto tomando tereré refuerza mi identidad paraguaya. Pero esto no se queda ahí, porque la radicalización de este paradigma implica que atacar u ofender a alguien por no tomar tereré reivindica mi propia paraguayidad, exacerba mi compromiso con mi identidad nacional paraguaya. Esta radicalización es la que caracteriza los nuevos nacionalismos.

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Es importante recordar en este punto que la identidad no se construye individualmente; si fuésemos la única persona del planeta, no seríamos ni paraguayos, ni argentinos, ni mujeres, ni varones, ni heterosexuales, ni homosexuales, etc. La identidad se constituye necesariamente frente al otro.

Ninguna identidad –cualquiera que sea– así idealizada es alcanzable, de la misma manera que es imposible alcanzar el ideal, por ejemplo, de felicidad. Uno no puede ser siempre y en todo momento feliz. Ni, mucho menos, estar siempre y en todo momento feliz en el mismo grado. Por la misma razón, el ideal identitario es imposible de satisfacer. Uno no puede ser siempre y en todo momento un estereotipo de «paraguayo».

Appadurai le agrega nuevos ingredientes a este cóctel de potencial genocida: la antagonista –femme fatale sensual y traicionera–, la globalización. La globalización genera un antagonismo directo con el sentimiento nacional ya que convierte en marginal toda cosmología nacional en el seno de un marco mundial globalizado. Appadurai llama «angustia de incompletitud» a la angustia que se genera al profundizarse la brecha entre el ser y el ideal de ser, o sea, entre lo que se es y lo que se pretende (imposiblemente) llegar a ser.

Esta angustia se manifiesta, por ejemplo, cuando un sector que se considera pueblo nacional, y que dice enaltecer los valores nacionales, se siente distanciado de esa totalidad imaginaria e idealizada a la que atribuye su «identidad nacional»; cuando creen que algo les distancia de ese imaginario ideal de nación, que algo se interpone entre ellos y la consecución de los valores nacionales. Una angustia que es absolutamente inevitable, ya que para evitarla uno debería poder acceder al ideal absoluto de nación, ideal que, por ser, justamente, ideal, excede la materialidad del mundo físico. Es así como la identidad nacional paraguaya se siente amenazada por la totalidad cosmológica impuesta por la cultura global, de la misma manera que se siente amenazada la identidad nacional argentina, o boliviana, etc.

Un efecto de este fenómeno es que elementos simbólicos y culturales que antes no eran identificados como amenazas a la identidad nacional se vean, en esta nueva era de la globalización de redes sociales y medios de comunicación globales, enaltecidos por su transcontinentalidad.

Tomemos un ejemplo: en el 2019, Uruguay transitó una discusión mediático-social bastante tóxica. Sectores conservadores y fundamentalistas lograron avanzar con una propuesta de referéndum para derogar la Ley Integral para Personas Trans (3). Este pedido de derogación fue acompañado políticamente por sectores nacionalistas, capitalizando la oposición mediante el uso de consignas de reivindicación nacional identitarias. Discursos fueron y vinieron, con marchas de por medio, y con el aparato mediático conservador agitando el ambiente. El pedido de referéndum, que debería haber sido firmado por el 25% del padrón electoral, no fue ni remotamente alcanzado, y la Ley Integral para Personas Trans logró imponerse y reglamentarse.

Uno de los puntos de esta ley era la reparación económica para personas trans que hayan sufrido violencia y discriminación social e institucional desde 1975 hasta la fecha. Luego de su reglamentación oficial, los formularios para acceder a esta reparación se pusieron a disposición. Hoy, en Uruguay, gracias a esta ley, hay treinta personas que cobran un monto de reparación por su histórica opresión. Treinta personas. Treinta es la cantidad de personas que forman, para los sectores nacionalistas, una amenaza al ideario mitológico de identidad nacional. Hasta el término minoría parece excesivo; sin embargo, lo es. Es muy minoría. Es tan minoría que considerar capaz a este grupo de amenazar la solidez de la cosmología nacional-identitaria en realidad pone en crisis la razón misma de tal cosmología.

Al aplicar esta lógica a la dicotomía nacionalismo-globalización, podemos percibir cómo los sectores nacionalistas se ven amenazados por lo que ellos interpretan como una amenaza a su ideal de nación, y que tildan negativamente como proveniente del extranjero. Esto explica que en ciertos contextos políticos toda la maquinaria mediática de promoción de valores conservadores y nacionalistas recurra a su artillería guerrillero-simbólica contra minorías tan desprotegidas como la comunidad LGBTQI+.

Recordemos el infame tratamiento periodístico del asesinato de Bernardo Aranda en 1959 en Paraguay. Luego de vincular el caso con un crimen pasional homosexual, el periodismo nacionalista, bajo la lupa del aparato estatal dictatorial, relacionó la muerte de Aranda con una «secta internacional de amorales que vienen del exterior para invertir la moral de la juventud» (4). Según este criterio, la homosexualidad no es ni puede ser paraguaya. Ser gay reduce drásticamente tu nivel de paraguayidad.

Es así como los sectores entendidos como «mayoría» se vuelcan con una ostensible violencia contra los sectores minoritarios (5). La angustia de incompletitud es agudizada por el sentimiento de marginalidad nacional que la totalidad de un mundo cada vez más globalizado profundiza. Y de esa sensación vemos derivar la necesidad de encontrar un otro, un no-yo, una amenaza a mi yo ideal, para atribuirle esa brecha entre lo que soy y lo que quiero ser. Es decir, la «minoría» es lo que se interpone entre la mayoría y su objetivo identitario nacional. En este caso, la comunidad LGBTIQ+ se interpone entre las supuestas mayorías nacionales y la posibilidad de que logren encarnar ese ideal de identidad nacional. Lo mismo ocurre, ocurrió y ocurrirá con otros movimientos considerados «minorías», como los sectores indígenas, afro, migrantes, e inclusive feministas.

¿Qué nos queda entonces? Nos queda, tal vez, trabajar redes de solidaridad transnacional que no nos convoquen ni definan desde una identidad específica sino más bien desde una práctica política, un ejercicio de mundo, un lugar donde el otro sume, no reste. Aumente, no disminuya. Fecunde, no esterilice. Y así germinar embriones de nuevos mundos posibles.

Notas

(1) Appadurai, A., Gaonkar, D., John Hope Franklin Research Center for African and African-American Documentation, Kramer, J., Lee, B., & Warner, M. (2006). Fear of Small Numbers, Amsterdam University Press.

(2) Montserrat Álvarez: «Un mundo respetable», Suplemento Cultural de ABC Color, domingo 21 de junio de 2020. Disponible en línea: https://www.abc.com.py/edicion-impresa/suplementos/cultural/2020/06/21/un-mundo-respetable/

(3) Rodrigo Tisnés: «Uruguay vota por los transexuales», La Vanguardia, 3 de agosto del 2019. Disponible en línea: https://www.lavanguardia.com/participacion/lectores-corresponsales/20190803/463789951465/pre-referendum-ley-trans-uruguay.html

(4) Erwing Skozol: «Carta de un amoral. 108 memorias», 10 de enero del 2010. Disponible en línea: https://108memorias.com/2017/01/10/carta-de-un-amoral/

(5) Tomemos el término «minorías» con las salvedades correspondientes (cuya discusión podría ser materia de otro artículo), entendiéndolo aquí como equivalente de «sectores oprimidos».

nicomg91@gmail.com

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