El vuelo fue tranquilo, duró menos de una hora entre las dos ciudades. Volar sobre la Cordillera de los Andes es magnífico, arriba siempre hay sol, los picos están nevados y durante el trayecto uno puede fácilmente distinguir el Aconcagua y el Tupungato, dos de los picos más altos.
Aterrizó el avión y ya nos estaban esperando para visitar la primera viña en territorio chileno. Subimos al bus y nos dirigimos hacia el noroeste, directamente hacia el Valle del Aconcagua, donde fuimos recibidos por Pedro Contreras, enólogo de la Viña Errázuriz, con una excelente organización ya preparada por la gente de Edesa, importadores en Paraguay de la Viña Errázuriz.
Degustación
Por la hora, comenzamos con el almuerzo: en cuatro pasos degustamos unos platos típicos chilenos acompañados de exquisitos vinos de la casa. A continuación tuvimos una extensa degustación dirigida, probamos más de 11 etiquetas, entre ellas sus vinos íconos como el Kai Carmenere (entre los mejores que haya probado), La Cumbre Syrah (vino potente en boca, pero que da sumo placer al beberlo) y el Don Maximiano, que es un blend de aquellos que un conocedor sabe disfrutar.
Recorrido
Terminada la degustación fuimos al patio de la viña, ese día era de alegría (para los locales), ya que estaba lloviendo por primera vez después de más de nueve meses sin que cayera una sola gota, así que –con paraguas– fuimos a recorrer los jardines hasta llegar al cuerpo central de la bodega enológica nueva, donde se elaboran los vinos de alta gama de la viña. Un lugar arquitectónico fantástico con todo bien pensado para que las uvas y el producto final (el vino) sufran lo menos posible: todo traslado de uvas y vino es realizado por gravedad, el mosto fermenta en cubas de roble y luego la crianza es realizada en barricas de roble tipo bordelesas (de 225 litros), todo para entregar al consumidor un vino en perfectas condiciones de calidad, que es lo que considero siempre importante, lo que se le brinda al consumidor, quien paga al final de cuentas.
Para terminar el recorrido fuimos a lo que se llamaría el casco antiguo de la viña, un espacio con más de 100 años –donde antiguamente se recibían y se molían las uvas–. Desde allí, uno tiene acceso a todo un sistema de laberintos subterráneos donde hoy en día hacen estiba sus mejores botellas, de forma de poder venderlas en el momento exacto de madurez. También hay una de las salas de degustación más hermosas que jamás haya visto y tienen una colección increíble de vinos de la casa, en las cuales tienen guardadas botellas desde hace muchos años de todas las líneas top de la viña, de manera de poder organizar de vez en cuando catas verticales con añadas bien antiguas.
La verdad es que todo estaba perfecto y lo disfrutamos. Lastimosamente llegó la hora y debíamos partir, así que subimos al bus y fuimos en dirección a Santiago, al hotel Intercontinental, en donde debíamos descansar, en principio. Digo eso porque como era la única noche que nos quedaríamos allí, fue una salida casi obligatoria ir a La Coquinaria (una tienda gourmet) y al restaurante Km 0, sobre la avda. Isidora Goyenechea, a tan solo unas cuadras del hotel. La caminata hasta allí fue exquisita, linda temperatura, ciudad bien pensada con veredas anchas, parques ordenados, todo prolijo y limpio, y, sobre todo, seguro. Así fue nuestro primer día en Chile.
Preciados lectores, ¡salud! Hasta el próximo sábado y ¡viva el Carmenere!
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