Siendo por demás obvio que la respetable Biblioteca del Congreso, sede del comienzo de esta tertulia, no será testigo de su final porque la noche nos llevará a algún antro para enterrarnos bajo un tsunami de alcohol tan salvaje que Julio no volverá a invitarme a presentar otro libro a menos que esté loco, debo aprovechar la ocasión para hablar de todo lo que pueda en unos minutos, es decir, no solo de Vuela Soledad sino también de su contexto, la producción de Julio en sus dos vetas, como periodista de vasta y destacada trayectoria y como narrador de comprometida prosa, vetas dispares en apariencia que, sin embargo, confluyen en la figura y la obra del cronista.
¿Qué es un cronista? Un cronista es un hombre del tiempo. Un cronista es un testigo, es alguien que da testimonio. Un cronista es un historiador del presente. Un cronista es un anfibio.
Un cronista es un hombre del tiempo, no en el sentido meteorológico sino en el cronológico: un, por decirlo así, soldado de las huestes de Cronos. Alguien que informa del curso de los hechos tal como (se) suceden (en el tiempo). Y los narra como partícipe del tiempo de lo narrado: sus contemporáneos saben que son reales («objetivos»), pero lo que cada uno –incluido el cronista– ve, como se sabe, es único («subjetivo»). Sus crónicas son registro y testimonio a la vez. El cronista es, así, alguien que da testimonio.

Si tiene suerte, en su relato del orden de los sucesos se podrá vislumbrar una dirección, el sentido de ese curso, el espíritu de su época. El cronista habla de lo que está pasando –como los cronistas de Indias, por ejemplo– y que él considera –por hermoso o por mísero, por noble o por horrible– merecedor de perdurar, y al narrar ese fugaz ahora lo sustrae a la caducidad. Se dirige tanto a sus contemporáneos, cuya atención orienta a lo urgente, como a la posteridad, para la que preserva lo digno de memoria –siendo el mismo hecho urgente o memorable de acuerdo a su lugar en el orden del tiempo–. El cronista es, por lo tanto, el historiador del presente.
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El oficio del cronista permite entender la trayectoria de escritor de Julio como una trayectoria en la cual ficción y realidad se solapan. (De hecho, como alguien que atraviesa las páginas de Vuela Soledad, personalmente puedo asegurarlo –y no ocultaré que mi presencia física hic et nunc tiene en parte el propósito de demostrar públicamente que existo y que no soy un invento de Julio–.) Si este vaso se cae de esta mesa, se estrella en el piso y se rompe, todos vemos lo mismo: se cae, se estrella y se rompe. El cronista registra eso que todos vemos, lo que se designa como el «hecho objetivo». En realidad, no existe hecho objetivo porque no hay dos miradas que vean lo «mismo» (término que ya es una petitio principii), pero no teman, que no seguiré con esta digresión: baste decir que, para todos los efectos prácticos, lo llamaremos un «hecho objetivo», con esa suerte de objetividad por consenso implícita en la noción habitual de «realidad».
El cronista registra lo que todos vemos, lo que figura en estadísticas, calendarios, mapas, listas de nombres ilustres, batallas, lugares, fechas, etcétera. Pero también se permite registrar lo que solo él ve, lo que solo se puede ver desde su silla. El vaso se cae, se estrella y se rompe. Todos lo vemos. Pero solo el que está sentado en aquel asiento de aquella fila lo ve desde aquel asiento de aquella fila. Si esto fuera un bar, lo vería desde su mesa. Vería solo un ángulo de lo ocurrido; un ángulo único, distinto de cualquier otro. El cronista registra, junto con lo que se considera la perspectiva universal del hecho designado como objetivo, la perspectiva particular que solo él tiene por estar sentado en su silla, en su mesa en la esquina del bar, y no en otra.

Si hilamos fino, no existe esa separación stricto sensu y la «objetividad» es algo que damos por sentado para funcionar en sociedad, porque de otro modo no nos pondríamos de acuerdo en nada y ni siquiera tendríamos lenguaje, sustancia paradójica que, al tiempo que marca con la impronta de la subjetividad todo relato, integra esa supuesta objetividad extramental o intersubjetiva que aceptamos por consenso. El cronista reúne en sus escritos la «objetividad» del «dato duro» y la unicidad del punto de vista situado, lo que se espera del reportero –que se retire de la escena, que sea imparcial– y del novelista –que nos cuente lo que ve desde su mesa–.
El cronista no descubre en los archivos la historia que nos relata: participa en ella, como Julio recoge situaciones que a todos nos involucran y se remonta a lo sumo a aquello que la memoria de otros compañeros de ruta aún puede transmitir. Vuela Soledad, libro paradójico, mezcla personajes y acontecimientos imaginarios con hechos y personas reales para demostrarnos no la irrealidad de la ficción sino lo contrario, su superior densidad ontológica, y revelarnos que el déjà vu no es síntoma psicopatológico sino indicio cierto de que el humo y el fuego que cubren y devoran la casita de Soledad son el mismo humo que nubló los campos de Curuguaty el día de la masacre y el mismo fuego que consumió el Ycuá Bolaños el día que los jefes ordenaron cerrar las puertas. Individuos conocidos, reconocidos y desconocidos participamos por igual de un proceso demasiado amplio y profundo para caber en nombres propios e hitos concretos y cuyos verdaderos protagonistas, por ello, son anónimos. La imaginación del escritor les presta nombres inventados, pero todos sabemos, al leer este libro, que son más reales que nosotros mismos.
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Como ven, el cronista juega –nunca mejor dicho– con fuego: hay que tener mucho cuidado para ser un buen cronista, porque del cronista se espera veracidad, y defraudar al lector estropearía la crónica, que solo al ser leída logra escapar de la conciencia solipsista del autor, sentado a solas en su mesa de la esquina del bar, para existir «afuera», en la inteligibilidad del lenguaje: para ser una obra. Pero a la vez se espera que el cronista aporte algo que no leeremos en otro escritor, que no escucharemos de otra voz, que no veremos bajo otra firma: lo que solo él ve desde su mesa. El cronista es un anfibio que tiene que moverse con elegancia en dos elementos sin traicionar a ninguno e, idealmente, logrando que se sospeche por momentos que en el fondo son el mismo, oscuramente imbricados en la conciencia del tiempo.
Si lo consigue, es el triunfo de la magia del cronista. Habilidad eminentemente política, porque su relato situado, que no tiene la lejanía del pasado reconstruido en los archivos sino que es un pedazo todavía palpitante arrancado de la vida de la polis, comunica su existencia de zoon politikón. En ese instante feliz, lo que ve coincide estructuralmente con lo que todos vemos, su punto de vista se integra al conjunto de los hechos considerados objetivos por consenso, y hasta los personajes de sus libros caminan entre nosotros como sueños colectivos porque sus figuras, palabras y destinos encarnan algo viviente que respira en la atmósfera concreta de un lugar real y un tiempo histórico y, por ende, expresan a una sociedad entera. Y entonces, en ese momento, todos somos bienvenidos en la mesa del cronista.

