Qué es el SIBO
SIBO son las siglas en inglés de Small Intestinal Bacterial Overgrowth: crecimiento excesivo de bacterias en el intestino delgado, un lugar en el que debería haber pocas. Cuando ese “tráfico” bacteriano aumenta, se fermentan alimentos antes de tiempo y aparecen síntomas digestivos (y algunos que ni parecen del intestino).

Un matiz importante: si lo que predomina es metano en los test, muchas guías hablan de IMO (intestinal methanogen overgrowth), porque el metano lo producen sobre todo microorganismos llamados metanógenos, y suele asociarse más a estreñimiento.
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Síntomas: más que gases
Lo típico es distensión abdominal (barriga que se infla), gases, dolor o molestia, diarrea, estreñimiento o alternancia, eructos, sensación de digestión lenta y, en algunas personas, náuseas.

Cuando el cuadro se sostiene, puede haber señales de mala absorción: pérdida de peso no buscada, fatiga, anemia o déficits de vitamina B12, hierro y vitaminas liposolubles (A, D, E, K). Si esto aparece, conviene acelerar la consulta.
Por qué aparece
Más que “una bacteria mala”, el problema suele ser el contexto: algo permite que los microbios se queden donde no deberían.
Lo más común es una alteración de la motilidad intestinal (el “barrido” natural entre comidas), pero también influyen cirugías abdominales con adherencias, divertículos del intestino delgado, enfermedad celíaca no controlada, diabetes con neuropatía, hipotiroidismo, esclerodermia y otras condiciones.
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En algunos casos se asocia a síndrome de intestino irritable; por eso se confunden tanto.
Cómo se diagnostica
El método más usado es el test de aliento con lactulosa o glucosa, que mide hidrógeno y metano tras tomar un sustrato. No es perfecto, pero orienta.

El “gold standard” es el aspirado y cultivo del intestino delgado, aunque se usa menos por ser invasivo.
Si alguien vende un “diagnóstico por síntomas” o por un test casero sin supervisión, desconfiá: SIBO se parece a muchas otras cosas.
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Tratamientos: qué se usa en la práctica clínica
El abordaje suele combinar tres ideas: bajar la sobrepoblación, corregir la causa y evitar recaídas.
El tratamiento médico más frecuente son antibióticos no absorbibles como la rifaximina. Si predomina metano (IMO), a veces se combina con otros esquemas indicados por el especialista. La elección y la duración dependen del caso y del resultado del test.
La dieta puede ayudar a los síntomas, pero rara vez “cura” por sí sola. Se usa como apoyo para reducir fermentación y mejorar calidad de vida, evitando restricciones eternas que terminan jugando en contra.
En algunos pacientes se indican procinéticos para mejorar motilidad y bajar recaídas, además de tratar el disparador (celiaquía, hipotiroidismo, adhesiones, etcétera).
Los probióticos tienen evidencia mixta: a algunas personas les sirven, a otras les empeoran la hinchazón; conviene individualizar.
Hacks realistas mientras esperás turno
Entre comidas, dejar pausas de 3–4 horas (si tu salud lo permite) puede favorecer el “barrido” intestinal.
Caminar 10–15 minutos después de comer suele ayudar a la distensión. Y un registro simple de “qué comí y cómo me sentí” por una semana aporta más que eliminar medio supermercado por intuición.
Consultá pronto si hay sangre en heces, fiebre, dolor intenso, pérdida de peso, vómitos persistentes, signos de deshidratación, o si la hinchazón viene con anemia o cansancio marcado. Y si ya te trataste y vuelve rápido, es una pista de que hay que buscar la causa de fondo, no solo “apagar el incendio” otra vez.
