Un mundo para Alfredo

Retrato de Alfredo Bryce Echenique por Herman Braun-Vega (1983)
Retrato de Alfredo Bryce Echenique por Herman Braun-Vega (1983)

Recordando a Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939 - Lima, 2026). Desde Buenos Aires, en exclusiva para El Suplemento Cultural.

Al cumplir 87 años, el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique había publicado una docena de novelas, media docena de colecciones de cuentos, dos volúmenes de antimemorias tergiversadas, varias compilaciones de artículos, ensayos y crónicas, y ni una sola página aburrida. En los penúltimos días de la biografía literaria de Bryce, una serie de denuncias y acusaciones de plagio periodístico buscaron emporcarle crédito y posteridad. Jamás desfallecieron en su cooperación regocijada los medios, en su edificante indignación los catones a domicilio, en su litúrgica condena los púlpitos de las Ferias Internacionales de Literatura. El buen éxito de la tentativa de cancelación fue relativo, y perdurable.

Desde el 10 de marzo, no hay en los medios, físicos o digitales, televisivos o radiales, obituario, escrito, leído, hablado, sin sentido párrafo sobre el affaire de un plagio. Decía H. G. Wells que todos los elogios para J. B. S. Haldane, un contemporáneo suyo, evitaban cuidadosamente los detalles. Lo mismo ocurre con los reproches a Bryce, plagiario insolente: entrar en detalles haría cavilar sobre la culpabilidad del reo y podría diluir la gravedad del crimen, imprescindible para la elevación moral y espiritual de los sermones.

Antes que testimonio o registro de un oscuro Lado B de Bryce, las acusaciones, condenas y aun exculpaciones son revelaciones sobre quienes las profieren, repiten, amplían, y sobre el universo cultural, intelectual, mediático, en el que se sostienen. ¿En qué consistió el plagio serial? En que el diario El Comercio, decano de la prensa gráfica peruana, publicó con la firma de Bryce 15 ó 16 artículos antes publicados en otros medios gráficos iberoamericanos, no menos cimeros que el limeño, bajo la firma de otros autores por lo común no menos prestigiosos. El número de piezas incriminadas ascendió a 32. Es menos seguro que haya sido así de lo que parece, y la Fiscalía peruana no sólo desestimó el procesamiento de Bryce, sino que dispuso el archivo de la denuncia. Por hipótesis, admitamos que Bryce hubiera cobrado por 16, por 32 notas de opinión publicadas bajo su nombre, que no era el del autor al que lo atribuían publicaciones anteriores. ¿Quién es la víctima del delito? ¿El Comercio? ¿Los autores previo firmantes? ¿Los periódicos hurtados de sus bienes? ¿El público lector? ¿La propiedad intelectual? ¿El buen nombre de la corporación literaria? Antes de poner la cruz en el casillero «Todas las respuestas anteriores son correctas», hay que decir que la existencia de los crímenes es retrospectiva. Los hechos fueron conocidos en un tiempo muy posterior. Ni los autores de los artículos republicados, ni los periódicos birlados reaccionaron a la firma de Bryce Echenique. Aun cuando, como se enfatiza hoy, los títulos de las piezas republicadas reiteraban exactamente las palabras de su anterior publicación. Sólo gracias a una investigación de una bibliógrafa chilena, encomendada por presuntos damnificados, se habría establecido el listado de piezas sospechosas. Diarios y autores necesitaron tercerizar el conocimiento de cuántas y cuáles habían sido las lesiones que habían sufrido: como no estaban enterados, tuvieron que esperar el dictamen para empezar a chillar de dolor.

Alfredo Bryce Echenique (Foto de Baldomero Pestana)
Alfredo Bryce Echenique (Foto de Baldomero Pestana)

Admitamos, nuevamente, que Bryce vendió a El Comercio gato por liebre. ¿Cómo convertir el fraude comercial (si lo hubo) de un periódico del establishment en crimen de lesa humanidad, ultraje indeleble, deshumanización prontuariada? El argumento mayor de los acusadores es rehusarse a desvincular la Ética de la Estética. Bryce estuvo mal plagiando esos artículos; estuvo peor al publicarlos idénticos a los originales, colmo del descaro (si al menos hubiera disimulado, cambiado palabras, puesto otros títulos, añadido aquí, quitado allí); descendió más en el abismo de la perversión al no disculparse, no reconocer su culpa, ofrecer, como primera reacción a la denuncia, excusas inverosímiles (en vez de urdir elaboradas mentiras, que habrían demostrado menos desprecio por la inteligencia de sus lectores); cayó en la abyección al evitar toda genuina anagnórisis de la tragedia que su obrar significaba para la literatura, a la que, por fortuna, no le faltaban adalides de principios más firmes que los de un malenvenjecido beodo ladrón, narrador de novelas adiposas que cansaban a un público inexplicablemente fiel…

Peor aún: al publicar Bryce en El Comercio artículos plagiados, no sólo estafaba al diario, al autor verídico, a los restantes editores (i)rresponsables de las anteriores tiradas de esos mismos textos: perjudicaba a la juventud literaria del Perú. Las columnas que usurpaba su nota podrían haber sido ocupadas por la de un autor genuino. El vicio expulsó para siempre a la virtud. Había emponzoñado en su fuente a la doncella, a toda fe en la redención del espíritu por la mediación del periodismo veraz, chequeado, depurado de fake-news… Todos estos reproches se encuentran, bien enhebrados, en una columna de Jaime Bayly, y deshilachados en muchas otras.

El argumento se sostiene en –y, circularmente, sostiene– una doctrina sobre los vínculos entre Ética y Literatura. El desprecio por la ética de Bryce es un desprecio a la segunda potencia: por sus plagios, y por sus reacciones cuando fue enfrentado a ellos. Bryce es inmoral porque no se arrepintió de lo que se le imputaba (o, al menos, no mintió elaboradamente). Cuando la Justicia le dio la razón, Bayly señaló que la Justicia peruana es muy poco inexorable en su respeto por la verdad; ¿por qué confiar en este fallo, habiéndose demostrado, informaba, que el «85 %» del texto de una pieza firmada por Bryce es idéntico al de una pieza anterior firmada por otro autor? Ahora bien, ni Bayly ni otros detractores hablan de piezas firmadas por tal o cual. Reconstruyen los acontecimientos como el plan (fallido), la engañifa (descubierta), el crimen (imperfecto) de un delincuente (fracasado), reconstruyen una escena en la cual Bryce copia palabra por palabra el texto de otro. ¿Por qué habría de copiar el autor de doce novelas, de seis libros de cuentos, de múltiples volúmenes de memorias y crónicas? Porque estaban agotada su vena y exhaustas sus finanzas, y porque el éxito y el aprecio crítico eran superficiales y equivocados.

Alfredo Bryce Echenique
Alfredo Bryce Echenique

Yo estoy con Juan Villoro, yo estoy con la Ética, yo estoy con la Literatura, enumeraba, sentada en un estrado, hablando al micrófono, Elena Poniatowska, felicitando a los escritores firmantes de una solicitada que reclamaba que le fuera retirado a un plagiario el premio de 150.000 dólares a la trayectoria literaria anunciado por la Feria de Guadalajara. Sin énfasis, sin desfallecimiento, como quien evoca obviedades que nadie ignora. En su programa de streaming, otra periodista mexicana, Aristegui, dedicó casi diez minutos sin pausas al obituario de Bryce. Había invitado a un especialista en literatura que usó un par de argumentos favoritos de la defensa post-mortem de Bryce. Uno, los plagios fueron de artículos periodísticos (literatura de segunda, derivativa), no de obras de escritura creativa (textos literarios de primer orden, originales); ergo, Bryce será un periodista plagiario, pero no un escritor plagiario. Dos, el número de páginas incriminadas es ínfimo. Aquí, los defensores saben desconcertarnos. Esperábamos una comparación con el total «sano» de la obra. Pero no. El término de comparación dilecto son otros plagiarios, peores, criminales a cuya impunidad o alivio contribuye la excesiva atención desviada por Bryce (como otros mexicanos, teme que olvidemos a su compatriota Sealtiel Alatriste, otrora best-seller).

Tal defensa es inconvincente, y Aristegui, que la escucha con atención, no se convence. Luce inocente de toda frecuentación del difunto. Es el de ella un oficio demandante, sin ocios para novelas «adiposas» –como dice Bayly–, que, si «tienen 600 páginas, 300 sobran». Libre de amor, de odio, de sesgo y de lastre, Aristegui es más honesta que Poniatowska. «¿Podemos premiar la trayectoria de un escritor que divorcia Ética y Literatura? No, porque sería traicionar a la Literatura en lo que para nosotros tiene de más sagrado, en lo que hace de ella praxis revolucionaria y no arte lúdico y gratuito». Desarrolla el razonamiento de su colega de lujo sin callar la conclusión violenta a la que lleva limpiamente: «¿Podemos leer los libros de un escritor que divorcia Ética y Literatura? Sí, pero sería traicionar a Juan Villoro».

Para entrar en vigor, toda estigmatización debe aguardar a que el monopolio de la violencia pase a sus manos. A escritores franceses cuyas señas de identidad (nombre y estigma) eran conocidas desde mucho antes de 1939, el general De Gaulle les pudo cobrar la colaboración con el nazismo recién cuando quedó claro que Hitler había perdido la Guerra: el poeta Brasillach fue fusilado (Simone de Beauvoir firmó la carta a favor de la pena capital), Faÿ condenado a muerte (en suspenso), Maurras a prisión perpetua, Rebattet a reclusión (Sartre decidió no leer nunca más una página de este autor ni mencionar el título de la gran novela que escribió en la cárcel, Los dos estandartes), Marceau fue expulsado de la Academia Francesa (y se eligió a un ensayista judío para sucederlo en su sillón de inmortal), los panfletos antisemitas de Céline fueron retirados de la circulación, otros autores fueron vetados de la radiotelevisión pública, la enseñanza secundaria y el repertorio teatral oficial (como el cosmopolita Morand, como Montherlant, sobre quien Bryce escribió su tesis de doctorado en Montpellier). Como el novelista y periodista Drieu se suicidó, la tierra y la posteridad fueron más leves con él; ¿habrían sido más leves con Bryce si el estribillo del plagio, en vez de cerrarle los párpados narcóticos, le hubiera acelerado el corazón leal y, olvidándose de las copichuelas y del perímetro jovial de las mujeres, se hubiera quitado virilmente la vida? Una iniciativa final y solidaria con sus colegas mejores, de inquebrantable fe en la pura prepotencia de trabajo, que jamás vendieron objetos robados a un reducidor mafioso. Saliendo de la vida (y de la historia), liberaría oxígeno en el aire, nichos en los periódicos, los premios, los jurados, los planes editoriales, las vitrinas y depósitos de las librerías, se despediría para siempre de las listas de novedades (el suicida genuino muere entero, sin dejar inéditos) y del marketing en línea. Aunque la curva decreciente del rendimiento marginal se empinara más con cada procrastinada, hasta horas antes de morir Bryce podría haberse suicidado. Es difícil cancelar a un suicida. Y un suicidio demorado años invita a imaginar siglos de torturas interiores, de pasiones, arrepentimientos y otras operaciones inútiles. Montherlant no se suicidó en 1945, esperó a 1972: podría haber tomado ejemplo.

Un risueño Bryce, muy parecido a Groucho Marx, en la solapa de uno de sus libros
Un risueño Bryce, muy parecido a Groucho Marx, en la solapa de uno de sus libros

Por supuesto, Bryce no se suicidó. Pero supongamos que sí les hubiera birlado a una treintena de autores una treintena de artículos publicados en un puñado de periódicos y revistas mainstream y hubiera vendido la mercadería robada a El Comercio. ¿En qué se parecería a un propagandista de genocidios, un predicador de pogromos, un negacionista de Holocaustos, un denunciante falso? El mal que se puede hacer con la literatura es sumamente limitado, a diferencia del que puede hacerse con los micrófonos y megáfonos de los medios: pero ese arte verbal no es el literario. Puestos a buscarle parecidos, se parecería a Jean Genet. Genet robaba lo que podía, lo vendía cómo podía, lo pescaban, pasaba temporadas en la cárcel. Su amiga Simone de Beauvoir encomiaba su estilo barroco, Jean-Paul Sartre elevó el diapasón panegírico del prólogo a las Obras completas hasta la intensidad de una hagiografía. Y tanto tenía que decir Sartre sobre la santidad del escritor ladrón, que San Genet, comediante y santo ocupa, por sí solo, todo el primer tomo de esas obras completas.

La primera novela de Bryce, Un mundo para Julius (1970, dedicada a Cortázar, que lo había enamorado en mayo del 68), es una obra maestra y un libro más único que raro en la literatura en castellano del siglo XX. Empieza así:

Julius nació en un palacio de la avenida Salaverry, frente al antiguo hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la servidumbre, como un lunar de carne en el rostro más bello, hasta con una carroza que usó tu bisabuelo, Julius, cuando era Presidente de la República, ¡cuidado!, no la toques, está llena de telarañas, y él, de espaldas a su mamá, que era linda, tratando de alcanzar la manija de la puerta. La carroza y la sección servidumbre ejercieron siempre una extraña fascinación sobre Julius, la fascinación de «no lo toques, amor; por ahí no se va, darling». Ya entonces, su padre había muerto.

Podemos seguir leyendo. O podemos resignarnos, ser virtuosos, y leer a Elena Poniatowska o a Juan Villoro.

“Un mundo para Julius”
“Un mundo para Julius”

*Alfredo Grieco y Bavio es filólogo, escritor y periodista. Ha sido editor de Internacionales en los diarios Página/12 (Argentina), Crítica (Argentina) y La Razón (Bolivia) e investigador en la Universidad de Buenos Aires y la Fundación Carlos Pusineri (Paraguay). Con Sergio Di Nucci y Nicolás Recoaro compiló las antologías Los chongos de Roa Bastos: Narrativa contemporánea de Paraguay (2011) y De la Tricolor a la Whipala (2014). Es jefe de Política Internacional en elDiarioAR.com. Colabora con revistas académicas y con Revista Ñ (Clarín, Argentina), El Suplemento Cultural (ABC Color, Paraguay) y Radar (Página/12, Argentina). Ha publicado Cómo fueron los 60 (Espasa-Calpe, 1995), Días felices. Los usos del orden: de la Escuela de Chicago al Funcionalismo (Eudeba, 1999) y Plato Paceño (Plural, 2015), entre otros libros.

El escritor y periodista argentino Alfredo Grieco y Bavio
El escritor y periodista argentino Alfredo Grieco y Bavio