La evidencia científica apunta más a lo segundo. Mientras dormimos, el cerebro no se apaga: reorganiza recuerdos, regula emociones y “ensaya” respuestas ante amenazas, reales o imaginadas. Los sueños ansiosos serían, en parte, el subproducto narrativo de ese trabajo.
Un cerebro activo: emoción arriba, control abajo
Durante la fase REM —cuando los sueños suelen ser más vívidos— se incrementa la actividad de regiones vinculadas a la emoción, como la amígdala, y se reduce el “control ejecutivo” típico de la corteza prefrontal, clave para evaluar riesgos con calma.
Ese desbalance ayuda a entender por qué en sueños algo menor puede sentirse catastrófico y por qué los guiones tienen saltos ilógicos: el sistema emocional empuja, el racional modera menos.
Al mismo tiempo, el sueño participa en la consolidación de la memoria. Eso incluye no solo datos, sino también la carga afectiva asociada a experiencias del día.
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Por eso, preocupaciones aparentemente “pequeñas” —una conversación tensa, un mail sin responder, una cuenta pendiente— pueden reaparecer transformadas en símbolos o situaciones extremas.
Por qué la ansiedad se mete en los sueños
En períodos de estrés, el cuerpo sostiene niveles altos de activación fisiológica. Ese estado puede fragmentar el descanso, aumentar microdespertares y hacer que recordemos más sueños.

Además, el cerebro tiende a priorizar lo relevante para la supervivencia: amenazas, errores, pérdidas de control.
Soñar que uno se equivoca, se cae, se queda sin voz o no puede moverse encaja con ese foco.
No significa que cada sueño tenga un significado oculto único. La investigación sugiere que los sueños combinan restos del día, memorias más antiguas y emoción actual, produciendo historias que “representan” preocupaciones más que traducirlas literalmente.
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Cuando el sueño deja de ser reparador
No todas las pesadillas son iguales. Es esperable tener episodios aislados, sobre todo en momentos difíciles. Pero conviene prestar atención si las pesadillas son frecuentes, generan evitación del sueño, afectan el rendimiento diurno o se asocian a síntomas de ansiedad o depresión persistentes.
También es importante diferenciar pesadillas de otros trastornos, como el trastorno de conducta del sueño REM, con el que la persona puede moverse y representar lo que sueña, y que requiere evaluación médica.
Qué puede ayudar a cortar el círculo
Dormir mejor suele ser la vía más efectiva para soñar con menos angustia.
Mantener horarios regulares, reducir alcohol y pantallas antes de acostarse y bajar la activación nocturna (respiración, relajación, rutina estable) puede disminuir despertares que fijan el recuerdo del sueño.
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Si las pesadillas se vuelven un problema, terapias con evidencia —como el “ensayo en imaginación” (imagery rehearsal), que reescribe el final de la pesadilla en vigilia— muestran buenos resultados en muchos casos.
Los sueños no son un oráculo, pero sí una señal. A veces no dicen “qué va a pasar”, sino “cuánto está pesando” lo que ya está pasando. Y escuchar esa señal —sin pánico, con contexto— puede ser el primer paso para recuperar descanso y calma.
