Estado, gremios y pandemia

«La pandemia no ha creado la crisis, simplemente la expone, quita la alfombra que la tapaba y desenmascara a una clase política que hace décadas viene enajenando lo público (lo tangible y también lo intangible). Esta pandemia saca a relucir en una magnífica marquesina de qué y cómo se sustenta el sistema», escribe Martín Pizzichini, iluminador escénico y secretario de formación sindical del Centro Paraguayo de Teatro (Cepate).

Estado, gremios y pandemia
Movilización en reclamo de subsidio a los artistas, julio de 2020. Foto: Página del Cepate.

Antes de avanzar en estas líneas, creo pertinente enfatizar que este análisis de la cultura en tiempo de pandemia será hecho desde la perspectiva del trabajo del artista del área teatral, y no desde la amplitud que la palabra cultura supone. Aclarado esto, comienzo con mi catarsis de encierro.

La pandemia sorprende el 11 de marzo al sector cultural con proyectos artísticos a punto de estrenarse o recién estrenados, con un teatro, cine, danza en plena expansión, con un recorte en el Presupuesto General de la Nación en Cultura de más de 2.200 millones de guaraníes (el 7%) y con un ministro incapaz de defender el presupuesto de su Secretaría.

El covid-19, como sinónimo de crisis y vida amenazada, no ha sacado lo mejor ni lo peor de cada uno sino que ha expuesto lo que traíamos dentro. En el ámbito individual o privado poco vale un análisis del caso, pero se vuelve inevitable cuando hablamos de acción institucional, sea en lo estatal, sea en lo gremial, dentro de uno de los sectores más golpeados por esta pandemia.

Estado, cultura y pandemia

El prólogo de la pandemia es el recorte presupuestario en las instancias culturales, tanto del Gobierno central como en la Municipalidad. En la SNC y el Fondec, supera los 2.500 millones de guaraníes. Y la actitud servil de quien está al frente de estas carteras, que acepta el recorte sin convocar a los sectores que motorizan el trabajo cultural del país para defender el presupuesto.

Según el PGN, la SNC tiene asignados para el ejercicio 2020 poco más de 44.000 millones de guaraníes, de los cuales casi 13.000 millones están destinados al Objeto de Gasto 800, que son los rubros destinados a transferencias, a organizaciones, personas jurídicas (OG 842), personas físicas (OG 849) o membresías externas, como iberescena, ibermedia, etc. (OG 851). Uno podría decir que con 13.000 millones no se combate una pandemia, aunque podría servir de alivio por unos meses, pero no, porque la mitad (cerca de 6.500 millones de guaraníes) del Objeto de Gasto destinado a transferencia ya está comprometida para la Orquesta Sinfónica Nacional. Constatado esto cabe presumir dos cosas: 1) que la OSN es una institución del Estado con funcionamiento de organización no gubernamental, con un esquema de contrataciones directas, sin obligación de realizar compras públicas a través de la Dirección Nacional de Contrataciones Públicas y con contratos basura para los artistas, a la vez que eterniza al director; 2) que la OSN se lleva la mitad de los fondos destinados a las otras disciplinas: una organización dispone de los mismos fondos que todo el teatro, la danza, la música, el diseño, la investigación, el cine y el Instituto del audiovisual juntos, lo que me permite concluir que no se necesita una pandemia para que les trabajadores de la cultura la pasen mal. Ya estamos mal.

La pandemia no ha creado la crisis, simplemente la expone, quita la alfombra que la tapaba y desenmascara a una clase política que hace décadas viene enajenando lo público (lo tangible y también lo intangible). Esta pandemia saca a relucir en una magnífica marquesina de qué y cómo se sustenta el sistema. Ante tan fenomenal acontecimiento, no bastan las buenas intenciones (si las hubiere) de un ministro: la realidad le exige capacidad de gestión y coraje para enfrentar a pares y superiores a fin de defender la vida digna del sector que representa, lo cual no ha sucedido. El trabajo a destajo no siempre es suficiente, y una crisis humanitaria de esta magnitud exige una humanidad que cuesta encontrar en nuestros representantes.

La debilidad de la gestión institucional ya se había evidenciado en el proceso de creación del Instituto Nacional de Audiovisual (INAP), donde el ministro Rubén Capdevilla demostró sesgos y cierta discrecionalidad en las decisiones que solo han enfrentado entre sí a las organizaciones, lo que ha restado también legitimidad a la conducción de la nueva institución. El INAP y su Consejo debieran impulsar un diálogo amplio entre todos los sectores para revertir esta situación. Por otro lado, genera cierta desconfianza que un grupo que trabajó en la elaboración de la ley, que son funcionarios públicos del sector audiovisual, hoy se postulen a la Dirección del INAP. En manos del ministro Capdevilla está que esa ley no se haga a imagen y semejanza de ese sector y que no deje la dirección del Instituto presa de los intereses de las productoras.

Una mala gestión en una crisis como esta se podría entender, pero cuando está acompañada de persecución política y despidos injustificados de dos funcionarios de carrera y referentes de la cultura como Moncho Azuaga y Gloria Muñoz, se vuelve imperdonable. En la misma línea se inscribe la desvinculación del teatrero Anuncio Galeano a pedido de un grupo de correligionarios que repudiaron un trabajo artístico de este por, supuestamente, criticar al Mariscal López.

Lo concreto es que las políticas públicas culturales en este tiempo de pandemia han sido y siguen siendo políticas de chicle: la consigna es estirar hasta donde se pueda el tiempo para las acciones que podrían atenuar las consecuencias de estos meses agónicos. Un claro ejemplo es la actual gestión de la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Asunción, que luego de un largo silencio pandémico hace su aparición a mediados de abril con la adjudicación de 10 proyectos (de 73 carpetas presentadas) y un recorte de 660 millones de guaraníes, equivalentes al 66% de los fondos adjudicados el año anterior. Claro que, ante el reclamo de artistas y gremios, desde el municipio sostuvieron que no habría recorte, que en julio se adjudicarían los 660 millones faltantes. Estamos a mediados de agosto; los 10 proyectistas siguen sin cobrar y los 660 millones siguen sin adjudicarse (al momento de escribir este artículo).

Esta Dirección de Cultura hizo del incumplimiento de la palabra y los compromisos una política pública, evidenciando su insensibilidad a las necesidades de la comunidad cultural de la ciudad. Sin embargo, numerosos trabajos artísticos sirvieron de plataforma para sostener la actividad de esta entidad por medio de las redes sociales, y con el discurso de la falta de recursos y la caída de la recaudación del 96% los pagos han sido mezquinos, atrasados y en algunos casos continúan en mora. Eso sí, sistemáticamente aparecen flyers con informaciones (que no cumplen) y aún no han desembolsado el dinero de ningún proyecto: nos tienen persiguiendo la zanahoria desde abril.

Algo positivo es que la presión organizada de los gremios y asociaciones de trabajadores de la cultura ha logrado que el Poder Legislativo apruebe en ambas cámaras un proyecto ley que las organizaciones del sector ayudaron a elaborar y que prevé el pago del 25% del sueldo mínimo, hasta cuatro veces, a diez mil artistas de todo el país, pero esta buena noticia se entorpece con un llamado de la SNC para que los trabajadores del sector cultural se inscriban en el Pytyvõ 2.0, que deja a miles de artistas y gestores culturales fuera.

Este panorama tan adverso para el sector cultural se hubiera atenuado desde el principio con un trabajo intersectorial de todas las instituciones culturales, sin mezquindades; así, la articulación entre el CCR El Cabildo, Dinapi (que hasta no reconoce Derecho de Autor y Derechos Conexos a los artistas intérpretes del audiovisual –actores y actrices), SNC, Fondec y Dirección de Cultura de Asunción, con sus respectivas infraestructuras y presupuestos, podría haber aliviado la situación de los artistas. Lamentablemente, cada institución jugó su propio partido, en algunos casos abandonando al sector, como lo hizo El Cabildo. La falta de planificación y visión estratégica fue más fuerte que la necesidad de enfrentar juntos esta crisis humanitaria y sanitaria.

Es inadmisible el silencio y falta de compromiso del Centro Cultural El Cabildo. Una de las instituciones con más recursos económicos a nivel nacional para cultura se convirtió en la gran ausente y su directora, Margarita Morselli, no ha abierto sus puertas ni habilitado una vía de comunicación para trabajar con las organizaciones del sector, pues se suponía que ante una crisis de esta envergadura podría incorporar líneas de ayuda. Es difícil hablar de quien no está, de quien no hace, de quien no ha replanteado las políticas públicas del Centro Cultural que dirige. Y la pregunta que resuena es: ¿hasta cuándo el Senado la sostendrá?

Gremios, cultura y pandemia

La única herramienta que tenemos como sociedad para combatir lo expuesto es la organización. Las iniciativas particulares, aisladas, pueden visibilizar alguna causa o reivindicación, pero solo la organización tiene el poder transformador para cambiar la realidad.

En este sentido, es importante que las organizaciones del sector cultural nos planteemos una necesaria autocrítica. Si hubo recortes, políticas de chicle, leyes mal concebidas, si consideran que les artistas podemos aguantar un paro sanitario de cinco meses con un kit de alimentos, si algunas instituciones incumplieron compromisos y hasta se borraron, sinceramente es porque también nuestras organizaciones (en su mayoría) son débiles, debilidad atribuible a cooptación o ineptitud, realidad que también expuso la pandemia. Este virus no solo evidencia los límites de una Secretaría o Direcciones de Cultura, sino también la vulnerabilidad de las organizaciones que padecen sus políticas públicas.

Lo más lamentable que hemos presenciado en este tiempo, porque nos remite a los años del estronismo, es la presión, desde la SNC, a sus funcionarios y a organizaciones para avalar una gestión cuestionada por diversos artistas y sectores. Este apoyo oficial de organizaciones a través de comunicados da cuenta de un retroceso institucional que exige una revisión de prácticas culturales poco democráticas.

Por otro lado, existen organizaciones con más nombre que integrantes, con más frases que acciones, en fin, con poca militancia. Que creen que para construir primero hay que destruir, y, como no pueden destruir, se pasan los días sin construir una herramienta gremial con el músculo suficiente para sostener lo que se pretende en el panfleto. Y suelen terminar convirtiéndose en «policías culturales» tan funcionales al poder como las organizaciones que apoyan la gestión que ellos mismos critican.

La organización perfecta no existe, así que podremos pasarnos días y años criticándonos unos a otros. Por eso, cuando digo que debemos repensarnos planteo la posibilidad de revisar lo que hicimos –al menos– en este tiempo de pandemia. Cuando las organizaciones abandonaron sus diferencias y optaron por la unidad, por ejemplo, para la aprobación de una ley de subsidio (solo falta –al momento de escribir este artículo– la firma del presidente), así como de la entrega de lotes de alimentos, que llegaron a quienes lo necesitaban sin importar a qué gremio pertenecían. No es un debate teórico, es una cuestión práctica: es ser distinto de lo que se critica.

El desafío del sector

Estamos en un momento delicado no solo por lo caótico del presente sino por lo incierto del futuro. Consolidar la organización implica dejar de codear a los que vienen al lado. Fortalecerse hacia adentro, clarificar los desafíos y salir a organizar esa masa que podría generar las condiciones para conquistar derechos, y algunos que otros cambios.

Estoy convencido de que la tragedia de esta pandemia no es aún peor para el sector gracias al trabajo de gremios y asociaciones y a la solidaridad de tantos artistas que se organizaron, se apoyaron en sus gremios y salieron a cubrir las necesidades que le corresponde cubrir al estado. La solidaridad es lo que sostiene no solo un plato de comida sino la moral de los compañeros. Pero estas acciones, sin demeritar su importancia, son insuficientes para amortiguar los efectos de la pandemia si el panorama se agrava.

Por ello, las organizaciones debemos dejar de lado lo que nos diferencia, buscar los puntos que nos unen y trabajar orgánicamente por las conquistas de unos derechos permanentemente amenazados no solo por el covid-19 sino por un Gobierno entreguista, corrupto e indiferente al trabajo cultural que venimos realizando.

Si Margarita Morselli (CC El Cabildo), Rubén Capdevilla (SNC y Fondec) y Angie Duarte realmente quieren hacer algo sustancioso que beneficie al sector cultural, urge que armen una mesa, pongan sus recursos humanos y económicos, llamen a delegados de todas las organizaciones, planifiquen a corto plazo cómo seguir sobrellevando la situación y, a mediano y largo plazo, generar políticas públicas que permitan superar en el tiempo más corto posible los daños que seguirán en la pospandemia. Es hora de que las organizaciones exijan que los representantes del Estado dejen de lado los discursos mendicantes y den una respuesta concreta y satisfactoria a un sector que aporta en lo simbólico y económico mucho más de lo que recibe en acciones sistemáticas de parte de las instituciones estatales.

El desafío no puede ser solo sobrevivir, sino encontrar los mecanismos para salir fortalecidos. Es un desafío grande, pero no intentarlo sería resignarnos a la pequeñez.

pizzichinimartin@gmail.com

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