Víktor Tsoi y el frío emocional del post-punk soviético (1): Antes del derrumbe

Viktor Tsoi en Leningrado en 1988. Fotografía de Natasha Vasilyeva.
Viktor Tsoi en Leningrado en 1988. Fotografía de Natasha Vasilyeva.

Reflexiones sobre el líder del legendario grupo Kino, el fin de las utopías y la nostalgia.

En uno de sus más recientes ensayos, Melancolía de izquierda, el historiador italiano Enzo Traverso afirma que las utopías del siglo XX han desaparecido dejando un presente cargado de memoria, pero impotente a la hora de proyectarse en el futuro. Y somos muchos los que coincidimos con Enzo, especialmente en un punto esencial: que el siglo XX nos dejó un presente cargado de memoria.

Y de nostalgia. Si queremos pensar en un caso en particular que ilustre la nostalgia no como una simple veleidad estética, una tendencia de redes sociales o una afición por imágenes que circulan en internet sino como un fenómeno complejo y documentado con estudios –como los llevados a cabo por el Centro Levada, instituto ruso independiente de investigación sociológica– desde hace décadas, la nostalgia de la era soviética es un buen ejemplo.

Según los datos de una encuesta realizada en noviembre de 2017 en todo el territorio ruso, tanto en entornos urbanos como rurales, entre el 55% y el 75% de sus habitantes lamentaba la caída de la Unión Soviética, y en 2018 los resultados mostraron que el 66% de los encuestados sentía nostalgia de la misma. Las razones mencionadas con más frecuencia eran emocionales y materiales antes que propiamente ideológicas, y entre ellas se encontraban la pérdida de estabilidad, la destrucción de un sistema económico compartido, el fin de la sensación de pertenecer a una «gran potencia» y la desaparición de cierta seguridad social.

Pero existe otro registro extraordinario que puede no solo mostrarnos esa nostalgia, sino inclusive hacernos sentirla, y es la llamada «ola fría», coldwave o zimna fala, un estilo musical que se desarrolló entre las grietas del post-punk en Europa del Este y que no fue simplemente la etiqueta sonora de un subgénero aislado sino toda una forma integral de expresión juvenil que encontró en la frialdad estética una manera de hablar del vacío, de la rutina y de la sensación de habitar un mundo sin horizonte claro.

Mural de Viktor Tsoi en Murmansk, Rusia. Fotografía de Alexander Novikov.
Mural de Viktor Tsoi en Murmansk, Rusia. Fotografía de Alexander Novikov.

Más que una protesta articulada en términos políticos tradicionales, lo que apareció con la ola fría fue una sensibilidad, la sensibilidad de una generación que no gritaba contra el sistema que le había tocado en suerte sino que parecía habitarlo desde el desencanto. En esos sonidos repetitivos, en las guitarras minimalistas y las voces distantes no había un manifiesto explícito, sino el retrato emocional de una época. El post-punk soviético funcionó como espejo anímico de la vida urbana en la Unión Soviética tardía, con sus ciudades como estructuras densas y repetitivas: bloques de hormigón, largos pasillos, estaciones de tren con luces frías, edificios funcionales, impersonales, una arquitectura que más que telón de fondo aparecía como experiencia diaria de anonimato.

Sobre ese trasfondo se dibujaban los gestos mínimos de la vida cotidiana: el constante humo de los cigarrillos en los espacios cerrados, los cafés austeros, las calles húmedas, los interminables inviernos que parecían diluir el tiempo. Todo adquiría una textura gris, no necesariamente trágica pero sí implacablemente monótona, donde el presente parecía repetirse sin grandes variaciones.

La música no intentaba escapar de ese paisaje. Sonaba como si estuviera hecha del mismo material que sus frías paredes, sus sombríos trenes y sus largas noches. No había contraste entre sonido y entorno, sino continuidad: el mundo no era el escenario de la música, sino su origen emocional.

En la Unión Soviética de los años setenta y ochenta, el rock –y más tarde el post-punk– no circulaba abiertamente. Los conciertos clandestinos, organizados en departamentos, sótanos o espacios improvisados, se convirtieron en una forma de resistencia velada. No eran grandes espectáculos, sino reuniones casi secretas donde el simple hecho de tocar o escuchar podía implicar el riesgo de ser detenido o prohibido.

Estatua de Viktor Tsoi en  Elista, Rusia
Estatua de Viktor Tsoi en Elista, Rusia

En ese paisaje de textura gris, repetitiva y silenciosa emerge la figura de Víktor Tsoi. Su aparición no puede entenderse como la de un artista aislado o excepcional en términos individuales, sino como la condensación de una sensibilidad generacional que ya estaba en el aire.

Tsoi nace artísticamente en esa misma atmósfera urbana atravesada por el anonimato de los grandes bloques de la Leningrado donde la vida cotidiana parecía transcurrir en un estado de espera permanente. Su música no rompe con ese mundo: lo traduce. Le da forma sonora a aquello que ya estaba en la experiencia diaria pero que aún no había encontrado una voz clara.

En él, el post-punk soviético encuentra una figura que no grita desde afuera, sino que habla desde adentro del paisaje. Su obra adquiere peso generacional no como protesta explícita sino como reconocimiento colectivo de un mismo clima emocional.

La nostalgia soviética muchas veces no es nostalgia del comunismo en sí, sino de algo más difuso y emocional: la idea de comunidad, la estabilidad cotidiana, una identidad colectiva compartida y un mundo que, con todas sus tensiones, aún parecía reconocible. La figura de Viktor Tsoi resulta reveladora porque su música, que nace del desencanto generacional de una juventud que habitaba el vacío y la repetición sin certezas, hoy es añorada e idealizada como parte de aquel mismo mundo gris que intentaba cuestionar, como si este hubiera sido también, paradójicamente, el último territorio donde el sentido aún era posible.

(Continuará…)

Viktor Tsoi en Leningrado en 1988. Fotografía de Natasha Vasilyeva.
Viktor Tsoi en Leningrado en 1988. Fotografía de Natasha Vasilyeva.

Referencias

Traverso, Enzo (2018). Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

Levada Center (2017, 25 de diciembre). Nostalgia for the USSR. https://www.levada.ru/en/2017/12/25/nostalgia-for-the-ussr/

The Seattle Times (2018, 19 de diciembre). Poll: Russians increasingly nostalgic for USSR. https://www.seattletimes.com/nation-world/nation/poll-russians-increasingly-nostalgic-for-ussr/

Savetier, A. (2017). Coldwave journey: Poland. https://savetier.eu/coldwave-journey-poland

*Mario Larroza (Asunción, 1993) es licenciado en Ciencias Políticas por la Escuela de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Nacional de Asunción (UNA) y coordinador de Divulgación Académica de la Universidad Americana.

Mario Larroza
Mario Larroza