I
¿Es posible un relato histórico de la Independencia que omita a alguno de los protagonistas? ¿Apagar la memoria para unas y encenderla para otros? ¿De modo que un género sea condenado al agujero negro del olvido y otro a la recordación persistente? Estas preocupaciones saltan a la vista cuando se explora el papel de la mujer en la historia de la Independencia.
Ante ideas viejas, que moldean mentalidades, las historiadoras del continente decidieron romper la conjura del silencio contando ellas mismas la historia no escrita de la mujer en la Independencia de las Américas.
Esta tarea se inició hace una década. Se organizaron equipos de investigación con apoyo del Centro de Estudios de la Mujer en la Historia de América Latina, Cemhal. Se coordinó un centenar de investigadoras de América y Europa, especializadas en historia, literatura, educación, artes, ciencias sociales.
El Cemhal organizó en el 2009 el simposio internacional «Las mujeres en la Independencia de América Latina», origen de un libro que reunió treinta y nueve investigaciones: Sara Beatriz Guardia (ed. y comp.): Las mujeres en la Independencia de América Latina (Lima, Unesco, USMP, 2010). En el 2013, en el congreso «Las mujeres en los procesos de Independencia de América Latina», se debatieron cuarenta y seis trabajos, que integran un segundo libro –Sara Beatriz Guardia (ed. y comp.): Las mujeres en los procesos de Independencia de América Latina (Lima, Cemhal, Unesco, USMP, 2014)– que fue lanzado hace unos meses, en diciembre, en la Feria Internacional del Libro de Lima. Estos dos volúmenes forman el corpus académico más relevante sobre la mujer en la Independencia publicado en el ámbito mundial.
II
Incorporar a las mujeres al relato historiográfico es un reto epistemológico, pues se trata de «dar vida» en el logos de la Historia a personajes inéditos, que vagan todavía en la tradición oral, como un pasado ilegible, negado. No pueblan (salvo excepciones) la memoria colectiva. Sin embargo, existe información veraz de sus obras y acciones en la Independencia, en documentos fehacientes dispersos en el continente, hallados con esfuerzo y presentados por primera vez por las autoras de estos trabajos (ver «El mito de la escasez de fuentes y el retorno a los archivos», de Ana Serrano Galvis). Como la historia siempre es parcial y la escriben los vencedores, hoy se trata de vencer, documentos en mano, ese selectivo olvido.
La historiografía habitual abunda en héroes, conquistas, guerras, presidentes, generales, estadistas, inventores, autores, dinastías, fortunas, empresas, cuarteles, palacios, etc.; le importa la «excepcionalidad» de la acción individual, el heroísmo, la proeza de los personajes. Un nervio patriarcal mueve esta historia, que tiene sus métodos y sus valores. En el caso de las mujeres los escenarios son distintos: la casa, el hospital, la escuela, la iglesia, el campo, el mercado, etc. Pero ¿quién ha dicho que los héroes solo se gestan en los campos de batalla y que la valentía es un atributo solo de varones? Las mujeres practican un heroísmo de otro tipo. No es que no hubiera heroínas que realizaran acciones en extremo riesgosas; hubo muchas, y dejaron sus vidas en la causa (ver, sobre el tema, el libro de Francisco Martínez Hoyos Heroínas incómodas. La mujer en la Independencia de Hispanoamérica, Rubeo, Madrid, 2012). Estos dos volúmenes muestran que hay más mujeres de lo que uno cree en la parte combatiente de la corriente independentista. Y que algunas ganaron grados militares.
III
Pero la historia inclusiva se preocupa por sacar de la invisibilidad a las miles de mujeres anónimas que cumplieron –como precisa Mirla Alcibíades en Mujeres e Independencia. Venezuela 1820-1821 (Caracas, Centro Nacional de Historia, 2013)– tareas de «lectoras, anfitrionas, activistas, escritoras, peladoras, proveedoras, troperas, soldados, sepultureras, vivanderas, acompañantes, músicas, declamadoras, espías, informantes, enfermeras, curanderas, bordadoras, costureras, cómplices, etc.». Sin estas mujeres, que, además del militar, cubrieron con versatilidad y paciencia frentes tan importantes como los de la inteligencia, la logística, la sanidad, la alimentación, el adoctrinamiento, la propaganda y la agitación, no hubiera sido posible ganar esta guerra.
¿Qué les pasó a estas mujeres laboriosas en sus familias y aguerridas en la acción? Fueron: «exiladas, emigradas, peregrinas, refugiadas, desterradas, prisioneras, azotadas, emplumadas, torturadas, ajusticiadas, embarazadas, violadas, seducidas, secuestradas y cercadas» (M. Alcibíades, op. cit.).
No se trata de reconocer a la mujer solo en su acción individual –como en la historia varonil–, sino también en su obra colectiva como sujeto histórico y fuerza productiva y social que actúa a favor de las grandes causas de la humanidad: el derecho a la vida, la independencia de las naciones, la libertad individual, la república de ciudadanos, lo mejor del programa de la Modernidad y la Ilustración.
IV
Plutarco incluyó en sus Obras Morales la historia de veintisiete mujeres que mostraban que la valentía y el coraje no eran cualidades masculinas, sino universales. Formular este nuevo relato histórico exigió a las autoras una actitud crítica y creativa frente al oficio de historiar, para responder: ¿Cómo tratan las historiografías de la Independencia a la mujer americana? ¿Por qué es necesaria una «construcción discursiva de género»? ¿Dónde se muestra o se esconde la obra femenina en la iconografía independentista? ¿Cómo se organizó la trasmisión oral de las ideas modernas en salones, tertulias, iglesias, escuelas, periódicos? ¿Qué impacto tuvo la educación femenina promovida por la Ilustración? ¿De qué modo el activismo por la Independencia sirvió a la lucha posterior por la educación, la salud pública y el derecho al voto?
La movilización por la Independencia fue la primera intervención corporativa de las mujeres en el espacio público y dio paso a las luchas por el sufragio y por la educación de las niñas, la educación universal, la salud materno-infantil, la protección de los ancianos, la equidad de salarios, la igualdad de oportunidades de estudio y trabajo. La humanización de la agenda política es un aporte histórico crucial de las mujeres, un signo de la modernidad de su acción colectiva.
V
La conferencia general de la Unesco acordó en París en el 2009 apoyar la conmemoración del Bicentenario de la Independencia. Esto me permitió –como jefe de Políticas Culturales de entonces– dar renovado impulso a las acciones de cultura y memoria, como el simposio «Las mujeres en la Independencia de América Latina», convocado por Cemhal. En julio del 2011, una consulta internacional sobre «Los actores sociales excluidos de la historiografía de la Independencia», gracias a reconocidos historiadores y cientistas sociales, mostró la amplitud de esta exclusión y su impacto negativo en la autoestima colectiva y en la educación de las nuevas generaciones, que requieren contar en sus imaginarios con valores –como la empatía de razas, géneros, culturas, religiones, clases– necesarios para una convivencia fraterna y cooperativa.
Una historia incluyente es un signo de respeto a las memorias, en plural, y un factor educativo clave para reducir la conflictividad sociocultural que se expresa en los prejuicios, el silencio, la desinformación y el racismo. Este trabajo concertado ha generado una ola de investigaciones y libros en todo el continente. Cerca de un centenar de publicaciones sobre la intervención de las mujeres en la movilización por la Independencia. Así, la reparación de la memoria de las mujeres se viene honrando.
En suma, la década pasada dio inicio a un diligente movimiento académico para configurar una escuela de historiografía latinoamericana sobre la mujer, con sus propias categorías, sistematización y visiones. La Unesco ha participado desde el inicio en este proceso, que enseña cómo el reconocimiento de la memoria fortalece el patrimonio común de la humanidad.
