Muchos no encontrarán deseable que en una obra de teatro un mensaje claro, articulado en clave crítica, denuncie la espectacularización del crimen. Pero tampoco debería resultar extraño. Un negocio podría venirse abajo y, con él, la consolación de los acólitos del morbo.
Lea más: Ariel Galeano y el reto de llevar “Psicópata” al escenario
El archivo telenovelero de los años ochenta y noventa, resucitado en memes de venganza, es apenas la antesala de una economía afectiva más difusa. En este sistema, las emociones son modeladas, según Eva Illouz (2010), por repertorios culturales estructurados socialmente (p. 24). Difusas, en el punto más álgido de la impotencia, ciertas tensiones latentes, nuestras, solo parecen encontrar alivio bajo la dopamina del melodrama. Puede sonar simplista, pero no: faltará algo más. Faltará meterse en o habitar sin riesgo real la piel del criminal. Invertidos los roles, aunque sea por el tiempo modesto que nos ofrece el formato de una plataforma doméstica de entretenimiento, emerge ese «sí mágico» —una suerte de «qué pasaría si» stanislavskiano— que adaptamos a nuestros deseos cotidianos.

¿Qué pasaría si tuviera la suerte y las oportunidades que solo la ficción puede ofrecerme siendo, por ejemplo, Joe Goldberg, para dar rienda suelta a mis instintos más bajos? Este personaje, protagonista de la serie You (EEUU, 2018), aparece para diluir los límites entre una buena persona y un psicópata, este último en cuanto patologización de, en términos foucaultianos, la «desviación» de la conducta. Esa difuminación se vuelve peligrosa cuando patologizamos, sin advertirlo, conductas moralmente reprochables como, por ejemplo, los de un neofacho agitador o un presidente pedófilo que odia inmigrantes en el norte u otro que canta rock en Mar del Plata, y acabamos simplemente banalizando el diagnóstico de quienes realmente padecen una psicopatía. Vamos, que los citados no son psicópatas como a menudo se los presenta en columnas, opiniones y comentarios en redes sociales, sino que son, simplemente y muy a pesar nuestro, mala gente.
Lea más: «Veinticinco»: en la cuerda floja
Estas tensiones necesarias son las que incomodan, o, en el mejor de los casos, perturban a un público habituado a la romantización de la violencia, ora al amparo de Televisa, ora al de Hollywood, legitimada a menudo por el pretexto de una supervivencia entendida como la persecución sin restricciones del interés propio. Es con ese ímpetu que nos reconfortamos cuando la pantalla nos la muestra, concediéndonos la ilusión, aunque sea momentánea, de ser Soraya, Rubí, Teresa, Joe, Patrick (Bateman), Walter (White), Ed (Gein)…
Todos los beneficios, en un solo lugar Descubrí donde te conviene comprar hoy

Y que esas tensiones, expuestas supra y extrapoladas al contexto actual, donde Netflix, que todo lo permite, asume un papel central, puedan ser enfrentadas dentro de una obra nos abre la posibilidad de replantear el rol crítico del público a la luz de un necesario despertar.
Psicópata es el punto álgido de ese cuestionamiento que, en una salita cuidadosamente aderezada con el negro que emula el subconsciente, despliega su potencial. La clave de la metáfora deviene apenas un recurso secundario cuando la palabra pronunciada escamotea aquellas realidades que intentamos construir a partir de lo que captamos como público. Una vez difuminadas para asestar al cambio de humor, de máscara, de ser, el personaje cambiante y muy medido interpretado por Ariel Galeano (Premio Edda 2023 a Mejor Actor) que emula, absolutamente consciente, las fases impredecibles del recluso en su propia conciencia, nos pedirá de nuevo que volvamos y la ilusión de ser él —o Soraya, o Joe, o Patrick, o Ed— quedará como excitatio —no coitus— interrupta.
Lea más: Algunas consideraciones sobre Evasiva, poemario de Julio de Torres
El mal menor del que comenzamos a tomar conciencia no es el hecho de que la patología sea la excusa desenfrenada para ilustrar el perfil de un personaje enfadado porque Netflix se apropió de su historia y que en torno a ello gire la trama de esta obra. El mal mayor reside en que la patología no es una sola y en que ello habita, con la precisión casi clínica que despliega la dramaturgia del autor uruguayo Fernando Schmidt, en la posibilidad de nombrar las alteridades, las «diferencias» que no son las que, al decir de Preciado (2019), están medicalizadas, psiquiatrizadas y/o, en última instancia, sometidas a dispositivos médico-legales de control, sino moralmente cuestionadas.

En ese sentido, volcarnos a pensar esa dualidad en cuanto asumir que las alteridades solo pueden ser leídas como morales o como clínicas cuando la estructura cultural no admite disidencias, constituye quizá el núcleo problemático de la obra. La cuestión radica en si el público será capaz de distinguir entre estos registros cuando, de retorno a casa, se enfrente a la pantalla y observe el despliegue de una producción de Netflix que, mediante un plano detalle o una secuencia drástica, amplifique aquellos instantes en que un asesino en serie urde su plan macabro.
El convivio, no obstante, que suscita la presencialidad, con toda su crudeza, nos lo puede responder. Es en ese instante, desprovisto de pantalla, moderna y actualizada cuarta pared, aquel del cual el teatro no se desprenderá nunca.
Psicópata, ya representada en Argentina, Uruguay, España y México, está dirigida en Paraguay por la directora, actriz y docente argentina Marcela Gilabert y podrá verse por última vez este miércoles 25 de febrero a las 20:30 horas (puntual) en el espacio La Correíta de Sala La Correa (Gral. Díaz 1163 c/ Don Bosco).
Información y reservas: +595 981 725739
Producción: Elenita Aquino (E’Ána Productora) y Rafael Sandoval. Diseño gráfico: Dani González. Luces y sonido: Marcela Gilabert.
Referencias
Illouz, E. (2010). La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda. Madrid: Katz Editores.
Preciado, P. B. (2019). Un apartamento en Urano. Crónicas del cruce. Barcelona: Editorial Anagrama.

*Julio de Torres es actor, dramaturgo e investigador en artes. Es sociólogo, antropólogo y máster en estudios teatrales. Candidato a doctor en Sociedad y Cultura por la Universidad de Barcelona. Miembro de la Academia de las Artes Escénicas de España y de la Asociación Internacional para la Investigación Teatral, entre otras.

