A primera vista, un dólar bajo podría interpretarse como una señal positiva, principalmente por su impacto en la contención de la inflación. Sin embargo, el análisis de los datos revela una realidad más compleja, donde los efectos sobre la economía real resultan, en muchos casos, adversos.
Uno de los aspectos más relevantes es el impacto sobre los ingresos del sector exportador. Paraguay, al tratarse de una economía abierta y con fuerte dependencia de sus exportaciones, se ve particularmente expuesto a las variaciones del tipo de cambio. En el caso del complejo sojero, los ingresos en dólares se mantienen prácticamente estables respecto al año anterior, pero al convertirlos a guaraníes se observa una caída significativa.

El acumulado a marzo muestra exportaciones por US$ 3.981 millones, solo por encima de los US$ 3.966 millones registrados en el mismo periodo del año anterior. No obstante, al tipo de cambio actual, esos ingresos representan G. 24,3 billones, frente a los G. 31,3 billones del año pasado. La diferencia implica una pérdida de aproximadamente G. 7 billones, equivalente a cerca de US$ 1.000 millones.
Este fenómeno no se limita al sector sojero. Otros rubros agrícolas, como maíz, trigo y arroz, también registran incrementos en términos de volumen exportado, pero caídas en ingresos medidos en moneda local. En la misma línea, el efecto es particularmente visible en sectores donde los costos están denominados en guaraníes y los ingresos en dólares. El caso del sector ganadero es ilustrativo. A pesar de haber registrado incrementos en precios internacionales, la apreciación del guaraní reduce el ingreso efectivo, mientras los costos internos se mantienen o incluso aumentan.
Pérdida de competitividad

En términos agregados, el país registra un aumento de 7,1% en exportaciones totales, pero una reducción del 17% en ingresos en guaraníes, lo que equivale a una pérdida de aproximadamente G. 14 billones. Este descalce entre volumen y valor efectivo refleja con claridad el impacto del tipo de cambio sobre la economía real.
A este escenario se suma un problema estructural: la pérdida de competitividad. La apreciación del guaraní se ubica muy por encima de la registrada por otras monedas relevantes. Mientras Paraguay presenta una variación cercana al 20,6%, Brasil registra alrededor de 12,8%, Chile cerca de 5% y el euro apenas 3,4%.
Este diferencial implica que Paraguay se encarece en términos relativos frente a sus principales socios comerciales. En consecuencia, los productos nacionales pierden atractivo en los mercados internacionales, al tiempo que aumenta la presión sobre los márgenes de las empresas exportadoras.
La situación se agrava en un contexto de suba de costos a nivel global. El encarecimiento del petróleo impacta directamente en los combustibles y en los costos logísticos, lo que se traslada al precio de los fletes y, eventualmente, a toda la cadena productiva. A esto se suma el incremento esperado en los fertilizantes, con subas cercanas al 31% impulsadas por el aumento en el precio de la urea.
El resultado es una combinación compleja: ingresos en descenso por efecto cambiario y costos en aumento por factores externos.
Los efectos de este escenario comienzan a reflejarse en la actividad económica. Si bien el mercado laboral muestra la creación de aproximadamente 117.000 empleos, una parte importante de estos corresponde a trabajo por cuenta propia, lo que sugiere una calidad de empleo más precaria.
Además, sectores que habían impulsado el crecimiento en el año anterior, como comercio y servicios, comienzan a mostrar señales de desaceleración. La construcción, por su parte, presenta una recuperación, aunque desde niveles históricamente bajos.
En este contexto, la incertidumbre cambiaria se convierte en un factor adicional de riesgo. La volatilidad del dólar dificulta la planificación empresarial, afectando decisiones de inversión, producción y contratación. Como resultado, se observa un entorno menos predecible, que limita el dinamismo económico.
El rol del Banco Central emerge como uno de los puntos más debatidos en este escenario. La autoridad monetaria mantiene su enfoque en el esquema de metas de inflación, priorizando la estabilidad de precios. Sin embargo, este enfoque es cuestionado por su aparente falta de respuesta ante la volatilidad cambiaria.
Uno de los principales cuestionamientos apunta a la asimetría en la intervención. Mientras en periodos anteriores el Banco Central del Paraguay (BCP) intervino activamente para contener subas del dólar, en la actual fase de caída la intervención ha sido prácticamente inexistente.
Esta ausencia de acción es interpretada como una permisividad frente a movimientos especulativos, que amplifican la volatilidad del mercado. En este sentido, no se plantea necesariamente modificar la tendencia del tipo de cambio, sino evitar fluctuaciones abruptas que generan incertidumbre.
Otro punto relevante es el impacto indirecto de esta política sobre otras variables. La caída del dólar afecta los ingresos del Estado, reduce la recaudación y presiona las cuentas fiscales. Al mismo tiempo, incide sobre la rentabilidad empresarial y, en última instancia, sobre el empleo.
Desde una perspectiva técnica, existen herramientas que podrían ser utilizadas sin alterar el marco de política vigente. Intervenciones puntuales para moderar la volatilidad, compras de divisas para fortalecer Reservas Internacionales y ajustes en la liquidez del sistema son algunas de las opciones mencionadas.
Estas medidas podrían contribuir a mejorar la percepción de estabilidad, un elemento clave para el funcionamiento de la economía. Como se destaca en el análisis, el objetivo de la política monetaria no es únicamente alcanzar una cifra de inflación, sino garantizar condiciones de estabilidad en el sistema.
Hacia adelante, el panorama presenta desafíos adicionales. El aumento del endeudamiento de hogares y empresas, junto con presiones fiscales derivadas del gasto público, configura un entorno de vulnerabilidad.
En este contexto y a modo de remarcar, la evolución del tipo de cambio adquiere una relevancia central. No se trata únicamente de una variable financiera, sino de un factor que inciden de manera directa en la competitividad, la producción, el empleo y el crecimiento económico.
La discusión, por tanto, no debería centrarse en una dicotomía entre inflación y tipo de cambio. Ambos elementos forman parte de un mismo equilibrio macroeconómico. Ignorar uno de ellos implica asumir costos que, como muestran los datos, ya comienzan a manifestarse. Por tanto, el desafío para la política económica radica en encontrar ese equilibrio, en un contexto donde las decisiones deben considerar no solo los indicadores, sino también sus efectos sobre la economía real.

