Jean-Luc Godard, un cine rebelde

El cineasta Jean-Luc Godard ha muerto este martes 13 de septiembre por suicidio asistido a los 91 años de edad. Hoy despedimos con estas breves líneas al gran revolucionario de la Nouvelle Vague, al que dedicaremos íntegramente la próxima edición del Suplemento Cultural.

Jean-Luc Godard en el set de “Sympathy for the Devil”, 1968.
Jean-Luc Godard en el set de “Sympathy for the Devil”, 1968.gentileza

Jean-Luc Godard ha muerto. Entre los meses de agosto y septiembre de 1959, rodó À bout de souffle, su primer largometraje. Desde entonces, todas sus obras fueron reiterando lecciones que hoy son quizá más esenciales incluso que cuando fueron realizadas. Godard le devolvió a la creación cinematográfica su lugar en el mundo del arte y las ideas estéticas frente a una industria que impone sus normas prácticamente sin oposición, y nos enseñó con su ejemplo, no solo a los cineastas, sino a los artistas en general, y en primer lugar al público, es decir, a todos nosotros, cómo abandonar los lugares comunes, como apostar por nuevas maneras de contar la realidad, cómo romper con los convencionalismos.

Godard murió voluntariamente, mediante suicidio asistido, en Suiza, donde esta práctica es legal. «No estaba enfermo, simplemente estaba agotado», declaró un familiar del cineasta francosuizo esta semana al diario francés Libératión. Y fueran cuales fueren las razones de su decisión final, lo cierto es que el suicidio no resulta una presencia extraña para los conocedores de su cine. Ya lo dijo Jean-Luc Douin en su Jean-Luc Godard. Dictionnaire des passions (2010): «Godard est fasciné par le suicide», «Godard está fascinado por el suicidio». Llevaba, recuerda Douin, una hoja de afeitar en la billetera. «El único problema filosófico realmente importante es el suicidio», dejó escrito Albert Camus en El mito de Sísifo, famosa frase que una actriz lee en Notre musique, película de Godard del 2004. «J’ai souvent pensé à la fin de Paul Lafargue et de Laura Marx», dijo Godard en entrevista con France Inter en el 2014: «He pensado muchas veces en el final de Paul Lafargue y Laura Marx». Y en Soigne ta droite, de 1987, pone Suicide, mode d’emploi –aquel libro «maldito» de Claude Guillon e Yves Le Bonniec cuya venta fue prohibida en Francia años después de su lanzamiento, en 1982– en manos del actor Michel Galabru, que –inquietante escena– pilota un avión.

Godard pasó por las páginas de Cahiers du Cinéma como crítico cinematográfico antes de ser director –mucho después, Histoire(s) du cinéma, monumental historia del cine como arte y como industria que se estrenó en el 2000 en la televisión francesa, conciliaría sus oficios de crítico y de cineasta–. En defensa del poder expresivo de la imagen pura, los intelectuales congregados en torno a la mítica revista fundada en 1951 arremetieron contra lo que consideraban un exceso de literatura en el cine. La vanguardia de Cahiers cambió la pluma por la cámara para plasmar en celuloide lo que sería conocido como la Nouvelle Vague, anteponiendo la libertad creadora a las exigencias comerciales con un cine de producción modesta, en contraste con los costosos filmes con estrellas de moda. Un cine rebelde a las normas impuestas por la industria.

Con lo ahorrado trabajando en la construcción de la presa Grande Dixence, en Suiza, Godard rodó el cortometraje Opération béton (Operación hormigón), veinte minutos basados en aquella experiencia que le sirvió para financiarlo. À bout de souffle, sobre una idea de Francois Truffaut, lo puso de inmediato en el centro de la escena. Luego llegaron Le petit soldat, Le mépris, Pierrot le fou, Je vous salue, Marie… Cuando podía creerse que su cine corría el riesgo de reducirse a vacíos experimentos formales, Godard dio un giro a filmes lleno de contenidos y preocupaciones políticas, con títulos como La chinoise (1967), posiblemente el más célebre de esa veta suya. Así vivió Godard, enterrando todo el tiempo lo ya hecho y alumbrando lo inesperado.

Godard rompió las leyes del lenguaje cinematográfico tradicional, derribó la noción de encuadre y quebró la continuidad del montaje. Pulverizó la estructura narrativa que el cine del siglo XX había heredado de la gran novela burguesa del siglo XIX en fragmentos inconexos para reflejar una realidad arbitraria, hecha de gratuidad y absurdo; irreductible, pues, a la noción clásica de argumento. Hablar de Jean-Luc Godard es hablar de revolución.

Hoy despedimos con estas breves líneas al gran revolucionario, al que dedicaremos íntegramente la siguiente edición del Suplemento Cultural, el próximo domingo.

montserrat.alvarez@abc.com.py

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