«¡Oh desdichada mano mía! Toma la espada, tómala,
repta hacia el triste límite de tu vida, no seas débil
ni hagas memoria de tus hijos: cómo los amas,
cómo los pariste, olvídate durante este breve día
de tus hijos, y llora enseguida.»
Medea (Eurípides, 2005, p. 148)
El acorde es pesado pero acogedor. No anticipa lo que va a pasar. A esas predicciones estamos malacostumbrados los espectadores cuando entramos en la sala, seamos teatreros, aficionados o simplemente público. No es elegante poner etiquetas de entrada, pero las remembranzas del simbolismo francés no dejan de asomarse; no en cuanto a la simple forma musical, sino al pulso del contenido que, fondeado por el acorde, representa el universo invertido de las intenciones. Todo lo impredecible, toda la nostalgia, toda el ansia representada en el rito biológico de un parto, en toda su potencia, se tragará la luz de un ambiente festivo. Un cumpleaños. El del hijo. Sí, la obra trata de una madre y un hijo.
La aclaración es oportuna. El texto evidencia la relación materno-filial pero la disputa identitaria se sostiene sobre la impugnación de una maternidad no deseada. Por eso «un» y no «su» hijo. Porque a esa condición de hijo, subordinada a la procreación, refrendada por el parto, por el primer amamantamiento y por el reconocimiento parental, hechos de los que aquel ha tomado conocimiento, solo le queda reclamar desde una idealización provocada por una cultura que condiciona a las mujeres. Esa asimetría, sostenida durante el crecimiento y la convivencia familiar, fue sedimentando disparidades que cobraron fuerza y marcando funciones, roles, autoridad. Egos.
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Tanto Amanda (Mona Airaldi) como Osvaldo (Chelo Galeano) izan su bandera de la individualidad como razón y causa de una necedad: preservar intacto un amor propio que, debemos admitirlo, el ego nos lleva a alimentar a costa de la integridad de otro u otros. Probablemente no haya otra fuerza que el espectador deba considerar con mayor atención que los egos de ambos personajes para entender la articulación de una trama que descansa sobre la lucha de dos narcisismos que, acaso por decisión deliberada del autor de la pieza, no logran complementarse. Retrato fehaciente de demasiadas realidades cotidianas. La obra, al parecer, insiste en que esas tensiones no pueden resolverse cuando el ejercicio del autoconocimiento es un convidado de piedra. Amanda y Osvaldo hablan, cantan y gritan, cada uno desde una burbuja que blinda toda posibilidad de empatía mutua. Aprisionado el perdón que nunca llegan a pedirse, los roles se alternan desenfrenadamente, sin que las responsabilidades lleguen a disputarse del todo. Mientras, la culpa, líquida, gotea. Gotea incisiva. Incisiva, amenaza con corromper la estructura de la casa; una amenaza que Osvaldo percibe y advierte, sin éxito, cuando intenta ser escuchado. «Mamá, escuchame, por favor…», clama. La humedad resulta metáfora de una podredumbre próxima, de aquello que la disputa no consigue secar.

Una oscilación trágica entre el orgullo, el amor materno devenido odio y una suerte de necesidad fatalista ofrece la obra cuando, en un momento cumbre, se vuelve evidente el guiño a la fascinación de Eurípides por la tragedia filial —bastan dos obras suyas para comprobarlo—. La amenaza está en el acto, sin descartar el riesgo, pero no da lugar a la tragedia. Aquí es necesario considerar que, en esta escena, la de mayor violencia de la obra, los segundos que sobrevienen y evocan La Piedad como ícono de la derrota del ciclo biológico, con el hijo muerto yaciendo en el regazo de la madre, y no al revés, conceden el tiempo suficiente para repensar la catarsis. La propuesta es inteligente y cruel porque, abortada la tragedia, la catarsis tiene lugar no en el público sino en los personajes que no han cerrado el ciclo y salen vivos para repetir el vicio de mantener sus egos intactos.
El espacio escénico, austero en el atrezzo pero lo suficientemente asfixiante para los menesteres del mensaje, está cargado de símbolos. En la dinámica de las responsabilidades que representa la secuencia de recoger el agua de las goteras en baldes y repetir esa rutina a la que parecen estar acostumbrados, los consejos y la escucha se transforman en órdenes y juicios. Los baldes, también dispuestos en algunos lugares del público, trasladan la responsabilidad a una sociedad cargada de prejuicios que moldean, al decir de Goffman, la presentación del individuo en la vida cotidiana.
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Sin embargo, la obra, sostenida en el propósito casi excluyente de preservar egos, también invierte el lugar del espectador, que ya no necesitará reflejarse en los personajes, pues ese rol está asumido de antemano: también somos madres o hijos. Ahora bien, la maternidad romantizada y la filiación incomprendida dan cuenta de una misma matriz. Volvemos al acorazamiento propio de los narcisismos de Amanda y Osvaldo, que subordinan sus responsabilidades al orgullo. Probablemente, la cotidianidad evocada, enfrascada en su eterno bucle, termine despojando a los personajes de toda redención.
La propuesta pertenece al elenco Independiente Teatro. Producción general: Evelyn López. Asistencia de dirección: Enrique González. Escenografía: Erik Gehre. Iluminación: Martin Pizzichini. Fotografía: Luis Acosta.
Reservas: (0971) 247-231.

Referencias
Eurípides (2005). Tragedias I: Alcestis, Medea, Hipólito, Andrómaca. Buenos Aires: Colihue.
*Julio de Torres es actor, dramaturgo e investigador en artes, licenciado en Antropología por la Universidad Federal de Integración Latinoamericana (Brasil) y en Sociología por la Universidad Nacional de Asunción, máster en Estudios Avanzados de Teatro por la Universidad Internacional de La Rioja (España) y en Planificación por el Instituto de Altos Estudios Estratégicos, candidato a doctor por la Universidad de Barcelona y miembro de la Academia de las Artes Escénicas de España y de la Asociación Internacional para la Investigación Teatral, entre otras.

